Cultura

Manzanares, dos trofeos, pero por debajo de su lote

  • El alicantino realiza una faena estética y otra muy desceñida ante dos grandes toros José Garrido, cogido, da una gran dimensión Sebastián Castella, mal

plaza de toros de la real maestranza de sevilla Ganadería: Corrida de Núñez del Cuvillo, desigual en presentación y juego. Los mejores, segundo y quinto; primero y cuarto fueron manejables y tercero y sexto, complicados. TOREROS: Sebastián Castella, de azul y azabache. Media tendida (silencio). Pinchazo y casi entera (silencio). José María Manzanares, de burdeos y oro. Entera arriba (oreja). Estocada desprendida (oreja). José Garrido, de negro y oro. Dos pinchazos, chalequera y tres descabellos (saludos tras ovación con dos avisos). Estocada y ocho descabellos (silencio tras aviso). INCIDENCIAS: Plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla. Jueves 14 de abril de 2016. Casi lleno en tarde espléndida en lo climatológico.

José María Manzanares, en su último cartucho de una feria que se le iba en blanco, consiguió dos trofeos de muy distinto rango. El lote que tuvo fue para un éxito de clamor en un espectáculo en el que José Garrido dio una dimensión muy importante ante su primer toro, que le prendió de manera espeluznante y para matarlo. Por su parte, el francés Sebastián Castella estuvo mal ante dos toros manejables.

José María Manzanares ante su segundo, un toro de bella lámina y buena condición y que había sido protestado tras ser cuidado en varas por su flojedad, estuvo bien por la vía estética. Garrido calentó el ambiente con un buen quite por chicuelinas, al que no respondió el alicantino, quien sufrió una peligrosa colada cuando toreaba de capa. Manzanares, en las afueras, fue armando una faena con muchas pausas para que se refrescara el animal, toreando casi siempre a media altura y sin apreturas. Una serie diestra, con un precioso cambio de mano y ligazón con el de pecho hizo saltar la música. Tanto al natural como con la derecha, continuó con un toreo expresivo. Una estocada entera arriba fue una gran rúbrica para la obra, premiada con un trofeo.

Manzanares no estuvo a la altura del bonancible quinto, de pinta melocotón, un melocotón en almíbar por su calidad y recorrido tras las telas. El alicantino realizó una labor con la virtud de la ligazón, pero con los muletazos muy desceñidos y abusando del pico. De nuevo, su resolución con la espada al primer envite, con colocación desprendida, fue decisivo para que el público, entusiasmado, hiciera ondear sus pañuelos, concediendo el presidente otra oreja.

José Garrido, en su única oportunidad en este ciclo, se enfrentó al peor lote, con el que dio una gran dimensión. Se la jugó ante el tercero, un animal bien presentado y encastado, sin entrega y con problemas por resolver. El diestro pacense, que toreó bien a la verónica, se fajó en una faena larga -escuchó un aviso antes de entrar a matar- y con altibajos en la que siempre puso la carne en el asador. Destacó en dos tandas con la izquierda y en otra con la derecha. Se había pasado de faena. Le costaba cuadrar al toro y en el primer envite fue cogido de manera espeluznante en la suerte suprema. Las ceñidas bernadinas fueron lo más ovacionado y lo que más eco tuvo por parte de un público que no valoró en su dimensión lo anterior. Se tiró en la suerte suprema al volapié y el toro le atrapó. Una refriega para matarlo. Milagrosamente salió ileso. Se levantó grogui. Y con agallas lo remató con otras entradas con la espada y el verduguillo. Tras escuchar una ovación, pasó a la enfermería.

Con el altón sexto, manso, que se frenaba, no tuvo opciones al lucimiento. Garrido, que sustituyó su maltrecha taleguilla por un vaquero, lo recibió con un farol de rodillas, pero no pudo alumbrar faena alguna. Tras otra cogida, sin mayores consecuencias cuando lanceaba por el pitón izquierdo, el torero se entregó en un trasteo sin frutos.

Sebastián Castella tuvo una mala actuación. No acaba de entrar en Sevilla. El colorao que abrió plaza, sin clase, era manejable. El diestro francés se mostró mecánico en una labor sin emoción ni belleza. Lo más destacado lo consiguió en el capote, fundamentalmente en un quite por chicuelinas y en una tanda diestra.

Con el cuarto, también manejable y a menos, Castella concretó un trasteo sin interés.

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