Respons(H)abilidades

La Responsabilidad Social Corporativa debe ser contagiosa o no funciona

  • El alcance de la RSC se mide por la coherencia y el impacto sensibilizador que ejerce en su entorno próximo la organización que la tiene, y muy especialmente en sus proveedores

La Responsabilidad Social Corporativa debe ser contagiosa o no funciona La Responsabilidad Social Corporativa debe ser contagiosa o no funciona

La Responsabilidad Social Corporativa debe ser contagiosa o no funciona

No es fácil hablar sin tecnicismos de lo que quiero compartir hoy. Van a leer un poco sobre normas, certificaciones, sistemas de gestión... Pero no se asusten, no todavía, porque voy a intentar escribirlo de forma muy comprensible, como si lo hiciera para una de las personas que más quiero y admiro: mi madre. Ella tiene un sentido común y una inteligencia social enormes, pero ante estos temas de gestión empresarial se cierra porque no le interesan. Sin embargo, creo que es crucial que mi madre, y cualquier persona del mundo, comprendan, independientemente de su formación o intereses, que la verdadera revolución social comenzará cuando todos los consumidores exijamos productos o servicios socialmente responsables y cuando las empresas se obliguen unas a otras en cuestiones de Responsabilidad Social Corporativa. Eso es lo coherente.

Un pequeño 'flashback' y algunos conceptos básicos

Hagamos un poco de memoria. ¿Recuerdan cuando las empresas empezaron a hablar de que estaban certificadas en tal o cual cosa? Ahora es muy habitual y, como consumidores, casi ni reparamos en ello, pero yo recuerdo perfectamente cuando allá por los incipientes años noventa muchos profesionales de la comunicación aprendimos a decir y escribir ISO 9001 sin despeinarnos. Eran las primeras normas internacionales que aterrizaban en España en un momento en el que nuestras empresas necesitaban un cambio de imagen, especialmente las que salían al exterior.

Para ponernos en situación, sepan que ISO es la sigla del nombre en inglés de la Organización Internacional de Normalización, una federación internacional creada en 1947 cuyo objetivo es, entre otros, hacer más simple el intercambio comercial entre países mediante la normalización y la estandarización.

Esto se entiende mejor si intentamos imaginar un mundo sin normas unificadas para la fabricación de enchufes, sin tamaños de papel estandarizados como los conocidísimos A4, o sin puertos informáticos homogeneizados como los USB. ¡Qué follón tendríamos de cargadores, de memorias flash externas, de configuración de impresoras o de adaptadores de corriente! Eso como consumidores finales, pero ¿se imaginan el lío de intercambio comercial entre empresas industriales si no tuvieran referencias comunes sobre tamaños o sistemas de funcionamiento de los productos que fabrican? El beneficio social de la normalización es evidente.

En su caso concreto, la ISO 9001 era y es, después de 30 años de evolución y revisiones, el conjunto de criterios a seguir por una empresa para gestionar y asegurar a sus clientes la calidad de sus productos o servicios. Después llegarían para quedarse y evolucionar de la misma forma las normas ISO 14001 de gestión ambiental, la OHSAS 18001 de Seguridad y Salud laboral, la ISO 50001 de eficiencia energética, la 22000 de inocuidad de alimentos, la 26000 de RSC, y así hasta las más de 21.500 normas vigentes en el mundo, según informó en su setenta aniversario la propia ISO el año pasado.

Es un ingente entramado internacional del que cuesta ser consciente. Existen miles de normas y certificaciones en el mundo, de ISO y de otros marcos de referencia, voluntarias y obligatorias, algunas propias de determinados países o sectores, y otras de clientes concretos que exigen sus propios criterios. Que se lo digan a nuestro sector hortofrutícola por ejemplo.

Y todas las normas o marcos de referencia comparten los mismos objetivos: por un lado facilitar a las empresas una forma organizar el trabajo internamente para asegurar, según la norma que sea, la calidad al cliente, la mejora continua en el respeto ambiental, la seguridad de sus datos, etc.; pero también sirven para algo muy valioso e interesante para las empresas, que es, además de hacerlo, demostrar a quien sea necesario que lo hace bien.

Para esto último, garantizar sin ninguna duda que lo que se dice se hace, están las certificaciones, esto es, someterse al examen de expertos independientes en auditorías para conseguir la certificación de que la empresa cumple lo que dice la norma, una especie de sello que ya se puede enmarcar, publicar y ostentar ante todos.

Una clave para contagiar buenas prácticas: la cadena de suministros

Puestos ya en contexto, lo que de verdad quería compartir hoy es una de las claves más importante por la que las normas internacionales y sus buenas prácticas empresariales se hayan expandido y hoy sean usadas como referencia por millones de empresas en todo el mundo: la recomendación -y en algunas certificaciones obligación-, de seleccionar de forma prioritaria proveedores que comparten la misma sensibilidad. Esto se llama control de la cadena de suministros y es lo que ha conseguido que sean contagiosas la preocupación por el cliente, por el respeto ambiental, por los derechos humanos, por las condiciones de trabajo, por la prevención de los riesgos, y por todo lo importante.

Porque no tiene sentido que si una empresa se preocupa de la reducción de su impacto ambiental, contrate a empresas proveedoras que no se preocupen por el suyo. O que si invierte y trabaja para mantener un clima laboral satisfactorio y motivado, no busque proveedores con esa misma característica. Y desde luego, no es coherente que una empresa que cumple con su Responsabilidad Social no se interese por saber qué hacen sus proveedores en este sentido.

Esto mismo, el control de la cadena de suministros, es uno de los temas candentes de la RSC y lo que la convierte, junto a la coherencia interna, en una herramienta que funciona para mejorar la sociedad o en una mera estrategia de escaparate. Al final, si se es responsable, se trata de exigir responsabilidad: en los pliegos de condiciones para acceder a concursos públicos, en los criterios de selección de compra y de proveedores de las empresas o en nuestro ejercicio diario de compra. Cada uno que decida dónde puede exigir y así contagiar su responsabilidad social.

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