Israel Galván | Bailaor "Me encantaría ser presidente del Betis"

Israel Galván. Israel Galván.

Israel Galván. / Antonio Pizarro

Renovador, transgresor, vanguardista, sublime, chalado... La figura del bailaor Israel Galván (Sevilla, 1973) ha sido calificada de mil y una maneras. Sobre las tablas no deja indeferente a nadie este reputado artista que ha viajado por todos los confines del planeta exhibiendo su talento. Mamó desde chico el flamenco en la academia de su padre, José Galván, igual que Pastora, su hermana, también del gremio. Hace parada el viernes en casa, por la Bienal, para bailar en el Teatro Central su espectáculo Gatomaquia junto al Circo Romanés.

–Para los analfabetos del flamenco, como servidor, ¿quién es Israel Galván?

–Un hombre que baila. Es una definición buena.

–Aunque suene a rancio, pero con tantos radicalismos, ¿existe aún quien vincula el baile masculino con la homosexualidad?

–Lo he escuchado desde chico, aunque en la academia de mi padre le daba besitos a todas las niñas... Yo no quería bailar, sino jugar al fútbol. El baile vino por familia. Con los años aún hay gente que dice que cojo el cuerpo de la mujer, aún existe el debate de que una mujer baila como un hombre. Una mujer fuerte no baila como un hombre y si decido bailar más suave no lo hago como mujer, sino que quiero hacerlo más ligero. Este debate me ha venido bien, me ha servido para tener dos cuerpos en uno. No me ha dado nunca miedo que me llamaran mariquita por bailar.

–Saque pecho: dicen de usted que es el número uno entre los bailaores...

–Esto no es el Madrid y el Barça. Es cuestión de gustos. Saco pecho de que sigo bailando y de que cada dos años me convierto, intento regenerarme, cambiar el concepto. Soy un bailaor muy abierto, no digo "mi academicismo es éste". Siempre me reprochan: "Tú bailabas bien antes". Esto me sirve para seguir. No soy el número uno, pero sobrevivir en estos tiempos no está mal.

–Tímido y transgresor. ¿No resulta paradójico?

–Es normal, toda la timidez, todo lo que me guardo, lo suelto en el escenario. En la vida no soy muy sociable y cuando la rabia se cruza, ahí me convierto en otro y es cuando no tengo miedo. En la vida tengo miedo y en el escenario no. No quiero hacer nada ni cambiar nada, hago lo que quiero y eso puede gustar o no.

–"Me gusta el vértigo". ¿Gira más su cabeza o su cuerpo?

–Bailo más mentalmente, cuando estoy con los ojos abiertos sin moverme, que bailando físicamente. Cuando estoy quieto la mente me baila más que cuando estoy móvil. Verdaderamente bailo cuando mis neuronas empiezan a bailar.

–Su vida es nómada, como la del Circo Romanés que lo acompaña en su espectáculo Gatomaquia, ¿no?

–El Circo Romanés está en el mismo sitio siempre, el que se mueve soy yo. Tengo el circo en lo alto, yo mismo soy el circo.

–Hace cuatro años le dijo a la compañera Sara Arguijo que habría zapateado 40 millones de veces o incluso más. Las rodillas y los tobillos bien, ¿no?

–Jajaja. No, lo preocupante no son las rodillas y los tobillos, sino que todos los bailaores con edad están un poquito de la cabeza por la resonancia, que va hacia el cerebro. ¿Sabe cuánto se mueve la vibración al dar un golpe que va hacia el cerebro? Una alegría, por ejemplo, dura cinco minutos y a lo mejor zapateo 10.000 veces. Eso sí afecta y cuando veo a los mayores me pregunto: ¿acabaré como ellos?

–Algunos piensan que está usted majareta.

–Ya, ya. Esto ya no se me quita. Creo que me hago el loco y eso me viene bien.

–También comentó: "Me siento como un animal". ¿De ahí Gatomaquia?

–No recuerdo el contexto. A veces hay que adaptar el cuerpo cuando bailas para transformarte en una cosa dura o ágil... A este espectáculo del circo vienen muchos niños y no saben qué es un bailaor. Yo salgo y los niños se ríen. Cada dos años cambio de bailaor porque me aburro de mí mismo, hay momentos que estoy más suave y otros más duro.

"Yo no sé bailar sevillanas, en serio, mi padre me apuntaba a los concursos y los perdía todos"

–Hablando de mininos. ¿Cuántas vidas ha gastado y cuántas le quedan?

–Varias veces me han matado y he renacido. Espero que me queden unas cuantas.

–¿Tiene Pedro Sánchez hechuras para la Compañía Nacional de Danza?

–Jajaja. ¿La Compañía Nacional de Danza o el Ballet Nacional de España? El segundo es más español. Creo que tiene más técnica para quedar bien con el público del folclore, más clásico español, no tan moderno, es más de bailar Agua, azucarillos y aguardiente.

–Con todo lo bético que es y hay un Israel (Puerto) y un Galván (Jesús) que han jugado en el Sevilla...

–Me acuerdo de un Israel del Betis, ¿no? Israel Puerto no sé quién es, a Galván sí lo recuerdo. Al Sevilla últimamente no lo veo porque gana mucho.

–Ya en serio, es un renovador del flamenco. ¿No se anima a renovar al Betis?

–Una de las cosas que me encantaría si fuera millonario es ser presidente del Betis. No querría un Lamborghini o un yate, no, presidente del Betis. Es el valor del dinero.

–En Sidney hay un club de surf que garantiza, con una hora de clase, subirte a una ola. ¿Se atreve a enseñar una sevillana a un australiano en ese tiempo?

–En la ola bailando, ¿no? No sé bailar sevillanas. Bailar mi primera sevillana con una australiana, mejor mujer, en una ola no está mal.

–Es broma que no sepa bailar sevillanas, ¿no?

–No sé, en serio. Mi padre me apuntaba a los concursos y los perdía todos porque decían que no bailaba sevillanas. Gané todos los de flamenco porque era más mayor, tenía más malicia y engañaba al jurado. Pero de niño no tenía maldad.

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