Desenfocado

Ajá, esto es un festival

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ESTO es una historia real. Tres y diez de la madrugada del sábado: una dotación de la Policía Local de El Puerto se planta ante el Monasterio de la Victoria y sale un guardia que ha visto algunas películas de Clint Eastwood pero las tiene confundidas con las de Bud Spencer. Señala con el dedo al portero y le suelta “esto es un festival” del mismo modo que si acabara de descubrir la prueba definitiva del asesinato de Kennedy. El portero le informa que, efectivamente, es un festival, sus carteles están en las puertas de todos los bares de la provincia. El agente que vela por nuestra seguridad entra con cara de decir ‘ahora voy a acabar con esto’ y el tío, efectivamente, consigue ‘acabar con esto’. El provincianismo de las policías locales de nuestra ancha geografía debería ser designado como patrimonio de la humanidad por la Unesco. En El Puerto, por lo visto, hay agentes que velan por ello.

En el balance del Monkey queda esta anécdota, pero un buen sabor de boca de que haya gente que crea en estas cosas. Y creer en estas cosas no es un plomillazo de unos colgaos, sino un modo de apostar por una industria muy compleja que se ha podido conocer un poco mejor con el encuentro de gente muy variopinta que vive de esto, que se las ingenia para colocar productos que cuentan con una demanda, pero que se las tienen que ver con la teconología, que es su principal enemigo, ya que existiendo más demanda y más oferta que nunca, también más información y conocimiento, su mercancía es robada impunemente por gente normal y respetable que no encuentra acto delictivo alguno en su comportamiento. De hecho, lo hacemos todos. La música está ahí y de ahí la cogemos. La importancia de festivales como el Monkey estriba en ello, en mostrar también esa faceta que incluye gente con cabezas privilegiadas, mucho nota, pamplinas a mansalva, trileros y charlatanes de feria. Exactamente igual que cualquier otro negocio que a la gente de la calle le pueda parecer muy respetable. Y el rock, a día de hoy, es un asunto tan digno como la energía eólica, el mercado de verduras o las últimas tendencias de lencería. Nadie se asusta si un municipio organiza una feria de culquiera de estas cosas, pero si de lo que se habla es de rock parece existir en cualquier lugar del planeta un agente de la municipalidad que dice “ajá, así que esto es un festival”.

Fallos ha habido de todos los colores, como corresponde a una iniciativa muy compleja que pone en marcha 96 conciertos, treinta conferencias y reúne a cientos de profesionales. Hay que ser condescendiente con ellos e incluso fallos de sonido (demasiados) como los que sufrió Jon Spencer en el que debería haber sido la mejor muestra en el festival de la vigencia de lo clásico tienen la trascendencia que tienen:un grupo de sibaritas se mosqueó con razón y el resto de los asistentes se lo pasó bien. Más paciencia tuvo que tener Howe Gelb, alma mater de Giant Sand, cuya capacidad emotiva fue destrozada por multitud de cables que no funcionaban.

En el mercado del teatro hubo pitos y palmas. Algunos stands abandonaron a las primeras de cambio porque vieron que ahí no iban a vender un colín, pero otros entendieron a lo que iban. “En estos sitios de lo que se trata es de intercambiar tarjetas, conocer gente y hacer contactos, como en cualquier feria. Y, en ese sentido, está resultando perfecto”, explicaban en uno de los expositores.

En cuanto a público, todo es mejorable. El cartel estaba cargado de clase media de la música independiente, pero es que una gran estrella con su caché puede reventar el festival por años. Es un riesgo que cualquier empresa se cuidaría en asumir. Lo que ha habido ha sido digno, ha movilizado a un buen número de aficionados y durante todo el puente El Puerto ha tenido unos porcentajes de ocupación hoteleras impensables en esta fecha. Porque quien viene a estos festivales no es el niñato del botellón, al que le importa el rock un pimiento, sino gente con la suficiente inquietud para investigar en la creación y convertirse en consumidor especializado.

El Puerto se ha encontrado sin comerlo ni beberlo con una buena oportunidad de proyección y debe cuidarlo. Una idea como el Monkey no tendrá demasiados problemas en encontrar novias, quizá en otros sitios en los que la policía no tenga tanto celo por estar donde nadie le ha dicho que esté.

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