Veinte años de la muerte de Torrente Ballester

Una idea de Europa

  • Cuando se cumplen dos décadas de la muerte de Torrente Ballester, es conveniente señalar, tanto su espléndida literatura imaginativa, inusual en el panorama europeo, como el ambicioso fondo intelectual que sustenta su obra

El escritor gallego, nacido en el Ferrol en 1910, Gonzalo Torrente Ballester El escritor gallego, nacido en el Ferrol en 1910, Gonzalo Torrente Ballester

El escritor gallego, nacido en el Ferrol en 1910, Gonzalo Torrente Ballester

Se cumplen ahora -la fecha exacta será el próximo día 27- dos décadas de la muerte de Gonzalo Torrente Ballester. Tiempo más que sobrado para aproximarnos a su obra sin la obligada urgencia del periodista y sin la parva panorámica del crítico. Pero también, y esto es más importante, para que la connotación política del autor no oculte y metamorfosee (en España se sigue valorando a los literatos por su adscripción ideológica, y a los ideólogos por su espumillón retórico) el valor literario de su creación.

¿Y cuál es la creación de Torrente Ballester, pasado más de un siglo desde su nacimiento? En el prólogo que el escritor añade en 1984 a Compostela y su ángel (libro publicado originalmente en 1948), se postulaba como inventor, junto con Álvaro Cunqueiro, de un género que, en la segunda mitad del XX será conocido como realismo mágico, pero que Alejo Carpentier, a primeros de los 60, definía con mayor fortuna como lo real maravilloso.

Tiempo después, y he aquí su queja entre amarga y resignada, a Torrente Ballester se le reputaría como epígono, como discípulo de quienes fueron sus estrictos continuadores. Lo cierto, sin embargo, es que tanto Cunqueiro como él formularon tempranamente, de modo originalísimo, una corriente de irracionalidad que participaba, a un tiempo, de dos vectores principales heredados del siglo anterior, vale decir, del siglo romántico: uno era la imaginación, pero la imaginación contrapesada por otra fuerza, científica y erudita, hija del positivismo.

En el caso de Carpentier, Uslar Pietri y Miguel Ángel Asturias, esta vinculación a la antropología decimonona, que esplende en Frazer, es confesada por ellos mismos cuando vivieron en el París de la entreguerra. Tanto es así, que cabe distinguir entre la fantasía europea de Cunqueiro y Torrente, más culturalista, de la que se hará poco después en la América española.

Álvaro Mutis podría ser la hilazón, el puente intercontinental, donde se dan la mano ambas modalidades de lo maravilloso. Una maravilla, por otra parte, que continúa los hallazgos de Meyrink y Perutz, por ejemplo. Pero que tributa, en mayor modo, a las fantasías modernistas de Valle-Inclán y a los cuentos espectrales del tardo-romanticismo. Y es ahí, en el linaje de Valle, donde es posible situar a Torrente Ballester. Pero no sólo por su temprana vocación dramática, que compartía también con Cunqueiro, sino porque todos ellos son herederos de una rica tradición popular (mencionemos aquí al estupendo y olvidado Fernández Flórez), donde el Ultramundo es un elemento más de lo cotidiano.

Torrente es heredero de una rica tradición popular donde el Ultramundo es un elemento más de lo cotidiano

Es cierto, por añadidura, que en Torrente Ballester esta tradición fantástica vino acompañada de otras exploraciones más realistas, pero de igual solvencia literaria. Su trilogía de Los gozos y las sombras (el amor a la trilogía, tan valleinclanesco), es un extraordinario empeño literario y una sutil fuente documental, donde se documenta el vaivén ideológico del siglo XX en sus primeras décadas.

Bien es cierto que llamar realista a esta obra no es sino un modo torpe de separarla de una producción más libre y espiritual, pero que responde, igualmente, a otras realidades del ser humano. A pesar de lo cual, las imaginaciones de Los gozos y las sombras y las imaginaciones de La saga/fuga de J.B. pertenecen a una hora muy concreta de Europa, cuya huella nos dirige, invariablemente, a Homero. Vale decir, a la tradición occidental, en el sentido más solemne, pero también en el más utilitario y lúdico, del término.

Torrente, a quien se le reprochó su temprana camisa falangista, no se le ha querido comprender en su verdadero linaje; en el linaje un gallegismo, entre conservador y progresivo, y en cualquier caso, benefactor e inocuo. No se quiso comprender tampoco que, para el pensamiento regionalista, el comunismo de los años 20/30, y el sovietismo de la Guerra Civil, supusiera un espanto insuperable y un desorden mayúsculo. Esa es la razón última, al margen de los terribles azares de la guerra, de que una parte, en absoluto desdeñable, de la juventud vanguardista, acabara engrosando las filas del anticomunismo, como otras acabarían haciendo lo contrario por las razones adversas.

No obstante lo cual, y dejando al margen el marchamo ideológico, siempre ocioso en el arte, fue este amor a la pequeña patria, a la Galicia de Valle, de Rosalía, de Pondal, de Camba, de Cela, el que explica tanto su particular sentido del humor, como su fuerte sensualismo, trufado de vislumbres del Más Allá, que alcanzaría un maravilloso tono irónico, de espléndida ligereza, en la Crónica del rey pasmado. Ahí es la historia mayor de España, y una idea de Europa, la que se cruzan con una idea del hombre en el que lo terreno y lo espiritual (Torrente se tuvo por un escritor muy intelectualizado, como Cunqueiro se reputaba de narrador sugestivo e imbatible), se anudan con naturalidad sobre los caminos del mundo.

Un mundo, claro está, que en Torrente bien pudiera llamarse Finisterre. Y unos caminos que se vierten, un siglo y otro siglo ("campana, campaniña do Pico Sacro..."), sobre el viejo y humanísimo Camino de Santiago.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios