Entrevista a Miguel delibes. Presidente del consejo de participación de Doñana Miguel Delibes: “Hubo consentimiento para hacer las cosas mal durante años con respecto a los pozos”

  • Como voz autorizada sobre Doñana defiende que “el criterio fundamental para explotar los recursos es que se garantice la conservación del Parque, que es excepcional”

Miguel Delibes: “Hubo consentimiento para hacer las cosas mal durante años con respecto a los pozos” Miguel Delibes: “Hubo consentimiento para hacer las cosas mal durante años con respecto a los pozos”

Miguel Delibes: “Hubo consentimiento para hacer las cosas mal durante años con respecto a los pozos” / José Ángel García (Huelva)

Su palpable sosiego y amabilidad no impiden a Miguel Delibes hablar con contundencia y con la seguridad de ser toda una autoridad sobre el Parque Nacional de Doñana. Su trabajo como biólogo en el parque y sus doce años al frente de la Estación Biológica de Doñana convierten a Delibes en referencia obligada de una de las reservas naturales más importantes de Europa y del mundo, la cual acaba de cumplir medio siglo.

–¿En qué situación está hoy Doñana con respecto a hace 50 años?

–Desde el punto legal y proteccionista Doñana está mucho mejor protegida, de alguna forma está blindada contra muchas amenazas exteriores por normas, por su propio prestigio y por el respeto que merece a escala nacional, internacional y local. Desde el punto de vista naturalista es mucho más doméstica, menos salvaje, de lo que era hace 50 años.

–¿Eso es bueno o malo?

–Es inevitable, no se puede juzgar en términos de bueno o malo. Hace 50 años era un espacio casi vacío, en el que convivía muy poca gente y se empezaba a hablar de agricultura y de turismo costero, que todavía no lo había. Viví en el palacio de Doñana muy poco después de hacerse el parque, en 1972, y en Almonte había agricultura de secano, algunas bodegas y muy poco más. No había instituto, no se podía comprar un periódico. España y Andalucía han cambiado muchísimo y eso hace que Doñana sea cada vez más excepcional y haya que cuidarla más, como se cuida una cosa rara. En los años 60 era una consecuencia de su tiempo, sin explotar, y desde entonces podemos hacerlo y si no lo hacemos es porque queremos darle otro destino.

–¿Se imaginaba cuando llegó a Doñana que hoy estaría así?

–Doñana ha evolucionado de una forma que los biólogos de entonces, que sabíamos muy poco, no nos podíamos imaginar. Nunca hubiera pensado que se iba a llenar de cangrejos o que iba a haber muchos moritos, que es un ave que se había extinguido. Por otro lado, vivíamos muchas amenazas como la urbanización de toda la costa, el hacer carreteras costeras, y que se ampliaran las zonas de cultivo en la marisma. Así que por un lado se ha conservado más de lo que pensábamos porque teníamos miedo de que se deteriorara más.

"Cuando hablamos de preocupaciones del agua, lagunas o de contaminar, un escándalo por una pista ilegal resulta excesivo"

–¿Cómo cree que se debe conjugar la explotación de los recursos de Doñana y su entorno con la conservación de la fauna y flora del Parque?

–Creo que la gallina de los huevos de oro es el parque y su riqueza biológica. Es lo más diferente que tenemos en el suroeste de España y de gran parte de Europa. Otros elementos, como por ejemplo urbanizar la playa, no nos hacen diferentes, porque hay muchas y no nos van a otorgar personalidad, ni van a generar imagen diferencial afuera. En cambio, Doñana sí. Por lo que el criterio fundamental para explotar los recursos es que se garantice la conservación del parque, que es excepcional. Esto hace que en algunas ocasiones se tengan que tomar decisiones rotundas, como el dragado del Guadalquivir, que no es bueno para Doñana, y es sí o no, y en otras ocasiones se trate de llegar a pactos, como es el caso del agua.

–¿Entienden los vecinos del Parque lo que está en juego?

–Creo que sí. Todos los colectivos son conscientes de que hay que atenerse a unas limitaciones que impone la conservación de una riqueza colectiva, donde nos está mirando todo el mundo, y perderla nos puede perjudicar a todos. Para Andalucía Occidental perder Doñana sería un destrozo de imagen de una magnitud que sin duda afectaría también a la exportación, por lo que no nos lo podemos permitir y eso lo sabemos todos. Lo que pasa que todos quieren, también –y no me parece ni raro ni demasiado criticable–, estirar la cuerda hasta donde se pueda, nadie la quiere romper, pero sí estirar.

–El cierre de pozos era irremediable, pero ¿cree que se ha actuado de forma adecuada en el asunto?

