Antonio Navarro Amuedo

Treinta años no son nada

El esloveno Tadej Pogacar. El esloveno Tadej Pogacar.

El esloveno Tadej Pogacar. / Thibault Camus / Pool

SÓLO en el Tour de Francia podía, si me permiten los lectores, liarse de esta forma. Decía Miguel Induráin, rey de la prudencia verbal, la pasión más templada de todas, que el Tour estaba para "quitarlo rápido de la tele". No estaba siendo el sopor de las sobremesas de julio el que nos abandonaba a la indiferencia en esta edición de la pandemia. Sino una carrera anodina, sin ataques épicos, todo potenciómetros y pinganillos, con dos eslovenos -¡dónde se ha visto eso! ¿Dónde cae eso, en Yugoslavia?- dominando la general, los colombianos KO, el último ganador Bernal yéndose a casa, Nairo incapaz una vez más, Landa decepcionándonos como casi siempre (qué fácil es correr desde el sillón de las orejeras, pero, ay, queremos otro ciudadano español vestido de amarillo), con ese ataque inconsistente en el Plateau des Glières (nos acordamos inevitablemente de los ataques de Contador, de Chiapucci, de Pantani).

Nos ha entristecido ver los grandes puertos como suelen estar en la Vuelta a España, escasos de público en muchos tramos; nos ha chocado ese alegre pedaleo armstrongniano -si me vuelven a permitir la osadía- propio de los desarrollos y las bicicletas de hoy y esos calcetines a media caña de la mayoría de corredores. El Tour ya no es lo que era, nos decíamos. Pero hete aquí que la edición más triste de la mayor carrera del mundo nos iba a deparar un final inolvidable.

El maillot amarillo esloveno Roglic cedía en la penúltima etapa, una cronoescalada, cuando parecía que lo tenía todo controlado, el maillot amarillo de líder a su compatriota Tadej Pogacar, merecido vencedor final del Tour de Francia 2020. 59 segundos les han separado. Inevitable es la semejanza con la edición de la carrera en 1990. Treinta años. El corredor estadounidense Greg LeMond se imponía en la última etapa, Versalles-París, también una contrarreloj, inventándose el manillar triadleta, cabeceando como él solo, al desaparecido ciclista galo Laurent Fignon.

La profecía -quien sale de amarillo de Alpe d'Huez llega de líder a los Campos Elíseos- no se cumplió aquel año. Y el Tour es capaz de crearlas y romperlas todas. Fignon, quien deslumbró al ganar dos Tours con 23 y 24 años, con una juventud casi tan insultante como la de Pogacar -que se ha llevado el Tour justo antes de cumplir 22 años-, perdió en el 90, con el rey Miguel ya pisándoles los talones, la última oportunidad que la vida ciclista le daba de coronarse en la mejor carrera del mundo.

Fueron apenas ocho segundos. Grandezas y crueldades de esta carrera, como la que vivieron este domingo Roglic y Pogacar. "El Tour ha sido siempre agónico", decía Induráin con toda la razón. Y así ha sido. Sólo el Tour de Francia podía regalarnos un final así. La carrera que se conchavó con el fraude Armstrong -no sé si más fraude que todos sus coetáneos en los 90, algún día muchos deberán hablar- en su etapa más negra está por encima de nombres y apellidos, como bien saben todos los grandes campeones. El mejor ciclista de la historia, Eddy Merckx, admitía este domingo haber vibrado con la impresionante victoria de Pogacar.

Lo mismo ha dicho el proscrito y soberbio Lance Armstrong. Otro estadounidense, el tricampeón de la carrera que hacía la goma en las grandes cuestas, Greg LeMond, reconocía también haber gritado de emoción en el salón de casa al ver cruzar a Pogacar la línea de meta de La Planche des Belles Filles, juez del Tour en el corazón de Alsacia. Y es que treinta años no son nada para esta carrera que ha alcanzado ciento siete ediciones. Es el Tour, que está por encima de ellos y de todos nosotros, y sigue más vivo que nunca, porque es uno de los alicientes del verano y de la vida. Larga vida al Tour. Vive le Tour pour toujours.

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