'El wendigo y otros relatos extraños y macabros' | Crítica El horror cósmico

  • Valdemar recupera a Algernon Blackwood, un maestro que abrió nuevos caminos en el terror y cuyos relatos provocan un exquisito desasosiego

El escritor británico Algernon Blackwood (1869-1951). El escritor británico Algernon Blackwood (1869-1951).

El escritor británico Algernon Blackwood (1869-1951).

Aunque menos publicitado que los de Poe o Lovecraft, el nombre de Algernon Blackwood merece por sí solo letras gruesas en la historia de la literatura de terror. Invito al curioso a que se asome al banco de fotografías de Google y busque su rostro: se verá con un anciano de porte afable, casi seminarista, con aladares de plata sobre las orejas y un brillo circular en el fondo de la mirada, allí donde residen las últimas sospechas y los primeros miedos. Su vida abarca las décadas de gloria del Imperio Británico, que le vio nacer, y también las de ese producto literario innegablemente anglosajón que él contribuyó a matizar y a hacer evolucionar hacia nuevas formas: el cuento de fantasmas. Hasta inicios del siglo XX, Blackwood ejerció oficios que en poco o nada rozaban la literatura: emigrado tempranamente a América, escaló montañas, gestionó granjas y buscó oro en los lodazales, antes de que una revelación espiritual sin parangón le clavara en el sitio después de leer los primeros versículos de los Upanishads. Esa entrevisión de un mundo alternativo, extraño, separado del nuestro sólo por una fina película de energía, es la que va a alimentar en abundancia sus historias.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

Estas comienzan en 1906, cuando Blackwood alcanzaba la nada tierna edad de 37 años, y van a extenderse hasta mediados de siglo en antologías como The empty house, The listener, John Silence o Wolves of God, entre otros, títulos que sin duda sonaran huecos incluso al iniciado, porque lo que le ha dado (justa) fama es la contundencia de ciertos relatos repetidos hasta el agotamiento en misceláneas y picadillos. Cito ahora a H. P. Lovecraft, quien en su obligado El horror en la literatura anota: "Las principales obras de Mr. Blackwood evocan como ninguna un sentimiento pavoroso y místico de inminencia de extrañas esferas o entidades espirituales". Es justo aludir al gran mandarín de Providence, porque Blackwood va a ser, junto con Arthur Machen, el principal precursor de esa variante del terror asociada a su obra y la de sus epígonos, conocida como Horror Cósmico: una que, apartando a un lado los apulgarados resortes de sus ancestros (la casa en ruinas, la sábana del espectro, el muerto redivivo, las miasmas del cementerio), va a volverse hacia aspectos más filosóficos o incluso religiosos. Ligado al descubrimiento de lo numinoso (en expresión de Rudolf Otto), al choque con fuerzas misteriosas que superan el orbe de la realidad cotidiana, el Horror Cósmico radica su potencia (así lo refrenda Rafael Llopis en su clásica Historia natural de los cuentos de miedo) en el espanto ante la disolución del yo, la desintegración del individuo en la marea negra del universo que lo circunda.

Algernon Blackwood cuenta con diversos y buenos ejemplares de este tipo de género entre sus trabajos, recogidos ahora en un tomo mastodóntico de la editorial Valdemar. Resulta difícil incrementar los elogios a la famosa colección Gótica donde esta casa ha venido presentando al lector español, desde hace treinta años, a los mayores clásicos del terror universal, siempre en ediciones de cuidadísima factura que causa un oscuro placer (y orgullo) ver alineadas en las estanterías. Si hace poco nos regalaba la narración breve de Lord Dunsany (Cuentos de un soñador), su celo nos aporta ahora esta recopilación definitiva de Blackwood, que se abre con el más paradigmático de sus textos, El Wendigo, de 1910, conocido ya de los asiduos (porque formó parte de aquel tomo fundacional que fue Los mitos de Cthulhu, en Alianza). Describe las peripecias de unos exploradores en el Canadá profundo, sobre cuyos bosques inmensos, apenas hollados por el hombre, gravita la presencia de una criatura incierta, a partes iguales divinidad y demonio, a la que los indígenas llaman el Wendigo. Naturalmente, esa fauna preternatural y otras afines nutrirían luego profusamente las mitologías del propio Lovecraft.

El interés argumental cede espacio a la intensidad de la vivencia de los personajes, a su deslizamiento hacia un mundo oculto

Pero hay muchos otros cuentos en el volumen que merecen una pausada degustación. Nos referimos sobre todo a dos, sin demérito del resto. En El hombre al que amaban los árboles (1912), el interés argumental (según suele ser común en el autor) cede espacio a la intensidad de la vivencia de los personajes o a su deslizamiento paulatino, siniestro por lo general, hacia el mundo oculto que les acecha: recuperado de una extraña enfermedad, ante el terror insoportable de su esposa, el protagonista es reclamado por las voces de los árboles de su jardín, que quieren arrastrarlo a un más allá de hojas secas, luz entrecortada y ecos, extraviar su alma en la selva inmensa que atraviesa el planeta. Y en Los sauces (1907), quizá el mejor de todos, lo terrible vuelve a adoptar fisonomía botánica: la de los troncos de la isla a que un accidente de piragua ha arrastrado a los dos personajes principales, emisarios de fuerzas que se detectan sólo a través de la frontera de los sentidos y cuya maldad se hace cada vez más manifiesta. El volumen de Valdemar es una promesa: horas enteras de exquisito desasosiego para todos los verdaderos amantes del género. Y para los que no.

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