Huelva

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Una mujer ante la imagen del Nazareno. Una mujer ante la imagen del Nazareno.

Una mujer ante la imagen del Nazareno. / Alberto Domínguez (Huelva)

Después de todo un año, en el que hemos tenido tiempo más que de sobra para asumir que este año tampoco habría cofradías en la calle, se nos echa encima otra cuaresma igualmente atípica.

La Semana Santa de 2020 nos cogió a todos con el paso cambiado, y no cabía esperar gran cosa de las cofradías porque no se podía ni abandonar el domicilio. Vimos cosas extrañas, como misas retransmitidas en las que aparecían algunos asistentes, aunque fueran pocos (ya me dirán cómo llegaron a los templos si estábamos confinados) o altares montados para la ocasión en otras localidades, que no se explican a no ser que los priostes vivieran en el propio templo.

Este año, como decía, sí hemos tenido tiempo de entrar en caja y pensar un poco en el espacio que ocuparían las hermandades en los días de la Pasión. Decir lo contrario es absurdo: a la altura de diciembre, por ejemplo, quien supiera lo que es el Nazareno en la calle Marina o la Esperanza en Miguel Redondo no podía pensar, bajo ningún concepto, en pasos por la ciudad tan solo tres o cuatro meses después. El problema, efectivamente, no residía en portar las imágenes: la cuestión fundamental estribaba en cómo controlar la distancia de seguridad de los miles de personas que irían a verlos.

Pero insisto, después de tanto tiempo, y teniendo clara la razón de ser de las cofradías, resulta extraño que a estas alturas lo único que sepamos es la idea del Consejo de ubicar las imágenes titulares junto a sus misterios en el suelo de los templos. No es que me parezca mal, pero si las hermandades están fundamentalmente para el culto, creo que deberíamos centrarnos (no ahora, sino hace ya algunos meses) en cumplir nuestra misión de acuerdo con las instrucciones de las autoridades. No habrá cortejos por las calles, pero la celebración en los templos es perfectamente posible con las medidas que todos conocemos.

Entiendo que, en algunos casos, hemos perdido algunas oportunidades. Me refiero a cultos que se han aplazado, cuando las parroquias están abiertas y en ellas se celebra la eucaristía diariamente. Entenderán que resulte extraño que haya misa todos los días pero que las hermandades no celebren sus triduos o quinarios. Ojalá fuera el problema que los hermanos acudimos en masa a estas convocatorias y que la mera colocación de una orla en la fachada del templo hiciera temblar las piernas de los responsables de nuestra seguridad. Pero todos sabemos que no es el caso.

Todavía estamos a tiempo de que las hermandades planteen un programa de cultos a la altura de las circunstancias en las que estamos, de manera que atiendan a las necesidades espirituales de los hermanos. Quizá esto nos haga hoy más falta que nunca. Para ello, nos tenemos que creernos de verdad lo que tenemos entre manos, y ocupar sin complejos el espacio que nos corresponde: en el templo, con el Evangelio en la mano y dando testimonio en nuestro entorno porque Jesucristo, al que adoramos en el Sagrario de nuestra parroquia o capilla, volverá a caminar por nuestras calles para que podamos conmemorar su Pasión. Es una oportunidad irrepetible de demostrar que los cofrades no solo estamos aquí por el folclore. Ahora bien: nos lo tenemos que creer. Si no, estaremos haciendo un teatro precioso.

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