Lances entre caballeros | Crítica El mundo de ayer

  • Se recupera 'Lances entre caballeros', del Marqués de Cabriñana, un delicioso, anacrónico y curiosísimo tratado sobre la costumbre de batirse en duelo

La portada de 'Lances entre caballeros' retoma una ilustración de Ilya Repin para el 'Oneguin' de Pushkin.

La portada de 'Lances entre caballeros' retoma una ilustración de Ilya Repin para el 'Oneguin' de Pushkin.

En el año 1900 (el de los descubrimientos de Planck y La interpretación de los sueños), todavía había gente que se batía en duelo. Viejos caballeros, últimos tripulantes de un barco que se deshacía por los mamparos y que habría de ahogar definitivamente la guerra de pocos lustros más tarde: señores cetrinos y engallados, que armados, además de los correspondientes bigotes, de floretes y pistolas, restañaban en descampados la rebaja del honor. De 1900 es, también, este curiosísimo documento, que se quiere enciclopedia y prontuario: historia del lance singular desde los remotos tiempos de Homero y la Biblia, y a la vez codificación de sus reglas principales, en un ejercicio de Derecho alternativo que debía escamotearse, no lo olvidemos, al poder de la autoridad establecida.

En el muy erudito y sustancioso prólogo que antecede al texto, los editores ofrecen un escaparate de la ubicuidad del duelo en la sociedad española de principios de siglo (al que se acogían nobles y villanos por igual, periodistas y políticos, de derechas y de izquierdas, y que enfrentó al tiro y la estocada, entre otros, a Eduardo Dato y Ramón del Valle-Inclán) y se interrogan, entre otras sutilezas jurídicas, por su probable raigambre ibérica. Pues, en efecto, a pesar de que la moda provenía en última instancia de la Francia romántica (el manual universalmente aceptado era el de Chatauvillard, traducido casi desde su aparición al inglés, al alemán, al italiano), el combate singular se vinculó desde siempre con la defensa del honor, un concepto (baste con nombrar al alcalde de Zalamea) indisociablemente unido a nuestro país y la imagen que entonces proyectaba al mundo. Batirse era un artículo no menos español que la mantilla y el ajo.

Delicioso en su anacronismo, elegante y lejano, Lances entre caballeros nos pone frente a un mundo que ya no es el nuestro; donde la importancia verdadera no residía en la marca del coche o la cuenta de Instagram, sino en un trozo de aire digno de defenderse a costa de acero y pólvora: el nombre, el eco de un nombre.

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