Cultura

Anna Bella Geiger, sabiduría y compromiso

  • La artista brasileña de origen polaco reflexiona en el CAAC sobre la convivencia entre culturas diversas

Los nombres suelen encerrar valoraciones. Decir Inglaterra para designar a Gran Bretaña o España para designar al Estado Español puede ser un modo de evitar el reconocimiento de la variedad de culturas que suelen componer los estados modernos.

En América el problema es aún mayor: cuando, como suele pasar, se usa esa palabra para designar a los Estados Unidos, se reduce un continente a un país cuya prepotencia se da al parecer por buena. De ahí que el chileno Alfredo Jaar ideara una gran instalación que colocó en Times Square: rivalizando con las luminarias de la publicidad, grandes neones mostraban el mapa de los Estados Unidos cruzado por cuatro palabras: "Esto no es América". Buena parte de la obra de Anna Bella Geiger (Río de Janeiro, 1933) se ocupa también de mapas como signos de la identidad americana pero lo hace en voz baja, como para sí misma. Se limita a dibujar pequeños mapas del Cono Sur.

Los vídeos donde aparece dedicada a ese menester son casi obsesivos, por la reiteración de la figura y por sus metamorfosis: América Latina se transforma en Am-uleto, A mulata, A muleta, mientras los trazos responden a esos sucesivos iconos. En los dibujos que surgen de esos vídeos (y se exponen en la muestra) se puede ver otra dimensión de su queja. No protesta, como Jaar, de la apropiación en exclusiva del nombre de un continente por un país, sino señala la radical diversidad entre norte y sur: los Estados Unidos y América Latina son sencillamente heterogéneos, por eso no pueden sumarse o mejor, no deben porque equivaldría a entregar sin condiciones el sur al poderoso norte.

Los mapas de un atlas parecen inocentes pero no lo son. Ya en El geógrafo, Vermeer muestra con cierto orgullo las rutas comerciales holandesas y en esa misma época el mapa era sobre todo información para el Estado que deseaba conocer sus dominios para controlarlos y los del vecino para apropiárselos. El mapa está vinculado al poder. Geiger, consciente de esa cara oculta del mapa conecta cuanto tiene de señas de identidad con lo que hay en él de presa, al señalar un territorio que alguien quiere hacer suyo. Convierte así el Cono Sur en un gran trozo de tarta dispuesto a ser devorado por quienes sólo se interesan en sus recursos. Otras veces diseña los mapas con hilos, como si opusiera el valor de identidad, vinculado a la mujer, al afán de apropiación que caracteriza al varón.

Esta evocación de América Latina no tiene nada que ver con los nacionalismos que más bien son palancas de insolidaridad que favorecen el dominio de intereses foráneos. Geiger, nacida en Brasil en una familia polaca de origen judío sabe muy bien qué significa la pluralidad de culturas y la necesidad de convivencia mutua. En una sala de la muestra, un vídeo casi autobiográfico denuncia el colonialismo, el más sutil, el que bajo las facciones protectoras del padre y pretextando la minoría de edad de países o grupos étnicos, los explota aunque, eso sí, con benevolencia. A eso hay que oponer la solidaridad que une a los iguales y no el orgullo de nación que los divide. Por eso un vídeo, frente al anterior, insiste en que la nación no es sino ideología.

También puede ser ideología el arte. De ahí el empeño de Geiger en trabajar obras muy sencillas que buscan, antes que alegrar la mirada del espectador, estimular su imaginación del espectador y despertar su adormecida libertad. Sin duda hay un gran arte pero el problema es cómo lo usamos. En una serie sugiere que podemos degradarlo a decoración: los adinerados, con obras originales, y el común de los mortales con reproducciones. Una sala con grandes obras históricas o con las paredes pintadas a lo Mondrian o colmada de carteles de Robert Indiana no implica que quien la habite sepa de qué va el arte y lo valore.

Por ello Anna Bella Geiger pasa de la geografía física (los mapas) a la humana, esto es, a las postales de la industria turística que no duda en hacer dinero de enclaves urbanos, grupos étnicos o entornos naturales, falseándolos sin escrúpulo. Geiger se apropia de esas imágenes para construir collages que sugieren cuanto suele ocultar tal industria. En esas obras cobra especial importancia la mujer, especialmente con figuras que caminan sin cesar. Denuncia la marginación por razones de género pero hace algo más: subraya la sensibilidad de la mujer hacia lo diferente. Esas chicas que caminan sin parar niegan la autocomplacencia, buscan lo diferente y parecen decir que carecer de un lugar en el universo es también un modo de estar en el mundo. Un buen antídoto contra identidades exclusivistas y raquíticas, sean las de la nación, la iglesia, el partido, la clase social, el currículo o el colectivo profesional. Esta es la comprometida sabiduría de Anna Bella Geiger.

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