Cultura

Junior, el final de la promesa que no llegó

  • El intérprete fallece a los 70 años en su casa de Madrid No pudo superar la muerte de su esposa, Rocío Dúrcal

En un país en el que todo lo que sonara a inglés era tildado casi de demoníaco, el filipino Antonio Morales -fallecido ayer a los 70 años- entonaba sus composiciones en el idioma que aprendió durante su niñez, el idioma en el que sonaba todo lo nuevo, moderno y bueno que se hacía más allá de unas fronteras aún demasiado altas para España. A Junior lo respaldaban sus influencias orientales, británicas y estadounidenses. Llevaba unos lustros de ventaja sobre muchos de sus coétaneos, pero finalmente no se cristalizó en la figura musical que prometía este beatle hispano criado en las difíciles calles de Manila de la posguerra. Le fue bien en formaciones como Los Pekenikes, Los Brincos o en el dúo con Juan Pardo que acabó con gran enfado. En solitario no tuvo fortuna, falto de inspiración ya, y siempre estuvo a la sombra de su mujer, María de los Ángeles de las Heras, Rocío Dúrcal, niña prodigio que terminó siendo una estrella en Hispanoamérica gracias a aquellas rancheras que tuvo que descubrir por las carambolas de una jugarreta mexicana.

Antonio Morales, siempre Junior pese a todos los años transcurridos, no pudo superar la muerte de su mujer. Un dramático cáncer, casi retransmitido en directo para la España cardiaca, se llevó prematuramente a la cantante en 2006.

La depresión acompañó a un padre de familia que se había volcado en sus hijos y con los que terminó enfrentado por cuestiones de herencia. Hicieron las paces, pero los últimos años fueron de portada de revistas, polémicas en la tele y declaraciones dolorosas de su soledad como viudo. El cuerpo sin vida del cantante fue encontrado ayer en su domicilio unas doce horas después de su muerte, sin apreciarse signos de violencia. No, no pudo o no supo superar la muerte de Marieta.

Con la figura del cine y de la música para adolescentes risueños se casó en 1970 en El Escorial. Con anterioridad le había pedido matrimonio a Marisol, la gran rival de Rocío en las pantallas sesenteras. Formaban una pareja de película, dos rostros muy atractivos y dos estrellas con mucho que contar. Dúrcal, icono del cine clasificado S antes de su rubicón mexicano, siempre fue por delante aunque no existiera un premeditado duelo. Junior era, o parecía, moderno, adelantado, pero le faltó cierta empatía para engarzar con el público español a largo plazo. Tuvo que irse a su Filipinas natal a probar de nuevo suerte con la música y con la interpretación (en España protagonizó una película en 1969, Me enveneno de azules). Las necesidades económicas apremiaron a la pareja en más de una ocasión.

Morales, de padre español y madre filipina, el mayor de cinco hermanos, llegó a Barcelona con su familia en 1954, cuando era un niño que había aprovechado las clases de piano de su tía Marina, donde dio rienda suelta a su vocación. Ese traslado de Filipinas a España fue una aventura casi epopéyica según plasma su libro de memorias, Mucho antes de dejarme.

En 1971 formó parte del primer Operación Triunfo en TVE, Pasaporte a Dublín, donde ganó Karina y de donde surgió una figura que eclipsó a Junior en su momento más propicio, Nino Bravo. La timidez fue un reconocido obstáculo que no supo vencer en momentos cruciales. Sus hijos Antonio y Carmen formaron un dúo infantil de fugaz éxito mientras los disipaba la Movida y fue el retoño, Shaila, la que estuvo a la altura de su madre, una Rocío Dúrcal que se convirtió en una sombra invencible.

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