Rocío Márquez | Crítica El penúltimo contra el último

  • Rocío Márquez reivindica en su nuevo disco, que sale el viernes, el compromiso en el flamenco

La cantaora en un recital en Huelva. La cantaora en un recital en Huelva.

La cantaora en un recital en Huelva. / Alberto Domínguez

Como muchas cosas en el arte de Rocío Márquez, este disco es fruto del deambular, del caminar sin rumbo, de una cosa a otra, en el mercadillo sevillano del Jueves de la calle Feria. Guiada por la intuición que nos lleva del tango porteño a un fandango del Carbonerillo, de un casete de El Turronero a una copla de Rocío Jurado, del Menese comprometido de los setenta a los Andaluces de Jaén de Paco Ibáñez, de un disco de pizarra de Vallejo a un vinilo de Antonio Mairena. El pequeño homenaje al que se nos fue antes de lo que hubiésemos deseado, José Menese, llega en un formidable arreglo de Canito para la mariana mítica de Francisco Moreno Galván: Cuando tu mare te llame/ entorna la puerta. Renovación erótica para un estilo que se encontraba anquilosado en los 70 y que Márquez y Cano revitalizan a fuerza de inteligencia y emoción con un poderoso riff. El viaje por El Jueves es un viaje interior, por el corazón, y en el tiempo, por nuestra memoria sentimental. Menese somos nosotros, es parte de nuestras células. La rondeña Empezaron los cuarenta se incluía en el disco Andalucía, 40 años (1978), que fue un enorme paso adelante en el trabajo de Menese-Moreno Galván y está de plena actualidad: dando más vienes al rico/ y a los pobres más miserias. Glorioso el arreglo de Agustín Diassera. Sí, hay compromiso en el flamenco de hoy. Miguel Hernández, siempre actual, en Jaén sigue habiendo aceituneros altivos y desposeídos. La voz esencial de Kiko Veneno, que ya había cantado a Ibáñez en Palabras para Julia, es la tierra enjuta en la que se asienta el lirismo colorido de Márquez. Vibrante el arreglo de Cano, que inventó hace diez años un nuevo concepto de la guitarra jonda, y muy efectivo el sencillo arreglo a dos voces. Y para compromiso el del Turronero que a voz en grito tuvo a bien proclamar en los festivales andaluces de los 70 y 80, cuando era un héroe del pueblo, que los andaluces estábamos con el rostro entristecío/sin tener voto ni voz. Esa épica de otro tiempo, una época dura pero con ilusión y juventud, con tiempo por delante, la remeda Cano a fuerza de picados y arpegios. Los fandangos del Carbonerillo habían sido, cuarenta y siete años antes, una declaración de libertad, de independencia. La melodía del cante sigue fiel al original, es el acompañamiento de guitarra el que nos lleva a otro lugar, de intimidad, de introspección. La malagueña del Mellizo, que Márquez encontró en un viejo vinilo de Antonio Mairena, es un nuevo prodigio: una vez más el toque de Cano lleva a la pieza, que es completamente fiel al original, a otro lugar, quitándole polvo y telarañas, instalándola en un presente puro, infinito. La petenera de la Niña de los Peines incluye un cante corto de introducción en el que Márquez trasvasa la letra de un fandango tradicional onubense: Si porque subes ligero/piensas que no has de bajar. En la guitarra se detiene de nuevo el ritmo y se abre el desierto, la inmensidad de la tierra roja. El romance se inspira en el modelo marchenero de recitado cantado para dar todo el protagonismo a un poema de Antonio Orihuela: ¿cómo se puede pensar en filosofar sin un sustento seguro? El compromiso de la poesía actual es también el del flamenco de hoy. Flamenco político lo hubo siempre, la selección de esta obra es un buen ejemplo, como lo hay en la actualidad: la serrana que firma en música y letra Márquez es un buen ejemplo de ello. Una reflexión sobre las tentaciones de los demonios de hoy, la vacuidad, el ensimismamiento, que se cierra con la taranta de Manuel Vallejo en una suerte del Me quedo contigo, reactualizado por Rosalía, de los años cincuenta.

Portada del cuarto disco de Rocío Márquez Portada del cuarto disco de Rocío Márquez

Portada del cuarto disco de Rocío Márquez

Márquez vuelve a la guitarra jonda, y ¡qué guitarra!, sin duda una de las más grandes del toque de hoy, después de la experiencia de Firmamento (2017) con el único acompañamiento de Proyecto Lorca. Vuelve con una obra aparentemente, sólo aparentemente, menos ambiciosa que las dos anteriores pero que se pone firme en la defensa del compromiso en la obra de arte. El compromiso con uno mismo, naturalmente, que es el primer paso hacia la fraternidad universal.

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