–Se podría haber hecho mejor y es culpa de haber consentido que se estuvieran haciendo cosas mal durante muchos años. Llego a entender que un ayuntamiento diga que hay gente que no tiene de qué vivir, que abre un pozo en un sitio que no debía, y mira para otro lado. Pero si esto va ocurriendo durante años, cuando llega el momento de que algún juez o alguna autoridad medioambiental –que se han estado haciendo los sordos también– dice que ahora hay que cumplir la ley, nos encontramos con un problema muy grande, que afecta ya a cientos o miles de personas, con sanciones que no se pueden pagar. No debíamos haber llegado aquí, pero hemos llegado y es culpa de todos.

"Todos los colectivos son conscientes de que hay que atenerse a unas limitaciones que impone la conservación de una riqueza colectiva"

–¿Cómo ve la postura de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir?

–Doñana ha llevado a que un montón de instituciones andaluzas, nacionales e internacionales lo estén mirando y, como he dicho, está blindada por normativas. Por ello, la Confederación, los ayuntamientos, el gobierno, aunque quisieran no se pueden saltar esas normas. La Unión Europea y la Unesco están mandando comisiones de investigación y mirando con lupa como cuidamos Doñana y como explotamos el acuífero. La CHG no puede hacer más que cumplir la ley. Creo que a día de hoy no podía actuar de otra manera, aunque como otras instituciones se ha puesto dura recientemente y quizás antes ha tolerado actuaciones irregulares porque socialmente era muy duro frenarlas.

–¿Había alternativas?

–Desde el punto de vista jurídico no sé si las hay, pero desde el punto de vista ambiental no hay más que eliminar balsas, cerrar pozos ilegales y seguir autorizando cultivos donde sea posible, así como por parte del Estado comprar algunas fincas para eliminar la extracción de agua, como ya se ha hecho. Las alternativas serán complicadas, habrá que contar con dinero público y pasarán por hablar mucho, pero siempre dentro de la ley y del plan de la Corona Norte.

–¿Cree que el Plan de Ordenación de Regadíos de la Corona Norte Forestal está bien elaborado?

–El plan era la única forma de ordenar una situación que no le gustaba a nadie, unos porque querían regar más y otros porque queríamos que se sacara menos agua, pero era un pacto. Desde el Consejo de Participación de Doñana alentamos a que se firmara, aunque no gustara. Hay que aceptar limitaciones, es decir, el agua tarda en llegar, pero llegará, y cuando llegue no habrá más y tampoco habrá la que quiere todo el mundo, además de que debido al cambio climático cada vez va a haber menos agua en adelante. Tampoco me gustaría que los onubenses se consideraran los más castigados del mundo por esto, puesto que, aunque no existiera Doñana, habría que limitar el uso del agua también.

"El lince es especial por lo que arrastra, más que por sí mismo. Conservamos el ecosistema del monte mediterráneo con él"

–¿Está de acuerdo con el planteamiento de los ecologistas sobre el agua?

–Yo me considero ecologista y hay que garantizar la conservación de Doñana, que necesita el acuífero. Las normas y las leyes exigen conservar la salud de los acuíferos y los que están debajo de Doñana ya están considerados en riesgo de mala conservación. Entonces, el defender que esos acuíferos se conserven me parece razonable, idea que creo que comparten también gran parte de los agricultores. En cuanto a ciertas actitudes ecologistas en las que se percibe una cierta exageración de los daños, no comparto esa visión.

–¿Qué opina de los planes de conservación del lince actuales?

–Mi opinión es positiva porque han funcionado bien. Había algo más de 100 linces hace 20 años y ahora hay sobre 700, lo cual es muy buena noticia. Probablemente se podía haber hecho mejor, contando con más gente e instituciones, pero creo que se ha hecho bien y que el dinero europeo ha facilitado mucho las cosas, a través de los proyectos Life. El miedo que tengo es que, si ese dinero deja de llegar, la conservación del lince pegue un frenazo.

"Doñana es tan visible que se utiliza por parte de unos y de otros y se instrumentaliza mucho"

–¿Por qué el lince ibérico es tan especial?

–Como todas las especies muy bonitas y misteriosas, es un emblema y bandera de la conservación. Es especial por lo que arrastra, más que por sí mismo. Conservando el lince conservamos el ecosistema del monte mediterráneo y podemos conservar grandes áreas con pocas perturbaciones. De alguna forma es un escudo para conservar paisajes. Cuando se le avisó a España y Portugal de que si se extinguía el lince era el primer felino salvaje que iba a extinguirse en el mundo en los últimos 5.000 años, era tal bochorno para los dos países que obligaba a hacer algo. Es cierto que el lince tiene una misión en el ecosistema, pero no diré que es más importante que la de los escarabajos, por ejemplo, pero el lince tiene la virtud de enganchar a mucha gente en la conservación.

