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Carolina, la nueva muralla

  • Afrontó la cita olímpica "tras los entrenamientos más duros de mi vida", afirma la onubense

Noventa minutos antes del comienzo de su primera final olímpica ante la india PV Sindhu, Carolina Marín (Huelva, 1993) tomó acomodo en la poblada grada del Pabellón 4 de Riocentro.

Subió el volumen de la música para aislarse del entorno festivo que se respiraba en el recinto durante la disputa de la semifinal masculina y repitió el ritual previo a su estreno en estos Juegos de Río ante la finlandesa Vainio. La onubense volvió a imaginarse vencedora antes de encarar su última aventura en la ciudad carioca.

Cuando saltó a la pista verde del colorido pabellón estaba absolutamente convencida de que conseguiría hacer realidad la predicción que había vociferado a su llegada a la Villa Olímpica: viajó a Brasil con la única perspectiva de ver la bandera española en lo más alto del podio.

En ese lugar, tras su victoria, saboreó por fin la conquista de la presea dorada, el premio que todos los aficionados daban por hecho que conseguiría.

"Todo el mundo me dice que ya tengo la medalla de oro y cuando vine a la Villa me la esperaba encima de la cama, pero no me la he encontrado. La única que tengo es la de la Virgen del Rocío que siempre me acompaña", bromeó tras su triunfo en cuartos de final ante la surcoreana Sung Ji Hyun.

En semifinales apeó a la anterior campeona olímpica, la china Li Xuerui, y en la ronda definitiva neutralizó a PV Sindhu como culmen a dos meses fatigosos de preparación. "Han sido los entrenamientos más duros de mi vida", aseguró en su primera comparecencia en Río de Janeiro.

El propio Fernando Rivas, su entrenador, reconoció que a su hija no le haría pasar por lo que sí hace pasar a su pupila.

De lunes a sábado, Carolina Marín se ejercita en sesiones triples en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid y en su camino hacia sus segundos Juegos asumió "cargas durísimas" combinadas con trabajo en hipoxia. El lema 'Puedo porque pienso que puedo' le ayudó a afrontar cada jornada y a borrar las lágrimas con las que despidió algunas de ellas. El sufrimiento estaba justificado.

La onubense, concienzuda y generosa en el esfuerzo, es la nueva campeona olímpica de bádminton tras quebrar una muralla que parecía infranqueable, la del dominio asiático.

La actual número uno del mundo llegó a la cima olímpica diez años después de la decisión que la llevó de Huelva -Marín despuntaba ya en el Recreativo IES La Orden- a Madrid para crecer bajo la dirección de Fernando Rivas.

El granadino, que empezó a trabajar en la Federación Española en 2004, recuerda en el libro 'A por más' que empezó a escuchar el nombre de Carolina cuando ella tenía 11 o 12 años y que le hablaban de su "mal carácter" y de "las rabietas" que se pillaba.

"No destacaba por jugar bien a bádminton. Luchaba mucho, corría mucho, era muy rápida, odiaba perder, pero ni se desplazaba bien, ni golpeaba bien. Después fue en un campeonato de España sub-15 en un partido con Bea Corrales que fui para verlas a ellas entre otras y me sorprendió mucho. Ella tenía 13 años y me dije: aquí hay dos minicampeonas". Su predicción fue acertada.

Calma, fuerza y alegría definen el carácter de la española, admiradora de Rafael Nadal.

A su ejemplo se aferró en los difíciles momentos que vivió en la residencia Joaquín Blume. Sus 14 años eran una edad demasiado temprana. La figura de Mónica Cagiao, preparadora física de la Federación de Bádminton, fue clave como tutora.

Si Carolina aceleró etapas con su entrada, tan joven, en el Centro de Alto Rendimiento, también se adelantó a las previsiones.

En el ámbito federativo aguardaban una medalla de la onubense en el Mundial de 2017. Ganó los de Copenhague 2014 y Yakarta 2015 y ascendió a lo alto del ránking aupada por su ambición y por el plus de competitividad que lleva adscritos.

Lo que más le fastidia es no jugar bien, aunque gane. Así le pasó en la semifinal del Mundial de 2015. Sacó un partido "feo" ante la surcoreana Sung Ji Hyun. Lejos de celebrar el triunfo, rompió a llorar. "No sé si lo hacía porque no jugó bien o porque pensaba que si jugaba así al día siguiente iba a perder la final. Pero a mí, cuando gana, me gusta controlar la euforia. Si hemos ganado jugando bien me gusta que disfrute, pero siempre evaluamos. Y cuando se pierde lo único que le puedo reprochar es la actitud, si no ha luchado o si no ha hecho el esfuerzo de encontrar soluciones", comenta Rivas.

En Río de Janeiro fue la asiática la que abandonó la zona mixta envuelta en llanto. El crecimiento técnico, táctico y, sobre todo, mental de Carolina Marín ha llegado a abrumar a sus rivales en la ciudad carioca. La estridencia de sus gritos paralizó a sus oponentes y la condujo hasta la victoria.

Carolina es la nueva muralla.

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