Elecciones Generales. El candidato es el mensaje. Juan José Cortés, Nº1 del PP por Huelva

Predicar la cadena perpetua

  • Juan José Cortés perdió a su hija Mari Luz por un pederasta y una negligencia judicial. Su figura aparece en casi todo suceso mediático que sacude al país

Juan José Cortés con Pablo Casado en su acto de presentación como candidato en Huelva Juan José Cortés con Pablo Casado en su acto de presentación como candidato en Huelva

Juan José Cortés con Pablo Casado en su acto de presentación como candidato en Huelva

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A Juan José Cortés (Huelva, 1969) le pasó lo peor que le puede pasar a un ser humano. El 13 de enero de 2008 su hija Mari Luz cayó en manos de un monstruo, Santiago del Valle. Del Valle debería haber estado ese día en la cárcel. Tenía una condena por pederastia del año 2002. Sin embargo, estaba en esa casa y tenía ese peluche que le lanzó a Mari Luz. El juez que cometió el error, el error por el que Del Valle estaba libre, fue multado con 1.500 euros.

Los que somos padres no queremos, no debemos, ponernos en la piel de alguien a quien el destino le ha tratado con esa crueldad. Puede uno suponerse, aunque sólo un instante, que se encerraría en casa, no querría ver ni hablar con nadie, que el tiempo pasara hasta desaparecer. En definitiva, me volvería loco.

No es el caso de Cortés ni, de hecho, el de otros padres que han pasado por trances parecidos. En los casos más recientes hemos visto a los padres de Marta del Castillo, Diana Quer o del pequeño Gabriel-tres nombres muy familiares para todos los españoles- tener la entereza de aparecer ante cámaras de televisión. Por allí solía estar Juan José Cortés, que en su cruzada por conseguir castigos de por vida para los criminales forma parte del escenario periódico con el que nos atraganta la televisión. Cada cierto tiempo un nuevo monstruo, un nuevo hecho inexplicable y un inocente con su foto en las pantallas y manifestaciones en las plazas de los pueblos afectados y un no te olvidamos y un asesino conducido ante un juez y una multitud vociferante.

Y Juan José Cortés.

Todos los partidos hacen sus cálculos electorales basándose en el impacto que puedan tener sus mensajes fuerza. El PP vio claramente que uno de esos mensajes tenía que pasar por el endurecimiento de penas para delitos especialmente graves. Y no es que España tenga un código penal suave. La población reclusa es de 60.000 personas en uno de los países con menor índice de delincuencia de toda la OCDE. La prisión permanente revisable, igual que en la mayoría de los países de nuestro entorno existe, aunque desde hace poco tiempo. Pero el PP ha decidido reforzar ese mensaje colocando a Cortés en sus listas.

Era de esperar ya que Cortés, entrenador de fútbol de categorías inferiores y pastor de la iglesia evangélica que lleva su nombre, había sido designado asesor de Justicia del PP pese a carecer de toda formación jurídica. Cortés sólo es experto en algo de lo que nadie desgraciadamente le puede rescatar. Es un experto en el dolor. El PP ha pensado su dolor, su condición de víctima de un personaje repugnante y de un sistema judicial poblado de agujeros puede ser útil en el Congreso.

Una periodista tan fiable como Luz Sánchez Mellado escribió en 2009 el libro Ciudadano Cortés, donde señalaba la templanza y el carisma de Cortés. En ese libro hablaba Enrique Múgica, uno de los más brillantes políticos y juristas españoles de la Transición, ministro de Justicia entre 1988 y 1991, creador de los actuales juzgados de lo penal. Decía Múgica: “Cortés es admirable, pero no se puede sustituir al Parlamento por el pueblo”.

Con el tiempo es posible que esa primera impresión de Cortés se haya ido caricaturizando. En sus primeros días en campaña ha sido un orador titubeante, confudiéndose con los nombres, con un discurso plano de argumentario que le cuesta articular. Parece sobrepasado

. Cortés ya no es el hombre admirado que fue en los años posteriores al drama. Una figura tan mediática como Ana Rosa Quintana, y aquí básicamente estamos hablando de lo mediático, criticó a Cortés cuando le vio, no se sabía para qué, en el rescate del pequeño Julen de ese infinitesimal hoyo que tuvo a toda España en vilo en un falso espectáculo televisivo, ya que era evidente que el niño no podía haber sobrevivido a las primeras horas tras la caída.

En ese horror como espectáculo, ese reality de los espantoso, Cortés es un secundario habitual. Es posible que haya una equivocada percepción -la que alguien como Quintana verbalizó-, pero Cortés, por si acaso, se defiende: “A mí, con lo que he vivido, con lo que he sufrido y he perdido lo más grande en mi vida, no tengo en mi vida ninguna ambición de nada ni material, ni egocéntrica”. Quizá sea cierto. O quizá ni él mismo sea consciente de que no lo es.

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