Pórtico de Semana Santa/ Puntadas sin hilo Lo que perdimos

Una feligresa lee un cartel en la puerta de La Concepción. Una feligresa lee un cartel en la puerta de La Concepción.

Una feligresa lee un cartel en la puerta de La Concepción. / Alberto Domínguez (Huelva)

O  no porque en ocasiones es necesario pararse y sentirnos afortunados y agradecidos por todo lo que tenemos, eso que el día a día no nos deja que tomemos consciencia de ello. Llegó la pandemia y con ella las restricciones, y como si fuera una de esas películas del fin del mundo nos encontramos encerrados en casa y sin libertad de movimientos, salvo para cuestiones muy limitadas, y con mucho miedo o respeto.

Lo que en un principio iba a ser para quince días se fue alargando en el tiempo y dejó de ser algo anecdótico para agarrarse a nuestra memoria y hacernos vivir en una pesadilla de la que nos está costando mucho trabajo salir. Y perdimos..., o no, porque ganamos una nueva forma de entender nuestra fe, una nueva forma de entender la vida de nuestra hermandad, una nueva forma de ser parroquia, de ser Iglesia, de ser, en definitiva, cristianos 2.0 (permítanme el atrevimiento).

No hubo más remedio que echarle imaginación al asunto porque las hermandades, como siempre, querían estar al pie del cañón. Nos faltó estar más preparados para la revolución 2.0, no a las hermandades, nos faltó estar más preparados a la sociedad.

Las redes sociales se convirtieron en los boletines informativos, ya no hacía falta esperar al cartero, o al hermano que, de manera voluntaria y desinteresada, repartía los boletines de casa en casa; además, los boletines se podían hacer todo lo extensos y periódicos que quisiéramos, una foto, dos, diez... Las videoconferencias ayudaron a tomar decisiones sin la necesidad de estar presentes en el mismo lugar acercando a los miembros de las juntas de gobiernos, colaboradores, trabajadores anónimos incansables, párrocos, devotos..., y permitiendo organizar y plantear esas iniciativas de ayuda al más necesitado que era lo que imperaba en ese momento.

Estar encerrados en casa nos permitió seguir las homilías en los rincones más insospechados de nuestros hogares y sin la necesidad de sentirnos observados, porque hay que reconocer que en alguna ocasión habremos “asistido” en pijama o chándal. Tuvimos el don de ubicuidad, pues se nos dio la posibilidad de estar en más de un sitio en cuestión de un intro, lo mismo estabas por ejemplo asistiendo a la eucaristía en tu parroquia de siempre o en el pueblo cercano de San juan del Puerto y todo ello sin moverte de casa.

Y nuestros sacerdotes qué decir de ellos, han sabido adaptarse y han llegado al corazón en momentos de dificultad, un recuerdo muy muy especial a nuestro querido Don José, cada día durante el confinamiento en menos de 30 minutos nos trasmitía serenidad, esperanza…, era la toma del antídoto de las 12 del mediodía.

Gracias también a las televisiones locales que supieron llegar a los mayores que poco o nada entienden de redes sociales. Los días han transcurrido y seguimos con miedo de una tercera, cuarta ola…, pero nuestra fe, nuestras parroquias, nuestras hermandades siguen al pie del cañón, a la espera de tiempos mejores, y llegarán, eso seguro, pero…

¿Perdimos o ganamos?. La pandemia nos ha abierto unas posibilidades que sólo el tiempo dirá si hemos perdido o hemos ganado.

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