Huelva

En el asentamiento no se habla de coronavirus

  • Las preocupaciones no son las de la pandemia, sino la miseria y la pobreza a las que se enfrentan a diarioUn equipo de Cruz Roja acude diariamente a prestar su ayuda

Uno de los inmigrantes, en el interior de su chabola. Uno de los inmigrantes, en el interior de su chabola.

Uno de los inmigrantes, en el interior de su chabola. / María Clauss (Huelva)

Ya hay personas esperando en uno de los caminos principales. También ha llegado la pareja de guardias civiles al asentamiento chabolista del Polígono Industrial de San Jorge en Palos de la Frontera. Son las 17:30 de la tarde de una jornada del Estado de Alarma. El equipo de la Cruz Roja de manera mecánica, son muchos días a lo largo de muchos años con la misma operativa, sitúa estratégicamente sus vehículos para iniciar el reparto de alimentos y la atención básica sanitaria a las personas inmigrantes que viven en este asentamiento.

La fila va creciendo. Unos pocos, muy pocos llevan mascarillas. El que la lleva es de tela, de fabricación casera. Algunos se tapan la boca con el cuello de la camiseta. Van llegando hombres y mujeres, mayoritariamente africanos, de las distintas chabolas diseminadas en este terreno oculto entre las naves del polígono industrial, algunos pinos y eucaliptos, y los invernaderos de plástico donde se cultiva lo que aquí llaman el oro rojo, la fresa. Este asentamiento da cobijo a más de 400 personas. No se ven niños, ni niñas, aunque hay familias completas viviendo aquí desde hace mucho tiempo.

El voluntariado de Cruz Roja se divide las tareas: la recogida de información, para mantener un censo actualizado de las personas residentes en el asentamiento; la atención básica de dolencias relacionadas con las tareas agrícolas, como dolores musculares, pasando por algunos cuadros de diarreas. Síntomas que se combaten con ibuprofeno, antidiarreicos y recomendaciones básicas de cuidado e higiene. “Si alguno viene con fiebre alta, lo derivamos al centro de salud” asegura el voluntario enfermero, con más de un década de actividad en los asentamientos onubenses. “No hemos detectado ningún caso de coronavirus” afirma con seguridad. Desde que se decretó la pandemia, nos cuenta Raúl Sánchez, coordinador del equipo y responsable del proyecto de asentamientos de la entidad onubense, el protocolo de atención a las personas es más estricto “a todos se les mide la fiebre antes de recibir su caja de alimentos”, y también con los voluntarios, quienes acuden con equipos EPI, mascarillas, guantes y geles para el lavado constante de sus manos.

La fila de habitantes del asentamiento en la oscuridad. La fila de habitantes del asentamiento en la oscuridad.

La fila de habitantes del asentamiento en la oscuridad. / María Clauss (Huelva)

Uno de los guardias civiles que espera junto a su patrullera comenta con su compañero “aquí es imposible mantener el estado de alarma, ni el confinamiento. No hay condiciones. Además ha sido frecuente verlos (en relación a las personas inmigrantes) andado por las calles del pueblo”.

La fila sigue creciendo, aunque, según una de las voluntarias “no es el día en el que hay más gente. Seguramente habrá quienes han podido ir hoy a trabajar a las fincas de fresas” mientras que, junto a sus compañeros, sigue rellenando los datos de las personas que se acercan a recoger su caja de alimentos. Hoy se repartirán, como la mayoría de los días, cerca de 500 cajas con comida. El reparto durará hasta la noche, para así también atender a los inmigrantes que de forma escalonada llegan de la jornada en el campo.

Toma de temperatura por parte de los voluntarios de Cruz Roja. Toma de temperatura por parte de los voluntarios de Cruz Roja.

Toma de temperatura por parte de los voluntarios de Cruz Roja. / María Clauss (Huelva)

“Hay algo de picaresca” nos dice otro joven voluntario. “Hay quienes vienen una vez sin ningún documento, y vuelven otra vez, por ejemplo, con su pasaporte para intentar llevarse dos cajas de alimentos” añade mientras espera que su compañero ponga -protocolo obligatorio- el termómetro electrónico en la frente a una de las personas de la cola. Para intentar evitarla nos recomienda “hay que mirar bien a la cara, cada una es distinta, aunque nos puedan parecer todas iguales… y a los pies, porque nunca se cambian los zapatos”.

