La Tribuna La música en pandemia: alerta roja

  • Si reducimos la música a una mera expulsión de aire que potencialmente contiene el virus, nos olvidamos de la rica dimensión estética, espiritual y social de la música

Una actuación en el Conservatorio de Huelva. Una actuación en el Conservatorio de Huelva.

Una actuación en el Conservatorio de Huelva. / Rafa del Barrio (Huelva)

Desde que el virus campea a sus anchas, la actividad didáctica y artística de la música está seriamente amenazada; el miedo y la incertidumbre se ciernen sobre innumerables músicos e instituciones hasta el punto de que todo comienza a resentirse. Ahora se aúnan fuerzas para que el engranaje de la música no se detenga; cuando las circunstancias obligan a protegerse, los profesionales procuran que la normalidad del aprendizaje y el trabajo se empañen lo menos posible.

Los conservatorios afrontan una titánica labor para formar a su alumnado. Uno de los caballos de batalla son las disciplinas o asignaturas en que la expulsión de aire es imprescindible. Esto implica Solfeo, Instrumentos de Viento, Canto y Conjunto Coral. Aunque la normativa prescrita exceptúa el uso de mascarilla siempre que se mantenga la distancia de seguridad, asaltan dudas. Ciertamente, es necesario habilitar espacios mayores para clases individuales como Canto o Instrumentos de Viento, tal es el caso del salón de actos y la biblioteca. Semejante medida podría significar la renuncia a actividades extraordinarias con miras a una impartición satisfactoria.

Considerando la dificultad de ventilar adecuadamente un espacio cerrado, habría que contemplar la opción de espacios al aire libre. Profesores de una amplia trayectoria reflexionan: “Los alumnos en cuanto ven algo de sol están deseando que los saques a la calle. Si nuestro ocio siempre lo realizamos al aire libre, ¿por qué no nuestro trabajo y estudio?”. Sólo hay que hacer la salvedad de aquellos días de frío, viento y lluvia. El New York Times cuenta que en las epidemias de tuberculosis de principios del siglo XX, incluso en lugares tan fríos como la ciudad de Nueva York, se apostó por las clases al aire libre como método de frenar el contagio; y sesenta y cinco escuelas lo hicieron.

Apelo a una observación más rica de la música: si la reducimos a una mera expulsión de aire que potencialmente contiene virus, nos olvidamos de su dimensión estética, espiritual y social. La inspiración artística, la conciencia del compositor y la emoción del intérprete tienen tanta fuerza que trascienden el concentrado patológico de una persona. Reivindicar la facultad terapéutica de la música es la misión y el deber de todo profesional de la música, principalmente ahora en que la pandemia zarandea al mundo entero.

Si profundizamos en la música, nos daremos cuenta de que existe una energía que eleva la autoestima y fortalece las defensas pues detrás reside la conciencia, la vida y la lucha de un creador. ¡Retornen a nuestras cabeceras informativas la musicoterapia!. Aristóteles nos hablaba de que hay sonidos de flauta que alivian trastornos mentales y el músico y matemático Damón, del tiempo de Pericles, nos refiere que los músicos griegos se servían del modo frigio para disuadir a los jóvenes de sus intentos criminales. Pero más cerca de la actualidad, en los años ochenta del siglo XX tuvimos noticia de que un hombre aquejado de una grave enfermedad pulmonar se curó tocando el oboe.

Estos datos nos orientan a la física, es decir. la onda sonora. Una onda sonora es captada por el cerebro, cunde en la mente, se propaga por todo el cuerpo y determina a nuestro ser. ¡Basta ya de hegemonía médica y farmacéutica!. ¡Que los músicos digan ya de una vez claro y alto que la música sí restablece la salud!. Alguien que atraviese un periodo de tristeza a las puertas de la depresión puede reconfortarse con buena música.

Músicos acreditados piden que no se margine más a la educación musical porque se ha comprobado la influencia determinante que ha tenido la música durante el confinamiento. Con la música se ponen en marcha circuitos cerebrales asociados al placer, aumenta el bienestar y crece la confianza psicológica. Nos hablan los neurólogos y los musicoterapeutas que al escuchar una melodía se generan estadios emocionales que permiten huir de un presente incierto y frustrante. Se ha demostrado que la música puede cambiar la percepción del mundo que nos rodea; Jacob Jolij, de la Universidad de Gronigen (Holanda), averiguó que una canción alegre tiene tanto poder sobre nuestra mente que permite ver caras sonrientes donde no las hay.

Es el momento de priorizar la facultad terapéutica y la dimensión cultural de la música dentro de los conservatorios. De nada sirve la soflama burocrática de calificaciones y expedientes para unos alumnos que pueden encontrar en medio de esta pandemia la gran oportunidad de enriquecerse como personas, de tener más valor y de ampliar sus horizontes vitales.

Tags

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios