La herencia del cine | Crítica Paulino Viota: la memoria del gesto

  • Un libro que se nos antoja ya fundamental, recopila algunos de los mejores textos de Paulino Viota sobre cine, que es casi lo mismo que decir algunos de los mejores textos cinematográficos sin más.

El azar ha querido que en una misma semana hayamos podido asistir online a una clase magistral del portugués Pedro Costa desde el Festival de Rotterdam y a la mesa redonda de presentación del libro La herencia del cine, de Paulino Viota, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, con la presencia del autor, el editor Rubén García López, el programador Manuel Asín, el crítico y musicógrafo José Luis Téllez y nada menos que el gran Víctor Erice.

Cien minutos en cada caso que se nos revelaban ya sobre la marcha como auténticas islas de resistencia y reflexión cinematográfica con un gran elemento en común: la reivindicación del cine clásico, también del cine mudo, y la necesidad de la transmisión de sus formas como único gesto posible de verdadera cinefilia en tiempos de multiplicación, dispersión y perentoria necesidad de estar a la moda, como último bastión del pensamiento fílmico que aún puede servir para recordarnos qué fue, qué es y qué podría seguir siendo el cine en esta época de caótica y saturada confusión audiovisual.

Si la charla de Costa se nos antoja todo un gesto punk de impugnación no sólo contra el olvido del cine sino también contra el actual estatu quo de la producción, la distribución y los festivales en lo que respecta al cine de autor, la prolija mesa redonda de Viota, Erice, Téllez y compañía versaba sobre un objeto mucho más concreto y tangible, la labor de la crítica, de la verdadera crítica analítica, sistemática, rigurosa, obsesiva incluso, como discurso sin el cual probablemente tampoco existiría ya eso que llamamos cine, ese cine del pasado al que volver una y otra vez para plantearle nuevas preguntas, desde nuevos ángulos y perspectivas, bajo una mirada cargada de experiencia, fascinada y atenta.

Y eso es precisamente lo que lleva haciendo Paulino Viota (Santander, 1948), otro de nuestros más grandes y queridos cineastas malditos, desde hace más treinta años, cuando cambió literalmente para sobrevivir la práctica truncada del cine (y ahí están Contactos, Con uñas y dientes y Cuerpo a cuerpo, sus tres únicos largos, como piezas capitales de la cinematografía moderna española) por el análisis, la crítica y la docencia entendidas, casi a la manera dreyeriana, como verdaderos ejercicios de resucitación del objeto fílmico en busca de respuestas sobre su forma, su estructura y su estilo revelados a la luz de un trabajo de observación minucioso y escalpelo preciso casi hasta lo enfermizo.

La herencia del cine, con su reveladora (la transmisión, la herencia) foto de John Wayne y su hijo extraída del rodaje de Río Grande en la portada, es la cuidada selección y recopilación de algunos de los mejores textos de Viota, dispersos en distintos libros y revistas a lo largo de los años, salidos en algunos casos de sus apuntes, clases (verdaderamente magistrales) y cursos, y recopilados ahora gracias a Ediciones Asimétricas y a la labor de Rubén García, autor además de la única tesis doctoral sobre Viota y coordinador del libro Paulino Viota. El orden del laberinto (Shangrila). Doce textos ejemplares, uno de ellos, el extenso El vértigo de la rectificación, inédito y recién salido del horno, por los que desfilan algunas de las grandes pasiones de su autor como Ford, Hitchcock, Dreyer, Eisenstein, Tati, Godard, Chaplin, Hawks u Oliveira, pero por los que discurre, de la manera siempre lúcida y elocuente, una particular mirada analítica, capaz incluso de corregirse a sí misma, en la que Viota, armado de esquemas, diagramas y cronómetro, despliega ese gusto por paladear y masticar cada escena, cada secuencia, cada plano y cada gesto en busca del sentido, de la esencia que conecte, relacione o contradiga ese fragmento con la obra del director o la de otros cineastas.

Armado de esquemas, diagramas y cronómetro, Viota despliega ese gusto por paladear y masticar cada escena, cada secuencia, cada plano y cada gesto en busca del sentido

Por más veces que uno haya visto Vertigo, Centauros del desierto, Río Grande, Una mujer de París o Hatari!, volver a ellas a través de la mirada de Viota es redescubrirlas de nuevo, adentrarse en rincones y claves hasta ahora imperceptibles, acompañarlas en su devenir desde esa escritura precisa, clara y sencilla que, paso a paso, va despejando y desentrañando sus figuras y procedimientos para luego recomponerlos como un cirujano que deja el cuerpo suturado, saneado, vivo y coleando para una nueva revisión.

Resultan especialmente reveladores y programáticos los dos primeros textos de esta antología, El vampiro y el criptólogo (1986) e Intacta el ansia, la esperanza extinta (Reflexiones de un cineasta) (1989). En el primero, Viota establece una particular y metafórica taxonomía de los críticos y los cineastas en pares que, a la postre, inciden en esa idea matriz de que “una crítica será tanto más interesante cuantas más relaciones establezca” y o en esa otra, compartida con Erice, de que cuando una crítica es productora de sentido es también creadora.

En el segundo, ciertamente emotivo aunque no exento de humor, Viota relata en primera persona su particular expulsión del paraíso, cómo las circunstancias del cine español y sus políticas de los primeros ochenta dieron con directores como él en un callejón sin salida de la profesión que, sin embargo, no les ha privado, aunque sea por caminos vicarios, de seguir siendo cineastas, “cineastas que no han hecho filmes”. En uno de esos párrafos que no se olvidan, escribe Viota: “Quizá habría que intentar una historia completa del cine español, en la que la mayoría de las páginas estarían dedicadas a los cineastas que no han sido y a las películas que no se han llegado a hacer […] a las películas que no se han llegado ni siquiera a pensar […] habríamos necesitado muchos filmes que no hemos tenido”.