Al borde de la carretera que separa el asentamiento con las calles del polígono industrial parado por el estado de alarma destaca una vivienda prefabricada, tipo bungalow. Allí vive Mohamed con su mujer, Fátima, quien está preparando la comida para celebrar, al caer el sol, el final del Ramadán. “¿Qué tal por España? ¿Cómo va el virus”? nos pregunta. Mohamed lleva cerca de una década en este lugar, vino de Kenitra (Marruecos) donde aún tiene familia. Suponemos que a pesar de contar con una de las viviendas mejor acondicionadas, sigue sin sentirse en casa. Sigue sintiéndose extranjero ante esa otra España que está a la espalda de este polígono industrial. El coronavirus parece que no va con él, ni con el resto de amigos que lo acompañan y que comparten estancia sin distanciamiento social alguno. Parece que es cosa, esto del covid-19, de los que viven en los pueblos próximos al asentamiento o de esa otra España que no tiene nada que ver con el asentamiento. “Igual habría que haber hecho como en Marruecos, cerrar las fronteras rápidamente para que no hubieran crecido los contagios” sentencia Mohamed como medida para evitar el crecimiento de contagiados.

Ommar, 33 años, acaba de llegar del campo. Son las 19:30. Nos deja pasar a su chabola. Una vivienda de dos habitaciones. En la primera, un par de sillas de plástico, un pequeño infiernillo dónde se cocina. Se quita las botas de goma para no manchar el suelo, y nos muestra su cuarto. Viven dos personas. Este senegalés, que cruzó El Estrecho en patera, lleva un año y tres meses en el asentamiento onubense. Trabaja, es de los afortunados, en la recogida de la fresa. Le preguntamos sobre el futuro, sobre el trabajo o las posibilidades de volver a su país de origen. Mira hacia arriba y no responde. Seguramente, en estas condiciones, es imposible planificar más allá de garantizar lo básico del día siguiente.

Los voluntarios toma nota y lleva el control de la ayuda repartida. Los voluntarios toma nota y lleva el control de la ayuda repartida.

Los voluntarios toma nota y lleva el control de la ayuda repartida. / María Clauss (Huelva)

En la mesa dónde se registran los nuevos habitantes del asentamiento llega Bafiyón de Mali. Lleva por España desde hace tres años, y dice no tener ningún documento. El voluntario de la ONG que lo atiende rellena el cuestionario estándar en el que se le pregunta el nombre, su procedencia, si está empadronado, si tiene familia, cartilla médica y la ruta por la que entró. “Hoy muchos llegan por la que se conoce como la ruta Libia. Les llevará hasta Italia, y de allí en autobús a Barcelona, y luego a Huelva a buscar suerte en el campo” nos cuenta uno de los voluntarios. La siguiente una mujer de Ghana. Su historia se repite. Como se vienen repitiendo en el resto de asentamientos.

El sol va cayendo y también el trajín diario que marca el ritmo de la cotidianidad. Algunas personas están terminando de preparar la comida, otras aseándose con el agua que cogieron del grifo de una finca y que acarrearon en un bidón de plástico a mano o en bicicleta durante algunos kilómetros. Nada de lo que ocurre sugiere que España está confinada. El tiempo aquí se paró. Las preocupaciones no son las consecuencias del virus, sino las de la miseria y de la pobreza.

María José, valenciana, la única española que vive en el asentamiento sale de la cola y le entrega la caja de alimentos a su pareja, un joven africano. Ninguno de los dos lleva mascarillas. “Sí me llamaron a trabajar para un campo de otro pueblo, pero no he ido porque no tengo cómo desplazarme. Tengo que buscar el trabajo por aquí cerca. Cerca de mi casa” nos explica a la vez que insiste al equipo de Cruz Roja que no se olviden de ella, que tienen necesidad de empleo. “Lo que me preocupa, como a todos, es no tener trabajo, no tenemos tiempo para pensar en esta enfermedad” nos dice mientras camina por un sendero hacia su chabola.Y es que en el asentamiento no se habla del covid-19.

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