CRÍTICA DE música por Marco Antonio Molins

Sonreír en la armonía

CONCIERTO. Siglos de Música. Una selección de El Mesías, el concerto grosso Para el Santísimo Nacimiento de Torelli y una antología de villancicos populares. Sara Rosique (soprano), Sinfonietta Colombina y Abel Moreno (dirección). Monasterio de Santa María de La Rábida. Domingo, 21 de diciembre de 2014. Una y media del mediodía.

Agrupar oratorio, concerto grosso y villancico en un concierto de Navidad es una buena fórmula para congregar eruditos y aficionados haciendo que unos y otros ganen terreno y que a la vez se acerquen recíprocamente. La serie Siglos de Música asignaba su último concierto a una cantante y una orquesta de cámara, formación ideal para el monasterio de Santa María de La Rábida. La demora de cuarenta minutos y la entrada incesante de público durante el concierto eran dos factores adversos que se remontaron con paciencia.

Sara Rosique es una soprano de estilo correcto cuyo perceptible vibrato en el agudo la aproxima a la lírica decimonónica. Desde luego era un reto abordar en un primer bloque ocho arias de la obra-cumbre de Händel; Behold and see if there be any sorrow y I know that my redeemer liveth sonaron formidablemente con un gran sentido musical frente a otras arias donde faltaba serenidad en el desarrollo. Escuchamos pasajes donde todo se cantó con claridad pero habría sido necesario esa dimensión sacra que resulta imprescindible en un oratorio de envergadura. La lozanía de su voz conquista rápido al oído.

Por su parte, La Sinfonietta Colombina, formada por una decena de instrumentistas en su mayoría de Huelva, sacan un óptimo partido a aquellas obras elaboradas con técnica contrapuntística; de ahí, que en el concierto de Torelli rubricaran su mejor interpretación que en el Grave inicial ya presagiaba la seguridad y brillantez de los soli, cuyos intérpretes fueron ovacionados fervorosamente al término de dicha obra. Sí habría sido conveniente atenuar un poco la intensidad del forte en algunas arias de El Mesías, que dejaban al descubierto agudos recios en los violines.

En el cuerpo central de El Mesías pudimos escuchar una interpretación magnífica donde la voz y la orquesta se empastaban muy bien; el órgano perfiló ciertas texturas al inicio y en el centro de algunas arias. A diferencia de tempi ansiosos marcados desde el podio y la saturación eventual de graves (Pifa de El Mesías), la elección de dos coros en esta selección dejaba grandes huecos, como sucediera en el celebérrimo Aleluya, donde la ausencia de las trompetas también dejó anhelante al melómano.

Y con la selección de villancicos engarzados en un solo bloque se creó una entrañable familiaridad en la iglesia del Monasterio. Fue ahí donde se entendió que la música, el intérprete y el público eran un todo; pareció que la misma esencia de la Navidad se hacía presente. Melodías de toda la vida donde el canto y el acompañamiento iban de la mano pasando de un villancico a otro con esmerados cambios, los de la gustosa orquestación del propio director, Abel Moreno: Dime, niño se complementaba con un White Christmas y Noche de Paz excelsos. Atendiendo a la invitación hecha por la cantante, el público coreó algún tema tradicional hasta encumbrarse la participación colectiva en el Adeste fideles, cuando el director se volvió al público para dirigir el canto del estribillo.

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