Fila siete

Cine de otro tiempo

Para algunos el mejor elogio que puede hacerse de la película Australia, actualmente en cartel y encabezando las listas de los títulos más taquilleros del momento, es que se trata de una producción "como las de antes". Suelen afirmarlo así quienes no frecuentan el cine a menudo y se sienten atraídos, esporádica y circunstancialmente, por films cuyo lanzamiento mediático y publicidad televisiva vienen acompañados por ciertos estímulos atractivos para cierta clase de públicos. Difícil resultará convencerles de que hoy, como en cualquier época, se hace ese cine que ellos consideran de otro tiempo. Porque las grandes realizaciones cinematográficas son atemporales como el arte mismo. Presente está el caso de El intercambio, también en cartel, un film absolutamente clásico y de contrastada calidad técnica y artística.

Australia es una de esas películas que aparte de llamar la atención por su acertada proyección publicitaria, acorde con su elevado presupuesto, el más alto en la producción cinematográfica australiana, se presenta con su estilo romántico y épico, enmarcado en una narrativa histórica, con todos los aires de relato histórico enmarcado en los años anteriores a la II Guerra Mundial y en el curso de ésta tras la implicación de Australia en el conflicto, como consecuencia de los ataques infligidos por el ejército japonés en territorio australiano. Quizás la parte menos lograda de la película. Sí, porque los primeros noventa minutos son lo mejor del conjunto, con todo su estilo de "western" a la australiana, como destacaba en mi crítica, publicada en esta sección el pasado lunes, con su frecuente tendencia por parte del director Buz Luhrmann a la reconfiguración de géneros o a la que actualmente se suele denominar deconstrucción, en este caso aplicada a la readaptación a ese cine que solemos llamar de otros tiempos y que tan afortunados ecos tiene en cierta clase de públicos.

El director australiano ha querido componer una especie de fresco mural de esencia romántica y melodramática con una especie de personajes prototípicos, héroes y villanos de historias profundas, tradicionales, legendarias, insertándolos en un relato emotivo, como una epopeya popular con todo tipo de convencionalismos y concesiones, que, sin embargo, serán las que lleguen más a un público generalizado, aunque se queden cortas para el espectador que prefiere mayor profundidad y una más coherente evolución en la maduración de los personajes. Todo ello enmarcado en escenarios naturales deslumbrantes y prodigiosos de los que Australia puede brindar como espacios ambientales de una belleza impresionante. El tema racial en cuanto a la relación de los colonizadores con los aborígenes, aunque se insinúe o se aluda en diversas ocasiones, tiene escaso relieve dramático y argumental.

En el fondo Buz Luhrman lo que ha pretendido es componer una elegía cinematográfica para homenajear a su país, una alegoría entre la magia autóctona y reminiscente y el heroísmo que supone la construcción de una nación, del mismo estilo y con el mismo espíritu que hemos visto en tantas superproducciones, por lo general norteamericanas, a las que tanto recuerda Australia. Todo ello en el curso de secuencias espectaculares, llamativas, como las de la conducción del ganado o las de la guerra, por lo general bien fotografiadas, con dos partes muy diferenciadas y con interpretaciones acertadamente ajustadas por lo general, donde destacan las actuaciones protagonistas de Hugh Jackman y Nicole Kidman, curiosamente mejor en los pasajes más cómicos, que en los más acentuadamente dramáticos. Lástima que el realizador no haya enfatizado más los tintes épicos de la superproducción. Hubiera merecido la pena.

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