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Impulsar el cambio social es derribar estereotipos

  • La clara mayoría de ministras en el Gobierno ha provocado una esperanzadora reflexión social sobre la valoración de las capacidades personales por encima del género y de las cuotas

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Impulsar el cambio social es derribar estereotipos

No vean valoración política en este artículo, porque no la hay. No entro tampoco a interpretar las razones por las que Pedro Sánchez ha formado un equipo de Gobierno lleno de ministras. Quiero pensar que ha habido por encima de todo una intención limpia de valorar objetivamente las capacidades personales más allá de las cuotas o los criterios de paridad, y eso en mi opinión es un gesto valiente, pero sobre todo es un hecho muy transformador, porque en mi opinión impulsa un profundo cambio social de esos que se sostienen en lo que verdaderamente supone una transformación perdurable, esto es, en un cambio de creencias colectivas.

Lo compartía hace poco hablando de violencia de género en esta misma página: creo que la cuenta pendiente de la sociedad está en cambiar las creencias compartidas que llevan a una mujer víctima de una agresión sexual a callarse. Y en esto de la igualdad de género en los órganos de poder, aunque esta vez en positivo, ocurre algo parecido, y hoy parece más cercano ese momento en el que las cuotas dejen de hacer falta.

Huele a vientos de cambio

Una de las justificaciones más directas de establecer cuotas de género es facilitar y garantizar la llegada de las capacidades e inquietudes femeninas a los órganos de decisión. Y este mecanismo de impulso de la igualdad funciona. Pero la señal más clara de su éxito sería que dejara de ser necesaria, o sea, que la cuota debería tener fecha de caducidad.

Porque no parece lógico que el reto de una sociedad igualitaria moderna esté en atender al número de hombres y mujeres que participan en algo, sino en ser capaz de considerar las competencias y habilidades de las personas por encima de su género. Pero claro, sin considerar el género ahora salen once ministras, pero en el próximo Gobierno saldría otro número, puede que superior o inferior, y después otro, y otro.

Resulta imposible no hacernos una pregunta: ¿está nuestra sociedad preparada para aceptar un gobierno entero de mujeres? O aún más, ¿lo está para volver a uno formado sólo por hombres? Ahora extrapolen esto a cualquier comité de dirección, consejo rector u órgano de decisión. La respuesta parecería ser que no, aunque la palabra mágica es "todavía".

Por eso a mí lo que me gusta pensar estos días es que en uno de los órganos de mayor influencia política y social de España como es el Consejo de Ministros, no hay once mujeres para cumplir una cuota, ni para demostrar nada, sino que hay diecisiete profesionales elegidos por sus competencias, sus experiencias, sus habilidades personales o por todo a la vez. Eso quiero pensar, y así colaboro en cambiar el estereotipo.

Y claro que traen sus mochilas cargadas de éxitos y de fracasos, y claro que no llueve a gusto de todos, y que acertarán en muchas cosas y se equivocarán en otras tantas, pero ya parece que no va a ser por cuestión de género.

Mujeres y hombres desde la Inteligencia Emocional

La inteligencia emocional es la que nos permite gestionar lo que sentimos para impulsar las conductas más adecuadas y beneficiosas ante las muchas vicisitudes que nos trae la vida. Así que hablar de inteligencia emocional es hablar de conductas, de ponernos en acción, porque de lo contrario, sin actuar, no estaremos disfrutando de inteligencia emocional. Tampoco es magia. La inteligencia emocional no nos permite evitar todo lo malo que nos ocurre o que nosotros mismos provocamos, pero sí podemos reducir los costes emocionales, físicos y psicológicos de las situaciones, sobre todo desagradables, que vivimos. De hecho, podemos reducir los perjuicios para nosotros y para los que nos rodean, porque les afectamos con nuestras conductas de forma inevitable.

Pues resulta que hay infinidad de estudios que intentan buscar diferencias entre hombres y mujeres desde la inteligencia emocional sin resultados concluyentes. Nos movemos en términos generales, y esa generalidad, o dicho de otra forma, esos estereotipos con los que convivimos son, en sí mismos, una forma de condicionar los comportamientos de cada género. Ahí está la trampa.

¿Qué se espera de las mujeres? ¿Qué se espera de los hombres? ¿Qué esperan las mujeres de ellas mismas? ¿Qué esperan los hombres de ellos? Son preguntas que resulta casi imposible contestar sin acudir a nuestras experiencias, nuestra educación, nuestras opiniones y nuestras creencias compartidas. Y ya tenemos el caldo de los estereotipos preparado.

A las mujeres se nos considera más empáticas, más intuitivas y más emocionales, y con más facilidad para expresar lo que sentimos, ¿o con más permiso social? A los hombres se les considera más habilidosos para regular sus emociones y más reservados para mostrarlas, ¿o quizás es que se sienten con menos permiso social para hacerlo?

Lo cierto es que también en esto huele a vientos de cambio, y las diferencias generales que existen se van diluyendo a medida que la educación es más igualitaria. Otro gran mecanismo de impulso de la igualdad: la educación, en la escuela y en casa.

Mis hijos no son mis padres. Sus creencias no son las mismas, no comparten exactamente los mismos estereotipos, ni las mismas motivaciones. Son perfectamente capaces de expresar sus emociones, más cuantos menos estereotipos sociales, de esos que mantenemos los mayores, les condicionan.

Así que igual que las generaciones más jóvenes no ven llamativo que una mujer conduzca un camión, tenga el peso de la casa o una carrera profesional destacada, tampoco les sorprende, porque muchos ni caen en la cuenta, que un hombre se quede en casa a criar a sus hijos o que haya once ministras. Ese es el cambio real.

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