Cultura

'El Brujo' obsequia a Huelva con el afán extravagante de Don Quijote

  • La novela se hace eterna en las tablas de un escenario

El Quijote siempre aguarda la curiosidad de un nuevo lector y de la más rabiosa actualidad porque aún tiene que desvelarnos maravillas. Huelva abarrotaba el Gran Teatro ante la propuesta de Rafael Álvarez El Brujo. Y buscar nuevas cosas que iluminen la inteligencia o enriquezcan los sentimientos en una obra maestra no es fácil. Sin embargo, el buen actor debe atreverse a engarzarla con nuestro presente bajo un prisma incisivo y clarificador. Porque la literatura necesita ante todo ir más allá de los estrictos marcos del academicismo, establecido en ambientes teóricos y convencionales. Y el actor de hoy rebusca en el Siglo de Oro eligiendo lo más exquisito para vertirlo a todo el mundo con ribetes juglarescos. Esto es una fórmula que hay que usar dosificadamente.

Rafael Álvarez El Brujo llegó a Huelva con un reto dramático, el de redimensionar a don Quijote servido muy estudiadamente. Su valor más plausible fue explotar el espíritu del Barroco, con esa concepción tan efusiva, con ese discurso poderoso y al mismo tiempo imprevisible que lleva de una idea a otra. En suma: un encuentro constante de la realidad y la ficción para un alma que sueña y especula sin límites.

Un actor actual quiere enganchar a las masas con unas formas dicharacheras, antojadizas, como un showman de televisión. El espectador más exigente podía preguntarse si la improvisación resulta lícita ante una obra maestra; y de inmediato 'El Brujo' nos lo recordaba con la técnica de escritura de El Quijote. No quiso el artista renunciar a la actualidad candente insertando menciones de personajes españoles que están en candelero. Un fondo con palmas acompasadas en primeras escenas le sirvió para explicar fugazmente hechos y anécdotas del Quijote, trufadas con críticas muy cargadas a los fastos organizados en España con motivo de las efemérides quijotescas. Esto fue una dinámica que imprimió mucha fluidez al espectáculo. Precisamente, los juegos de palabra del principio anticiparon la ocurrente palabra audiopatía, referida a los vagos que no quieren leer El Quijote.

Hacia la mitad del espectáculo la figura de Don Quijote cada vez cobraba más relieve: sabía crear expectación con los silencios para luego pronunciar atronadoramente frases como "Mis arreos son las armas; mi descanso es pelear", síntesis genial del Caballero Andante. Ésa fue la estrategia para llevar después al público a momentos líricos, como cuando se dice que la claridad de la luna podría competir con la del Sol. O también: "Lo único que un caballero puede regalarle a una dama es una palabra". 'El Brujo' domina la estrategia dramática de cambiar de registros, a menudo con velocidad pasmosa. Y contrasta el estilo directo de los personajes con un abierta reflexión de cara al mundo y a sí mismo. Precisamente, el parangón establecido con su padre fue un gesto sincero. Contraponer la fuente de Cervantes y el tono coloquial como autorretrato fue una manera de hacer didáctica muy de los tiempos que corren. Aun así, el cordobés no perdía la línea maestra establecida: un subyugante claroscuro barroco en que el hermoso trasfondo de la vida humana nos habla tímidamente, entroncándolo todo a un indescifrable misterio.

Percibimos que 'El Brujo' empezó con lo popular y terminaba con lo erudito para acabar transfigurándose con el misticismo que el hombre expresa en su madurez. Citas de la pasión según San Mateo, el Grial, la Cábala predispusieron a la frase de cierre: "Sabemos que vamos a morir; pero hay que vivir con conciencia de inmortalidad".

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