–¿Qué opina de lo ocurrido en el Médano del Asperillo?

–Me parece una actuación irregular porque no había permiso, pero muy puntual. Ahí la arena es tan dinámica que no me parece grave. Creo que no se deben hacer estas cosas sin autorización, pero se han hecho muchos accesos de ese tipo en esa parte de la costa. Según las fotografías que he visto y todo lo que he podido saber, porque no he ido hasta allí, me da la impresión de que es reversible. Cuando hablamos de preocupaciones como el agua, de secarse lagunas o de contaminar el acuífero, el armar un escándalo por una pista ilegal me parece excesivo. Doñana es tan visible que se utiliza por parte de unos y de otros y se instrumentaliza mucho.

"España y Andalucía han cambiado mucho en este tiempo y eso hace que Doñana sea cada vez más excepcional"

–Como presidente del Consejo de Participación de Doñana, ¿cree que el órgano cumple su función?

–Es un órgano puramente de participación y de asesoría, no tiene ninguna función ejecutiva. Lo más que se puede hacer es intentar oír todos los intereses y coordinar actuaciones. Por eso las reuniones son muy largas, porque mi intención es dar la palabra a todo el que quiera decir algo. Nos oímos y transmitimos lo que se debería hacer, estimulamos actuaciones como el plan de la Corona Norte, y en ese sentido creo que cumple su función. Pero lo que dicen por ahí de que la gestión de Doñana se hace desde el órgano de participación es falso, no tiene esa tarea ni puede tenerla.

–¿Cuáles son los principales peligros de Doñana?

–El peligro de Doñana viene de la influencia de las actividades humanas en el entorno, y se manifiesta de muchas formas. Ahora llegan especies de fuera con los barcos que sueltan lastre en la entrada del río Guadalquivir. Esas especies se asientan en el río y son un peligro para Doñana, pero no sabemos qué va a pasar. Quitar el agua también es un peligro si el acuífero no alimenta las lagunas de Doñana. La contaminación también lo es, que puede llegar de muchas maneras. Hay un peligro muy evidente por encima de los anteriores que es el cambio climático. Por ejemplo, los ratones de Doñana se han africanizado. Cuando llegué al parque era muy raro ver la especie africana, y sí había lirones y ratones de campo europeos. Ahora casi todos los ratones que hay en la reserva son africanos. También hay más aves africanas de las que había hace 30 o 40 años. Por lo que hay tres niveles de peligro: los globales (como el cambio climático o la introducción de especies exóticas por mano del hombre sin controlar), la humanización local (que depende de lo que se haga alrededor, como el agua) y una tercera categoría que serían los problemas puntuales para los que Doñana está más protegida, como construir carreteras o túneles.

"Estoy convencido que celebraremos el centenario, aunque no me atrevo a decir cómo va a ser el Parque entonces"

–Entonces, ¿se podrá celebrar el centenario de la creación del parque?

–Estoy casi convencido de que se va a celebrar el centenario. Lo que no me atrevo a decir es cómo va a ser el parque dentro de otros 50 años. Se va a conservar un parque, con una zona protegida que seguirá siendo orgullo de mucha gente, pero no sé cómo va a ser. No sé qué tipo de agua va a tener, que especies van a vivir allí, si va a parecerse a una laguna del Sáhara o si van a seguir llegando las aves del norte de Europa, no porque Doñana esté mal, sino porque se quedan por el camino al hacer menos frío. Eso pasa ya con los ánsares, pues muchos se quedan en Holanda o en Zamora.

–¿Por qué se presenta Doñana siempre como freno al desarrollo?

–Bajo mi criterio, Doñana es un motor y una fórmula de desarrollo. Creo que en la comarca no se puede decir que sea un freno cuando hubo el plan de desarrollo que financió Europa con miles de millones de pesetas en aquel tiempo, que otras regiones que no tienen Doñana no han tenido. Por otro lado, en los años 60, en el mismo territorio se declaró una zona de interés turístico preferente, una zona de especial interés agrícola y un parque nacional. Todo ello se hizo en torno a hace 50 años. Creo que las tres cosas han progresado, lo que sí que ha puesto el parque son unos condicionantes. Hay que saber coger esa oportunidad. Si se llegara a un pacto bien hermanado entre cultivos y el parque para usar la menor agua posible y los menores fertilizantes, y se pudiera vender esa producción como frutos de Doñana sería un éxito. Si la guerra persiste y se traduce en que en Europa aparezcan como los frutos que destruyen Doñana, será un fracaso. Entonces, el que sea un motor para el desarrollo de la comarca, porque es publicidad, o el que sea un freno, depende de cómo hagamos las cosas.

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