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Un monarca de barba bien cerrada

  • Los protagonistas de 'Juego de Tronos' fueron testigos directos del tiránico gobierno de Messi

  • El 'look' maduro del rosarino refleja la evolución de su juego, más cerebral y reposado

Fuente: Elaboración propia. Gráfico: Cristina G. Rivera, Dpto. Infografía Fuente: Elaboración propia. Gráfico: Cristina G. Rivera, Dpto. Infografía

Fuente: Elaboración propia. Gráfico: Cristina G. Rivera, Dpto. Infografía

Cuando Dios se decidió a disfrazarse de jugador de baloncesto en el cuerpo de Michael Jordan -Larry Bird dixit- y anotó aquellos míticos 63 puntos en el Boston Garden (1986), cualquier lamento sobró. La resignación y el asombro cerró el mínimo debate. A veces, Lionel Messi se activa en modo divino y quienes lo disfrutan, también quienes lo padecen -el Sevilla lo padece mucho- se refugian en ese mismo asombro. Los sevillistas, de nuevo en la resignación. Y eso que ellos mismos destilaron un fútbol de altísima escuela. Hasta ese minuto 43 en que Messi acomodó su cuerpo y dibujó esa comba que cientos de veces ha acabado con la pelota en las redes, pegada a la madera.

Entre los testigos directos del gol de Messi, el número 500 como barcelonista contabilizando los 31 en partidos amistosos, estaban muchos de los protagonistas de Juego de tronos, la popular serie de la HBO. A ellos también les dejó claro el rosarino que en el fútbol no hay litigio posible por el trono. Que el monarca absoluto, tirano -en el vestuario azulgrana también ejerce su soberanía-, por mucho que se rebele Cristiano Ronaldo, es él. Todo un rey con la barba ya bien cerrada: amplía su magisterio a todo el frente de ataque.

En Nervión hizo del mejor Messi, lo que evita cualquier litigio -octavo gol en nueve partidos de Liga para 320 en total, récord histórico-, también ofició de Xavi Hernández -tercera asistencia, esta vez a Luis Suárez, en este campeonato para 155 en total, récord histórico-, algo que ya hizo a menudo con el original a su lado, e incluso emuló a Iniesta cuando el Barça ya se puso 1-2 y había que enfriar los ánimos del dolido Sevilla. A tocar, a templar y que los de Sampaoli repararan en el plomo que ya habían acumulado en sus piernas por el enorme esfuerzo de su frenética primera parte.

Al equipo sevillista se le acumuló el ácido láctico antes de tiempo, como a esos atletas o esos ciclistas llegadores que no dosifican y se quedan clavados en la recta final. Y eso, ante el Barcelona de Messi, equivale a la muerte.

El look de Messi es un reflejo de la evolución de su juego. Cuando se presentó en la Liga y poco después hizo su primer gol -cuchara de Ronaldinho y sombrero del genio argentino, inmejorable estreno aquel 1 de mayo de 2005 ante el Albacete- lucía una larga y lisa melena de teenager. Lo propio a sus 17 años. Fue el primero de cientos de goles y asistencias gestadas a la velocidad del rayo, generalmente partiendo de la banda derecha para trazar diagonales sin vuelta atrás hasta el corazón del área. Hoy, Messi ha endurecido su rostro de treintañero. Luce tupé al uso, mechas platino que han creado una tendencia más discutible que su juego y esa barba cobriza que, en origen, aparecía rala, inacabada, pero que con el tiempo parece que ha ganado en espesura, como lo ha hecho su juego. Si es el mejor del mundo, quizás el mejor de siempre, es también por su listeza. Y a medida que va perdiendo velocidad, adapta su menú, de digestión más reposada: armador del juego al tiempo que inmejorable finalizador.

Empezó aquel 16 de octubre de 2004 de la mano de Frank Rijkaard. Han pasado 12 años ya del desembarco del rey, que no admite juego alguno por su trono de hierro.

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