Fracasología | Crítica Los placeres de la imprenta

  • Premio Espasa 2019, 'Fracasología' vincula el cambio dinástico, recién comenzado el XVIII español, con el declive imperial y la imagen adversa que adquirirá el imperio Habsburgo en los siguientes siglos

Imagen de la ensayista María Elvira Roca Barea Imagen de la ensayista María Elvira Roca Barea

Imagen de la ensayista María Elvira Roca Barea

Según Guichot, es Felipe II quien llama "El Justiciero" a Pedro I "El Cruel", tras comprobar la interesada y compacta oscuridad que se había cernido sobre la figura de aquel rey, asesinado por su hermano con la ayuda del cínico Du Guesclin. Mucho más tarde, será la propia efigie de Felipe II, príncipe renacentista, quien padezca un destino aún más desairado, puesto que su primacía sobre el orbe vendría combatida por un arma de la modernidad, entonces inexistente. Felipe II, como antes su padre el césar Carlos, y como la cabeza misma de la cristiandad, se convertirán en heraldos del Anti-Cristo gracias al formidable y vertiginoso hechizo de las imprentas. Unas imprentas que difundirían, bien en opúsculos y panfletos, bien a través de la inmediatez plástica de los grabados, una imagen propagandística del Imperio español, que llega hasta nuestros días y que triunfará, no sólo en los países que disputaban su primacía a la corona Habsburgo, sino dentro de suelo español, donde, en palabras de Cánovas del Castillo, ya muy avanzado el XIX, "son españoles quienes no pueden ser otra cosa".

Cómo llega a triunfar esta formidable acción propagandística, en la que tomará parte principal la belicosa astucia de Lutero, es lo que se explica en esta Fracasología de la profesora Roca Barea, que ha merecido el premio Espasa 2019. Una fracasología que Roca Barea vincula a la caída de la casa Habsburgo, esto es, a la llegada de la casa Borbón, adversario tradicional y preemiente del Imperio. A partir de ahí, con la corona española vinculada a Francia ("no olvides nunca que eres francés", le escribe Luis XIV a su nieto Felipe de Anjou, futuro Felipe V de España) se pronunciará tanto el declive del imperio español como la imagen abrupta y falaz que se tiene sobre la España de los Habsburgo, cuya importancia en el nacimiento de la Modernidad sólo puede calificarse de determinante.

Buena parte de esta guerra de propaganda se debió, como ya se ha dicho, a la inteligencia estratégica de Lutero, quien en su lucha contra Roma, representada por el Papa (y, de manera vicaria, por el emperador), utilizará el talento de Cranach y Holbein para ridiculizar el catolicismo. También la Brevísima relación... del padre Las Casas serviría para deplorar la conquista española, como se puede comprobar en Montaigne, quien leyó a Gómara, pero no a Díaz del Castillo, que acusa a ambos, a Gómara y Las Casas, de mentir. Sea como fuere, según Roca Barea, la llegada de la nueva dinastía ocultará la historia de España vinculada a la casa Habsburgo, dejando que sean sus adversarios quienes escriban la crónica del imperio español, transformado en una cima de crueldad y fanatismo religioso.

Buena parte de esta guerra de propaganda se debió, como ya se ha dicho, a la inteligencia estratégica de Lutero

Esta falta de historiografía propia, sin embargo, podría explicarse por otros motivos, al margen de los sucesorios. Según nos recuerda Momigliano, no es hasta el XIX cuando la historia anticuaria y la historia contemporánea dejan de ir por separado, atendiendo además a los siglos intermedios. Lo cual justificaría que la historia del periodo Habsburgo sólo se utilizara, por parte de sus adversarios, para conjurar el extraordinario relieve de la monarquía Habsburgo, presentándola como un precedente funesto de la modernidad, culminada o corregida -reformada, literalmente- por la Protesta. En este sentido, se hace necesario recordar que la Protesta fue un movimiento retrógrado, adanista, contrario al humanismo "pagano", tal como nos recuerda Huizinga, pero cuya versión modernizadora -la Protesta como precedente, y no como enemigo del humanismo- vemos repetida todavía en Peter Burke. Todo lo cual se verá duplicado en el XVIII, cuando la cultura protestante, de Winckelmann a Hölderlin, de Weimar a Edimburgo, de Heine a Madame de Stäel, se presente a sí misma como heredera legítima de la Antigüedad, pero ya sin la indolencia y la degradación propias del mundo latino. Esto es, sin el influjo del catolicismo y sin la huella del esplendor Habsbúrgico.

Fracasología es, pues, la historia de este fenomenal triunfo progapandístico, y las consecuencias que ha tenido sobre las élites españolas. Unas élites que, según Roca Barea, se han educado con esta versión adversa de su propia historia, y cuyo desprecio de lo español es, en buena medida, heredado. Heredado, señalémoslo aquí, de unos adversarios para quienes el protagonismo español en el nacimiento del mundo moderno era, lógicamente, un gran motivo de preocupación, y, sin duda (este libro no hace más que recordárnoslo), una formidable evidencia.

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