andrés neuman. escritor

"La literatura ofrece la duda y la reflexión en un tiempo de posturas instantáneas"

  • El autor regresa con 'Fractura', una ambiciosa novela que a través de la historia de un superviviente de la bomba atómica reflexiona sobre "el dilema de mirar atrás o seguir adelante"

Andrés Neuman, fotografiado en su visita a Sevilla, donde presentó su libro con el Centro Andaluz de las Letras. Andrés Neuman, fotografiado en su visita a Sevilla, donde presentó su libro con el Centro Andaluz de las Letras.

Andrés Neuman, fotografiado en su visita a Sevilla, donde presentó su libro con el Centro Andaluz de las Letras. / juan carlos muñoz

Con la misma ambición y el mismo talento con que escribió El viajero del siglo, la novela con la que conquistó el Premio Nacional de la Crítica, Andrés Neuman relata ahora en Fractura (Alfaguara) la historia del señor Watanabe, un superviviente de la bomba atómica al que, ya en la madurez, el terremoto que provocaría el accidente de Fukushima le remueve "las placas de la memoria". En esta entrevista, el autor desentraña las claves de una obra que se mueve entre lo íntimo y lo colectivo, el lirismo y la recreación histórica, la emoción y la reflexión.

-El personaje no quiere reducir su identidad a la tragedia que vivió, no quiere quedarse en el papel de víctima.

-Por un lado, a mí me interesaba bosquejar un retrato emocional de la víctima, pero, por otro lado, creía que ese trabajo debía incluir las contradicciones, los sentimientos complejos que las propias víctimas tienen a la hora de definirse como tales, no caer en el paternalismo involuntario de ponerle la mano en el hombro. A mí me impresionó mucho leer Cuadernos de Hiroshima, de Kenzaburo Oé, y revivir con el autor su asombro cuando llegó allí y se encontró con que a muchos supervivientes les incomodaba hablar del tema, pensaban que catalogarlos como víctimas los estigmatizaba, reducía sus identidades a eso. Esa gente señalaba la diferencia entre haber sufrido algo y ser algo. Procuré llevar eso a Fractura y que la relación de los personajes con su pasado, tanto el amoroso como el más histórico, fuese compleja y en ocasiones contradictoria.

-Eligió una estructura que facilita esa riqueza: el retrato del señor Watanabe se va componiendo por el recuerdo de las cuatro mujeres que lo amaron.

-En realidad yo quería ese placer que sólo permite la novela: sentir pasar el tiempo, acompañar a un protagonista durante toda su vida, desde la infancia hasta la senectud. Eso me permitía un seguimiento de las distintas maneras que tenemos de enamorarnos a las diferentes edades, desde el primer amor platónico, que en la obra ocurre en París, por supuesto, pasando por la primera convivencia adulta, la época de Nueva York; que seguía en ese momento tan rico de cuando te empiezas a enamorar de una persona y de sus vidas anteriores, de sus cicatrices, el capítulo de Buenos Aires, hasta esa edad que es posiblemente la más bonita por lo que llevo observando en otros, la del amor otoñal, que le sucede al personaje en Madrid. Cómo vamos cambiando de identidad según dónde, con quién y a qué edad estemos. Eso se aplica también a nuestras relaciones con la memoria colectiva. Los países también tienen sus fases de recuerdo y sus fases de olvido, etapas de expansión y de contracción y ocultamiento de su pasado. Ningún país es lineal, igual que las personas. Todo es como un choque de fuerzas en el que se enfrentan la inevitabilidad del recuerdo y la fantasía del olvido, la conciencia de la cicatriz y la tentación de borrarla.

-El entorno forzaba a los supervivientes de las bombas a olvidar: el poder obligó a destruir las imágenes y prohibió difundir testimonios de aquello...

-E incluso se secuestraron las tipografías de las imprentas que nombraban las bombas y sus daminificados, el tema se volvió técnicamente indecible. Cuando se levanta la prohibición, que duró más o menos una década, había ya una población entrenada en callar, en la imposibilidad de decir. En el libro hay un periodista tartamudo, Pinedo, que viene a decirnos tal vez que la literatura, la escritura, no es sino un intento de balbucear como podemos aquello que en otros momentos habíamos callado.

-Watanabe cree que los gobiernos no renunciarán a la energía nuclear hasta que las instalaciones envejezcan tanto que la remodelación resulte más cara que el cierre. ¿Usted lo suscribe?

-Yo sospecho que es así, y cuando ya sea más caro renovarlas que cerrarlas soltarán un discurso ecologista. Pero la medida se decidirá como siempre por puro dinero. A mí, en todo caso, me fascinaba la energía como metáfora de otras fuerzas iguales de invisibles y apátridas. Fractura habla también de la economía y el amor, de las interrelaciones entre estas cuestiones. Al fin y al cabo, el amor es una energía que también debe ser bien gestionada [ríe].

-Un detalle interesante de la peripecia de Watanabe es que reside durante un tiempo en Estados Unidos, el país que lanzó la bomba. Viajar allí es un modo de enfrentarse a sus demonios.

-Cuando uno hace una investigación histórica o ideológica para llevarla al terreno de la narrativa, tiene la posibilidad de hacer algo a lo que la política de hoy en día rara vez dedica tiempo: ponerse, como ejercicio narrativo pero también ético, en la postura opuesta. Yo sentía que si había un personaje japonés al que le habían tirado la bomba lo interesante era ver qué opinaban los que arrojaron esa bomba. Una novela se cae si no le das solidez al enemigo, al que piensa lo contrario que tú. Los viajes y las ficciones son las pocas herramientas humanistas que nos quedan para entender al otro, convertir lo lejano en cercano y confundir la voz ajena con la propia. Vivimos en un tiempo en el que parece que estamos obligados a tener certezas y a lanzarlas, en el que se te pide posicionarte inmediatamente, y a ser posible de manera violenta. Y el arte brinda la posibilidad de la reflexión y la duda en el tiempo de las posturas instantáneas. Cuando los libros se valoran sólo por lo que venden es un error. Si nos vamos a los números, se podría pensar que las Spice Girls han sido más relevantes para la humanidad que Marie Curie. La contribución de las letras y de la cultura no se puede medir sólo en términos económicos.

-La técnica del kintsugi, que repara un objeto con polvo de oro, simboliza ese debate presente en el libro sobre qué hacer con las heridas, con las grietas.

-En ese acto aparentemente tan humilde hay una filosofía muy valiosa: un objeto vuelve al presente y recupera su utilidad futura precisamente porque ha mirado atrás con honestidad. ¿No podríamos hacer lo mismo las personas? La novela es un recorrido por gente y lugares que han sufrido una ruptura y se ven en el dilema de mirar atrás o seguir hacia adelante.

-Carmen, la pareja española de Watanabe, cree que frente al pasado hay que cerrar página y no avivar viejos rencores, un pensamiento extendido en este país.

-Me interesaba dibujar personajes representativos de las clases medias de cada país, trabajando el arquetipo y evitando el estereotipo. A Carmen no le gusta dar más vueltas de lo necesario a las cosas, pero a mí no me interesaba pronunciarme o juzgar eso. Es fisioterapeuta, y con ella la novela pasa de la Argentina neurótica con una traductora, Mariela, que sospecha de cada palabra a una mujer que tiene la profundidad, como diría Wilde, de trabajar con la superficie. Y no por ello deja de tener matices. Es alguien que se educa en un colegio de monjas donde el cuerpo representa el pecado, y acaba en un oficio que no puede ser más corporal...

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