José Manuel Caballero Bonald. escritor, premio Cervantes

"Si fuera joven y hubiera terceras elecciones, me iba de España"

-Antes de regresar a Madrid desde la playa de Montijo se pasó por Los Palacios y Villafranca para hablar de Flamenco y Marismas...

-Cuando iba no habían inaugurado la autopista. Cogíamos la carretera Sevilla-Cádiz y siempre parábamos a tomar un café.

-Lo invitaron a los 180 años de unión de los dos sumandos del municipio. ¿La historia enseña?

-Hay que aprender de la historia lo que se debe de hacer y lo que no se debe.

-¿Sigue con inquietudes literarias?

-Pero no pasan de ser inquietudes. Tengo entre manos un libro que lo he ido preparando a lo largo de los años. Semblanzas de gente que he conocido, desde el 98, con Azorín y Baroja, hasta nombres más contemporáneos.

-Cuando nació, Los Palacios y Villafranca de la Marisma llevaban 90 años juntos. Los que usted va a cumplir. ¿Cómo se lleva consigo mismo?

-Tengo días, me enfado con frecuencia. He aprendido que no vale la pena vivir sin capacidad de autocrítica. Nunca me he callado y he procurado siempre decir lo que pienso.

-¿Y qué piensa de Cataluña, usted que en 1956 coincidió en Colliure, ante la tumba de Machado, con catalanes como Barral, Gil de Biedma o José Agustín Goytisolo?

-Lo de Cataluña lo veo regular, no estoy muy al tanto de esta polémica. Políticamente hablando, aunque sea incorrecto, yo soy partidario de que se celebre el referéndum. Defiendo el derecho de los pueblos a elegir su destino, que decidan ellos lo que quieren ser. Yo estoy en contra de que Cataluña se separe de España, pero son ellos los que deben decidirlo.

-Usted ha dicho que "una de las razones por las que escribo es porque hablo poco"...

-Yo nunca he hablado mucho; ya estoy hablando más de la cuenta. Escribo porque si no lo hubiera hecho me encontraría con el remordimiento de no haberlo hecho. Siempre he hablado poco, y con los años menos.

-En la cárcel de Carabanchel coincidió con Dionisio Ridruejo, que estuvo en la División Azul, y con Alfonso Sastre, de la División Roja. ¿Compartió prisión con las dos Españas?

-Dionisio Ridruejo fue muy importante en mi despertar político. No se puede creer nadie que aquel hombre que fue protagonista de la Cruzada y jefe de propaganda de Franco se había convertido a la democracia. Y a mí, por confidencias, recuerdos y vivencias, me pareció un demócrata verdadero y lo quise mucho. A Sastre lo traté menos, hizo un trabajo fundamental para cambiar un teatro como el español que era un teatro burgués siempre oscilando entre Calvo-Sotelo y los Luca de Tena.

-¿Es verdad que en Lengua Española tuvo en el colegio Muy Deficiente?

-Estudié en los Marianistas de Jerez y no me suspendieron nunca. Otra cosa distinta fue en aplicación o actitud: No atiende, Se distrae.

-Año de centenarios: Cela, Buero Vallejo, Juanito Valderrama. ¿Cuál le concierne más?

-Fui secretario de la revista Papeles de Son Armadans, que fundó Cela en Mallorca. Traté mucho a Cela, una persona muy complicada de tratar, muy difícil de aguantar. Fue un escritor de enorme talento, eso no se le puede discutir. Hay libros suyos de los que no se habla, como Miss Caldwell habla con su hijo y Oficio de tinieblas, que son espléndidas muestras de un dominio expresivo. A veces se ha sido injusto con Cela, que merece un sitio importante en la historia de la literatura, no en la historia de la humanidad.

-Colombia fue su segunda patria. Allí escribe Dos días de septiembre, premio Biblioteca Breve. ¿Qué le parece el intento de acuerdo de paz entre el Gobierno y la guerrilla?

-Me parece ejemplar y digno de ser imitado en otros países; sobre todo en España, donde las víctimas del terrorismo ocupan un espacio indebido, no porque no se lo merezcan, sino por la lata que dan, con perdón. Lo de Colombia es una lección al mundo. El presidente Santos ha dicho que el perdón es la cortesía de las víctimas ante la propia historia.

-Caballero por Cuba, Bonald por Francia. Los dos países que aparecen en la novela de Alejo Carpentier El siglo de las luces. ¿De cuál se siente más cerca?

-A Carpentier lo conocí en La Habana. Mi ascendiente cubano pesa más que el francés. He estado en Camagüey, donde nació mi padre, y tengo muchos contactos con La Habana. Nunca he sido muy partidario del espíritu francés, del mundo francés en general, pero eso no quiere decir nada. Mi madre tampoco era francesa, descendía del vizconde de Bonald, un filósofo tradicionalista enemigo del progreso y de la Revolución Francesa.

-Cumple años el once del once. ¿Es futbolero?

-No me gusta nada.

-¿Tendremos Gobierno?

-Eso sí que es espectacular, por no decir deprimente e increíble. Si no se llega a un acuerdo nacional seguiremos con esa barahúnda, ese desorden y desconcierto. Si no se llega a ese acuerdo, iremos a unas terceras elecciones. Si fuera más joven y hubiera terceras elecciones, me iba de España otra vez.

-¿A Colombia de nuevo?

-A Colombia, sí. Allí viví tres años muy feliz. Escribí mi primera novela, tuve mi primer hijo, planté mi primer árbol. Todo lo que uno tiene que hacer antes de morirse. El descubrimiento de la selva tiene mucho que ver con mi descubrimiento de Doñana. Todo empezó con el estupor que me produjo contemplar el río Magdalena.

-¿Allí conoció a Gabriel García Márquez?

-Cuando llegué a Colombia, Gabo se fue a Prensa Latina, la agencia que había fundado el Che Guevara. Lo vi cuando volví a España y él estaba viviendo en Barcelona.

-Es el segundo premio Cervantes que visita Los Palacios...

-También estuvo Rafael Alberti. Fui con él a un homenaje que le dieron en Trebujena. Se le acercaron dos guardias civiles con tricornio y se asustó. Uno de ellos levantó el puño y le dijo: "Salud, camarada".

-¿Vivir es recordar?

-Acumulo recuerdos de manera desordenada, la memoria no tiene orden.

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