Respons(H)abilidades

El reto del milenio: pasar de sostenibles a regenerativos

  • Evolucionar juntos hacia una economía circular que además de sostener mejore lo social, lo económico y lo ambiental de cada territorio es una responsabilidad de todos

El reto del milenio: pasar de sostenibles a regenerativos El reto del milenio: pasar de sostenibles a regenerativos

El reto del milenio: pasar de sostenibles a regenerativos

Qué más da cómo nombremos, si es que la nombramos, a la Responsabilidad Social Corporativa o la RSC. Qué más da si en nuestras empresas o en nuestras casas nos guía el compromiso social, la ideología política, la religiosa, el interés por la rentabilidad, por la supervivencia o los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. Qué importa que sepamos denominar lo que mueve nuestras conductas si lo único importante es ser conscientes de a dónde nos conduce lo que hacemos. El hecho es que cada vez hay más señales palpables de la necesidad de un cambio que sólo se producirá si nos implicamos todos, preferiblemente todos a la vez, para pasar de ser sostenibles a ser regenerativos, que no es exactamente lo mismo.

De conservar a mejorar

La sostenibilidad ha sido un encomiable e importante primer paso de la humanidad para conceptos como el desarrollo económico responsable y el cuidado ambiental. Pero parece que ha dejado de ser suficiente.

Por definición, la cualidad de sostenible nombra a aquella actividad que se puede sostener en el tiempo. Así que ser sostenible es actuar de forma que eso que hacemos o somos se mantenga en el largo plazo sin agotar los recursos ni causar daños. Pero ser regenerativo añade un matiz fundamental: la mejora. Así que el desarrollo regenerativo es el que además de mantenerse en el largo plazo, mejora el entorno social, ambiental y económico de los territorios. Esa es la diferencia y esa es la nueva necesidad.

O todos o mal vamos

Este enfoque del desarrollo regenerativo es el que está en la base de la denominada economía circular de la que tanto se habla ya, a veces sin saber todavía con exactitud a qué nos referimos. Por eso el primer cambio necesario sería impulsar, de forma que nos enteremos todos, la transición desde la longeva economía lineal de producir, usar y tirar, hacia la nueva y esperanzadora economía circular, que es mucho más que reducir, reciclar y reutilizar.

Dicho de manera muy esencial, la economía circular consiste en copiar a la Naturaleza, en la que nada sobra y todo cumple una función. Los ciclos naturales como el del agua, el del carbono o el mismísimo ciclo de la vida son ejemplos a seguir para conectar todas las actividades humanas. Y claro, todas las actividades humanas nos incluyen a todos los humanos.

Puede que esta definición sea una reducción algo temeraria de todo lo que en realidad implica y promueve la economía circular, pero desde luego supone un punto de partida muy útil para concienciarnos de que somos parte del ecosistema natural, económico y social en el que vivimos, y que sin el compromiso de todos nosotros todo el esfuerzo del mundo por parte de empresas, instituciones y ONG no será suficiente.

La inquietud del cambio

La incomodidad o la inquietud es el piloto de alerta que se enciende cuando sentimos que necesitamos cambiar algo. Cuanto más aumenta el nivel de incomodidad, dentro o fuera de nosotros, más necesario percibimos que hay que cambiar algo. Así que reflexionar y fijarnos en aquellas cosas que nos generan inquietud suele ser un ejercicio muy útil para mejorar como personas y trabajarnos la valiosa flexibilidad para adaptarnos a los cambios. Y ya de paso para ponernos en acción.

Miremos los acontecimientos sociales, ambientales y económicos que estamos viviendo. Personalmente, no creo que quepan ya muchas dudas sobre algunas incomodidades que compartimos como sociedad, algunas de ellas a escala planetaria. Y hasta huyendo de proyecciones catastrofistas, e incluso evitando hablar de emergencias aunque las haya, parece que el piloto de alerta del cambio está más que encendido.

Puede que recuerden el primer artículo del año en este mismo espacio de Respons(H)abilidades en el que hablábamos de que con 2019 llegaba una ambiciosa Ley de Transición Ecológica y Cambio Climático, y toda una Estrategia Nacional de Desarrollo Sostenible con el foco puesto en la economía circular, en la transparencia y la colaboración; también -según se decía después de las uvas que se vuelven a acercar-, se planificaban medidas contra la brecha salarial, contra el desempleo juvenil, también en favor del ordenado relevo generacional, de la transformación digital, y un largo etcétera que mucho me temo se ha diluido en la indefinición política que estamos viviendo.

Alguien me dijo el otro día en el colegio electoral, cuando nos volvíamos a encontrar con la papeleta en la mano, que parecía que estábamos en el día de la marmota. Así no hay cambio que prospere.

Responsabilidad Social Corporativa con conciencia

Si al desarrollo sostenible le falta el matiz de la mejora que le da el desarrollo regenerativo, a la Responsabilidad Social Corporativa le falta el detalle de la conciencia, esto es, ser conscientes de la realidad local en la que influimos como empresas, como instituciones y desde luego como personas.

La ley podrá ser cada vez más exigente con la ética y la RSC de las empresas, o las instituciones organizarse de una vez para ser efectivas en la solución de lo más necesario, pero el verdadero diferencial siempre lo aportarán los ciudadanos y ciudadanas con lo que hacen. Y aunque ahora nos parezca difícil creerlo, hay algo que hacemos muchísimas más veces que votar. Es una cosa que además incide de forma mucho más profunda en nuestro desarrollo social, económico y ambiental. Me refiero a comprar.

El consumo responsable es el que puede de verdad marcar el camino hacia la economía circular y el desarrollo regenerativo. Así que la pregunta es obligada: ¿compramos con conciencia?

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