Monkey Week

Un domingo de sol

  • El buen tiempo acompaña el mediodía de El Puerto con su mezcla festivalera y autóctona

Entre el 'esta va a ser la noche de que te hablé', el 'qué hiciste conmigo anoche' y 'adoro a las pijas de mi ciudad', el Monkey siempre tiene su momento estelar en un 'domingo de sol'. Si los estrategas definen cada propuesta empresarial separando puntos fuertes y débiles, uno de los primeros de este festival aún joven, con posibilidades de crecimiento si el cataclismo económico no lo impide, está en algo tan simple como la cervecita de mediodía. Tan española.

Apostar al puente de Halloween -o de Todos los Santos, según se prefiera- es una invesrión de riesgo con la que Moody's haría una buena escabechina de la deuda soberana del Monkey, pero miren, las isobaras estuvieron del lado de los buenos y el Festival disfrutó del mejor último domingo de octubre que se recuerda en mucho tiempo. Y ahí es donde se pudieron ver las capacidades de este mono. La ciudad era una delicia y las pobladas terrazas mostraban la variopinta mezcla de converse y castellanos.

Sobre las dos de la tarde, en la plaza de Alfonso X El Sabio, Marcus Doo and the Secret Family, que han escuchado concienzudamente a esa gran banda de los 60 que era psicodelia pero no, que era música americana pero no, y que decidieron llamarse de una manera tan radical como United States of America, hacía las delicias de niños, perros y señores con El País bajo el brazo. Junto a ellos, la fauna propia del Monkey, aunque no mucha porque a esas horas todavía buena parte de este poblado se está desperazando de las emociones de la noche anterior, fueran éstas cuales fueran.

En el único espacio libre de música, entre las tres y las cuatro de la tarde -la escrupulosidad en el horario es cuartelaria-, se puede ver a Bigott almorzando con una pareja que ha ganado un sorteo para compartir con él unas fuentes de pescaíto frito en el bar Santa María. Los agraciados Diego e Isabel informan que el aparentemente estrafalario Bigott es un tipo absolutamente normal y encantador. No tenía por qué ser de otra manera.

El Loco de la Ribera, un coqueto bar de la ribera, acoge en sus modestos pero bien aprovechados metros cuadrados a Airbag, que practican desde hace años un pop sencillote con una pizca de mala leche que podría estar apadrinado por los Barracudas. Es increíble que a esa hora tan poco rocanrolera el público se apiñe, salte y baile como si el cambio horario hubiera sido de doce horas. Pero la agenda es apretada. 40 minutos exactos de actuación y el público abandona el local en tropel para buscar otro bolo cercano, por ejemplo en el Milwaukee. En la azotea del Santa María otros más se extasian con una secuencia electrónica. Música por todas partes en esta ciudad convertida en festival mientras el domingo de sol languidece.

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