Alejandro Simón Partal | Poeta

"Es muy esnob hablar de la literatura como forma de resistencia"

"Es muy esnob hablar de la literatura como forma de resistencia" "Es muy esnob hablar de la literatura como forma de resistencia"

"Es muy esnob hablar de la literatura como forma de resistencia" / rafael galán

"Y desde aquí aceptar todo lo que venga. / Celebrar el justo descalabro de todas las cortezas", reza uno de los poemas de Alejandro Simón Partal (Estepona, 1983). El escritor se ha hecho un hueco en el panorama lírico español de los últimas décadas con vitalistas y luminosos poemarios como Los himnos abdominales y La fuerza viva. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, el autor galardonado con el Premio Arcipreste de Hita lleva varios años centrado en el estudio de la obra de poetas como Juan A. González Iglesias. Su nuevo libro, el ensayo Las virtudes de lo ausente, ahonda en el concepto de felicidad en la poesía española contemporánea

-Su nuevo libro, Las virtudes de lo ausente, ahonda en el concepto de felicidad en la poesía española contemporánea. ¿Se sorprendió al reunir a tantos poetas en lo que usted llama "antología poética del bien"?

-Empecé a escribir este libro porque me di cuenta de que lo que yo mismo escribía era un intento por alcanzar la serenidad y de vivir una vida más alegre. El propósito de los poetas es encontrarle un sentido a su vida. Entiendo que ese sentido es una búsqueda de la felicidad y del buen vivir. Me parece mucho más interesante la poesía que, aunque venga de las tinieblas, ame la luz. Me refiero a esa poesía que lees y te dan ganas de celebrar la vida, de salir para reencontrarte con amigos. Me apetecía indagar en esa poesía por el lado de la bondad, la acogida, el cuidado y la celebración de la existencia por el momento que vivía y que estaba leyendo.

Hay muchos más escritores interesados en que su libro salga en 'Sálvame' que en 'The New Yorker"

-¿Por qué aparece la fe como pilar fundamental de su ensayo?

-Quizá es algo más extraño y paradójico. La poesía y la fe existen porque hay personas que quieren encontrar el sentido más hondo a la existencia. Antonio Porchia decía que "lo hondo, viste con hondura, es superficie". Me parece una definición perfecta para todo esto. Al final, lo más esencial es lo que no podemos tocar. Lo que no podemos tocar es el símbolo al que acude la religión, la poesía. En lo intangible es donde encontramos la felicidad, el amor. Me interesa la fe porque supone una oposición a esa idea trivial del epicureísmo que nos convierte en seres devotos del placer. Genera lo contrario. Una miseria que produce el placer entendido como consumo. La poesía se hace a un ritmo lento, aunque vivamos en un tiempo tan acelerado.

-En sus últimos poemarios insiste en disfrutar de las pequeñas cosas que ofrece la vida. ¿El capitalismo salvaje y el consumismo nos aleja de ellas y nos anula como personas?

-Efectivamente. El consumo entendido como esa forma salvaje nos aleja del conocimiento y nos mete en una vida desaforada que sólo produce insatisfacción. La poesía sirve para huir del empobrecimiento extremo en esta realidad. La vida se convierte en un sacrifico que no vale para nada.

-Es curioso que esto ocurre en la era de la abundancia, de las hiperconexiones.

-Hay muchos canales, pero están muy controlados. A los jóvenes nos imponen unos referentes para que la referencia sea un consumo. Se les permite la diferenciación, pero no la autonomía, ni el conocimiento. Se deja a un lado de ver e interpretar. Eso se está contagiando en la vida. Todo esta hiperconexión crea una forma de violencia. Las prisas llevan a la violencia. Creo que es muy importante huir de esa precipitación. Cada vez aspiro más a la máxima sencillez. El 70% de cosas que tenemos en casa no sirven para nada. Me decía una amiga mía: "No te compres nada que no te puedas comer".

-¿Pero con la excusa de que seamos austeros se nos arrebatan cosas, no?

-Sí, desde luego. La austeridad puede tener otro significado, que es entender la vida para los demás. La única forma de entender esto es autolimitarse, dejar espacio al otro, como dice Jorge Riechmann. La fe o la religión entendida como espiritualidad tiene que ver con un paso atrás en favor de los demás. Hay que entender la figura de Jesús histórica como una persona cerca de los pobres y los oprimidos, cercana a la servidumbre. Si no servimos para los demás, nos servimos para nada. Estas formas de consumo están dando lugar a un narcisismo que propicia que sólo pensemos en nuestro beneficio y placer, y sólo nos acarrea frustración.

-"Un poeta es un ser humano que escribe desde sus limitaciones", dice. El otro día Paulo Coelho le mandaba a una periodista empezar de nuevo su entrevista. ¿Los escritores corren peligro de creerse dioses?

-No creo. Se tiene una visión equivocada de las escritores. No creo en la figura del escritor ególatra y ajeno a la realidad, sino de la persona que dedica su vida a un oficio que requiere de silencios y espacio. Creo en la literatura como un diálogo con el mundo, o esa forma de consuelo a través de la cual conseguimos tranquilizarnos ante toda esa basura que hay ahí fuera. No me gusta hablar de la literatura como forma de resistencia porque me parece bastante esnob.

-¿Leer poesía nos hace más libres?

-Libres nunca vamos a ser por mucho que leamos. La libertad es una meta a la que nunca se llega, pero siempre está ahí. La libertad es un concepto tan usado como la revolución. La única manera de acercarnos a ella es estar en el camino. Cuando alguien habla sobre la libertad con certeza tiene mucho que ver con el fundamentalista.

-"Escribir / para rebelarse / sin provecho / a pesar de la derrota ya prevista", decía Chantal Maillard. ¿Cree que muchos aspirantes a escritor deberían de asumir esa máxima en vez de pensar en el triunfo y en hacer dinero?

-Eso que preguntas se cura con la edad. Estamos invadidos por el sentimiento de que si no apareces en medios o en redes, no existes. Se trata de una búsqueda de notoriedad pública. Eso sí me preocupa. Hay mucha más gente interesada en que su libro salga en Sálvame que en The New Yorker.

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