Cultura

Davies: el aliento elegíaco del cineasta espectador

Lo que recomendara Proust a los novelistas en El tiempo recobrado, dar con la manera de descifrarse y así poder dirigir la luz al mundo coyuntural que les dio cabida, lo ha logrado Davies en un puñado de películas milagrosas. Davies, como el escocés Bill Douglas, a los que el BFI ha estado y está editando -por fin como merecían- su obra breve y fundamental, fue un hombre salvado por el cine, y a él se ha dedicado en cuerpo y alma, devolviéndole el favor, la plegaria atendida, cuando la voluble y mezquina industria le ha puesto en contacto con el (otro) Dios esquivo.

En Davies siempre se trató, incluso en sus adaptaciones, de un regreso al lugar del crimen. A la infancia tímida y retraída, la del calor del hogar (en la casa con su madre; en la sala de cine, soñando inmóvil gracias a un cine clásico ya herido de muerte), la que era refugio respecto de la sociedad reglada e inmisericorde. Allí, en el otro lado, es donde se escenificó su pasión, la de niño ridiculizado y vejado por compañeros y profesores, la de devoto creyente abierto al deseo homosexual, la de, en definitiva, una mente angustiada encerrada en un cuerpo sin magnetismo. El cine fue elección, vocación, trabajo…, en el fondo la única salida existencial posible.

El largo día acaba, probablemente su película más radiante, parece hoy día el centro apolíneo de la obra de Davies: por un lado el efecto de vaporizar los temas y formas que en su trilogía inaugural (Children, Madonna and child, Death and Transfiguration) eran de cortante solidez, por otro su declaración de amor a la puesta en escena minuciosa, acariciante, a las potencias afectivas de las imágenes y sonidos del Cine, cuando aún se le podía recordar con nostalgia y melancolía, no ya tan lejos e irreconocible como lo lamenta en la última Of time and the city. Autobiografía soñada, traducida a un lenguaje de cine estilizado y prenarrativo que articula y encabalga secuencias según un secreto diálogo entre experiencias, sensaciones y estados de ánimo, El largo día acaba es remanso de sonido y música, verdaderos protagonistas de la película. Así, aquí la banda de audio no es el habitual convidado de piedra, sino el objeto a filmar: los ecos del pasado -un diálogo o una fanfarria de cine, una palabra susurrada por la madre, una canción en la intimidad o en la celebración colectiva- que nos traen el tiempo perdido, las melodías donde nuestra vida se agazapó, y vio pasar al incesante presente.

Director Terence Davies. Con Marjorie Yates, Ayse Owens, Nicholas Lamont. Cameo.

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