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El río baja sucio | Crítica La juventud perdida

  • David Trueba regresa a la novela con una (nueva) historia de iniciación a la vida adulta, es decir, una historia sobre el amor, el despecho, la amistad traicionada o la muerte en el ámbito de la adolescencia

El escritor, director y guionista David Trueba (Madrid, 1969). El escritor, director y guionista David Trueba (Madrid, 1969).

El escritor, director y guionista David Trueba (Madrid, 1969). / Luca Piergiovanni (Efe)

Tanto en su faceta de cineasta como en la de escritor, David Trueba (Madrid, 1969) ha tendido a pulsar los tonos menores de la escala. Es decir: son las suyas historias domésticas, de distancias cortas, siempre centradas en el ámbito familiar o en el reducido círculo de amigos que amplía la familia y la desmiente. Sus protagonistas refrendan esa elección estética: hermanos chicos, compadres de toda la vida, abuelos de sangre o de vecindad que van ayudando a las generaciones más recientes a capear las principales incomodidades de la vida y a facilitarles ese amargo proceso, el de la maduración, que termina por convertir a toda persona en lo que es. Por todo esto, resulta patente que los relatos de Trueba (pertenezcan al formato al que pertenezcan) podrían encuadrarse fácilmente dentro de lo que se conoce como novela de formación, o, abusando del tono pedante, Bildungsroman: la conversión del héroe de retoño en tronco hecho y derecho, de oración subordinada en principal, con todas sus letras.

Esto explica, también, que a menudo se haya incurrido en el malentendido de incluir su producción literaria del lado del género juvenil, donde abundan las bicicletas y los pantalones cortos. Algo similar sucedía con su opera prima, la deliciosa Abierto toda la noche (1995), saga familiar descacharrante, también con pinceladas patéticas, que seguía la estela de un personaje adolescente a través de los vínculos variables con sus padres, hermanos y cualquier persona que pasara por allí, y vuelve a suceder con este El río baja sucio, que algunos críticos y algunos publicistas han colocado en la balda susodicha como con ganas de motejarla o achacarle un defecto. Sin entrar a debatir qué significa ser literatura juvenil (¿lo son, en serio, La isla del tesoro, Tom Sawyer o Kim, por poner ejemplos atronadores?), o si serlo implica algún demérito para la obra en cuestión (¿no es en el intento de seducir al lector virgen, de capturar y encadenar a la página a quien no muestra ninguna predisposición hacia ella y puede abandonarla en cualquier momento, donde se pone a prueba el verdadero talento de un escritor?), me parece bastante dudoso que lo que Trueba hace sean novelas juveniles, o, al menos, que El río baja sucio lo sea. Sí, están el narrador de 14 años, y su amigo del alma, están las vacaciones y los primeros cigarrillos: pero el tratamiento que todo ese material recibe en la narración apunta a edades más agrias.

Portada de la novela. Portada de la novela.

Portada de la novela. / D. S.

Porque el terreno auténtico de la fábula, más que la adolescencia y el descubrimiento de la vida, es la nostalgia por la adolescencia. A pesar de ciertos detalles particulares de la trama (algunos, creo, colocados con un calzador), es obvio que Trueba nos habla de su propia juventud, y no de la de los niños de ahora: los móviles apenas aparecen (el protagonista está oportunamente castigado sin él), no hay televisión ni consolas, las distracciones principales tienen lugar en carreteras secundarias, senderos de bosque, incluso cabañas en los árboles, y todo transcurre en un ambiente entre idílico y campestre que reconocerán bien los espectadores de Verano azul. Lo que obtenemos, según yo lo veo, es un recuento de peripecias de pubertad, amarilleadas por la jalea del recuerdo, donde se asiste aceleradamente a esas primeras iniciaciones en los rituales que nos convierten en individuos: el amor, el despecho, la amistad, la amistad traicionada, la confianza, la desconfianza, la muerte. La idea implícita, ya presente en la voz distanciada del narrador (con intervenciones ocasionales de una segunda persona de especial eficacia), es la de que, desde aquel tiempo brillante, todo no ha hecho más que degenerar sin remedio; más: de que, por mucho que luchemos por restañar el paso del tiempo y el desmoronamiento de las cosas, éstas insistirán en hacerse más sucias, banales, torpes. La metáfora del río contaminado me parece clara al respecto.

El argumento corre así: Tomás, el protagonista, visita durante las vacaciones de Semana Santa una colonia de viviendas turísticas llamada La Chopera, en la sierra del norte de Madrid. Lo hace en compañía de su madre, recientemente divorciada, que busca liquidar la casa que posee allí para saldar sus deudas; el sitio era hermoso en el pasado, pero ahora, con la explotación de una cantera cercana y el emponzoñamiento del río que atraviesa la propiedad, resulta sucio e inhóspito. Tomás y su amigo íntimo, Martín, entablan relación con Ros, un exconvicto que ocupa un chalé cercano, y, a pesar de las advertencias de sus madres, insisten en visitarle y, más, intimar con su hija Danae. Trueba, según he comentado al principio, despliega sus mejores habilidades al dotar de consistencia a estos personajes mediante la acumulación de detalles veniales, rasgos de carácter, anécdotas, que nos los vuelven familiares e inmediatos: convirtiendo así su relato en una elegía por la juventud perdida de una generación, la suya y la nuestra, en que los chavales preferían correr aventuras a reproducirlas sobre una pantalla.

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