Cultura

Pedro Rodríguez, no lo olvidemos

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El fin de semana ha sido tranquilo. Y feliz. Unos amigos nos han invitado a El Rompido. Una playa que antes era de marineros, placer sensorial, y hoy, por (des)gracia de los sabios promotores del turismo municipal, es un mixto demasiado visto entre el poder adquisitivo casi exclusivo (aunque luego, como buen hidalgo, no puedas comer cada día) y la pulserita de color para desayunar, almorzar, cenar, bailar, retozar, solear y cuantas cosas más.

Ya se intuía en la Biblia, el Paraíso no puede ser para todos. La democracia de la especulación terrenal no entiende de cielos. Ni de celos promocional. No es elitismo. Es futuro, señores ediles. Dejen la comida a quien sabe cocinarla y servirla. El "yo me lo guiso y yo me lo como" no es bueno, por mucho que hagamos a San José todo un experto marinero por orden de la otra democracia que es la Iglesia, cuando la virtud de éste, además de la Prudencia y el Amor, estaba en la madera. Más en la de Ikea que en la de ribera.

El mordaz Arcipreste de Hita, decía: "También al hombre necio y rudo labrador / dineros le convierten en hidalgo doctor; / Cuanto más rico es uno, más grande es su valor, / quien no tiene dinero no es de sí señor". Pero más me gusta aquél de "El dinero es alcalde y juez muy alabado, / es muy buen consejero y sutil abogado, / alguacil y merino, enérgico, esforzado; / de todos los oficios es gran apoderado". El dinero confunde. Nubla.

Dejemos el dinero y las siete plagas de campos de golf que nunca han llegado, que entre Lepe y Cartaya se (en)cargarán (de que) el río, la mar y la Flecha sigan enfangado. Aún estamos a tiempo de salvar El Rompido. Lo mismo que el castillo de los Zuñiga se levanta como Dios hombre quiere, El Rompido también se merece que perdure. Y que Dios sea Naturaleza, y no hombre.

Ya me he quedado tranquila. Y me relajo recordando una de las mejores sensaciones que he vivido este fin de semana. En la casa de mis amigos, entre muchos y buenos cuadros, había uno que especialmente me llamó la atención: unos lirios, armoniosos, frescos y profundos, de un pintor exquisito que por mucho que se empeñen la baba y la desmemoria de escribientes y dirigentes siempre será Pedro Rodríguez. Sí, el de Moguer, porque en esa ciudad nació y porque allí se hizo parte de su esencia poética y de un paisaje que se entretiene eternizándose.

De él se ha dicho mucho, pero más se puede decir. Quizá no sea yo quien pueda aportar ese plus, me falta sensaciones y fuerzas para vestirlas en palabras, pero su obra es tan generosa en belleza que hasta los aduladores se descobijan por impotencia y los imitadores huyen por vergüenza.

Desde hace muchos años me enamoré de sus granadas, cofre de piedras preciosas en sensaciones cadenciosas y sonoras, y de sus flores, tan sueltas en la pincelada, en el concepto plástico y lírico, que son lo que son por esencias y jamás por querencias. Son flores sin nombres concretos. Son flores de adentros, de impulsos, ajenas a los accidentes. Quizá todas ellas sean lirios. O quiero que sean lirios. Los lirios y las granadas de Pedro Rodríguez forman parte del tesoro de quien amasa para darlo todo.

La pintura de Pedro Rodríguez es como él, reflejos de luz y color. Todo lo que está, es. No aparenta. No se toca, se siente. Es generosidad sin límites. Una sencillez exasperante. Una belleza contagiosa. Es de una poesía que por mucho que tantos aproximen a la infinita pureza de Juan Ramón, más que una obligada referencia natal es culminación sintética a aquellos versos que decían "no la toques ya más, que así es la rosa". Así es. Así. Es. Dos toques anárquicos enriquecidos de color y acunados en inspiración. Así es. Así son sus lirios. Su obra.

Mi amigo guarda "sus" lirios con disfrute. Así lo vimos juntos, así hablamos de Pedro Rodríguez durante buenas horas. Su obra y su persona dan, os lo aseguro, para días. Para más.

Y termino, de nuevo, con jrj: "Yo he sido, soy y quiero ser hasta mi final, un hombre libre". Pedro Rodríguez lo es y por eso es grande. Y aunque resulte incorrecto, también uno.

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