Respons(H)abilidades

No valoramos lo que nos resulta fácil, ese es el problema

  • Si las personas que cuidan y viven en el entorno rural cuantificaran y cobraran por los beneficios que tenemos gracias a ellos en las ciudades, muchas conductas cambiarían seguro

No valoramos lo que nos resulta fácil, ese es el problema No valoramos lo que nos resulta fácil, ese es el problema

No valoramos lo que nos resulta fácil, ese es el problema

No me gusta, pero tengo que reconocer que es cierto: en general no valoramos lo que no nos cuesta dinero o esfuerzo. Además nos acostumbramos a las comodidades y a los beneficios que nos vienen dados, ya sea por el sistema social, por la solidaridad de los demás o por la Naturaleza. Llegamos incluso a considerarlos un derecho. Pero lo peor es que también nos cuesta recordar que cualquier derecho conlleva alguna obligación. Y este olvido se convierte en un serio problema cuando hablamos de los beneficios intangibles que disfrutamos en la ciudad gracias a las personas que trabajan y viven en el entorno rural. Hagamos ejercicios de memoria y de responsabilidad social, porque el abandono progresivo de nuestros pueblos nos afecta más de lo que pensamos y pone en riesgo muchas cosas que damos por hechas.

La calidad del aire que respiramos y del agua que sale por nuestros grifos son algunos de esos beneficios intangibles que nos llegan desde lo rural. La protección de la biodiversidad, la retención del suelo, la captación de agua, y hasta las escapadas de ocio hacia la desconexión en un sendero entre árboles, son otros beneficios muy importantes.

El ciclo de la vida que respira y vive en el entorno rural, y del que nos acordamos cuando alguien dice que si desaparecieran las abejas la vida natural también estaría condenada a desaparecer, es otro beneficio fundamental del que disfrutamos todos. El ciclo del agua, el ciclo del carbono, y la mayoría de los ciclos que mantienen la calidad de la vida que conocemos, tienen un importante pilar puesto en el mundo rural. Y yo sé que lo sabemos, lo que no tengo tan claro es que lo valoremos adecuadamente.

No cuidamos lo que no valoramos

Quienes me conocen saben que dediqué dieciséis años de mi vida profesional a una empresa que tiene una activa e importante actividad forestal. Aparte de grandes amigos y mucho aprendizaje, de aquella etapa conservo la sensibilidad y el conocimiento técnico que mis compañeros me regalaron, y muy especialmente los profesionales del área forestal. Federico Ruiz, Paco Soria, Anselmo Rama, Gustavo López, Luis Javier Sánchez, Oscar Fernández y muchos otros… Con todos tuve en alguna ocasión esta conversación: si los intangibles que ofrece el entorno rural se valoraran económicamente, otro gallo cantaría en la gestión del medio natural.

También con ellos conocí y profundicé en la figura de un insigne ingeniero de montes onubense del siglo pasado, Manuel Martín Bolaños, del que siempre recuerdo una frase cargada de sentido común: "Si del valor de los montes forestales se beneficiaran todos los vecinos de sus alrededores, no habría incendio que durara".

Es otra manera de llegar a la reflexión con la que comenzaba este artículo: la mejor forma de garantizar el cuidado de algo es conseguir que lo consideremos valioso e importante, y que nos sirva para algo.

Dicho así parecería fácil, pero no lo es. Si no, de qué iban a estar en distintos niveles de riesgo nuestros parques nacionales, joyas naturales cuyo valor creo que nadie discute.

El abandono de nuestros pueblos nos afecta a todos

En 2017 la Federación Española de Municipios y Provincias alertó de que la mitad de los municipios españoles está en riesgo de extinción a medio o largo plazo por tener menos de 1.000 habitantes. Un año después la cifra se ha elevado un 10%.

Según datos de Instituto Nacional de Estadística, la sociedad rural perdió en España más de 60.000 habitantes durante el último año, una sangrante pérdida que se ha ido acelerando en la última década hasta contabilizar unos 3.900 municipios por debajo de los 500 habitantes censados, y la mayoría de ellos casi no llegan a 100.

La oficina europea de estadística (Eurostat) sitúa a España a la cabeza de la despoblación rural en Europa. Sólo nos adelanta los Países Bajos. Según datos de 2016 el 51,4% de la población que reside en España vive en ciudades mientras que en el país del norte de Europa es el 54,8%. El dudoso honor que compartimos ambos países es ser los únicos miembros de la UE en los que la mayoría de la población vive en ciudades.

No es por alarmar, porque en general ya estamos alarmados. La prueba es que se ha convertido en un problema de Estado -al menos eso-, y se promueven iniciativas privadas y públicas para frenar esta sangrante realidad que, para empezar, pone en riesgo todos los beneficios intangibles que más arriba hemos compartido.

Es urgente que empiecen a funcionar las medidas que se impulsan, porque la actividad económica sostenible en los pueblos y sus habitantes son la garantía más eficaz para mantener el rural y su entorno natural como protectores de la biodiversidad, garantes de la calidad del aire y del agua, eficaces retenedores del suelo, mitigadores del calentamiento global, refugio de la fauna silvestre o destino terapéutico para nuestra salud y equilibrio mental, entre otras importantes funciones.

Pero todo eso son beneficios que no podemos tocar, los repetidos intangibles, esos que nos hemos acostumbrado a tener si esfuerzo y que por tanto son los que más nos cuesta valorar.

Hace falta un cambio cultural mucho más profundo en el que participen por igual Administraciones, empresas y personas desde una visión responsable, responshábil y colectiva. Y deberíamos empezar por conocer y recordar el valor de esos intangibles indispensables para la vida, y reconocer a sus valientes guardianes, la población rural, para ayudarles desde la ciudad reciclando, ahorrando agua, optando por comprar sus productos, visitándoles con cabeza, o quién sabe, unirnos a ellos algún día. Y ya de paso, vivamos o no en un pueblo, seamos rurales. Gracias.

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