Cólera. Viaje de exploración por los arrabales de Madrid (1885) | Crítica Madrid en los tiempos del cólera

  • La Felguera recupera las crónicas que el periodista Julio Vargas publicó en 'El Liberal' durante el verano de 1885, en las que viajaba por los arrabales de la capital, castigados por "la enfermedad azul"

Lavanderas en el Manzanares.

Lavanderas en el Manzanares.

Existe un Madrid galdosiano y otro barojiano, igual que existe el Madrid canalla de Joaquín Sabina, incluso el Madrid intimista que recrea Andrés Trapiello en su último libro. Deberíamos incluir ahora, mientras dura la matraca de las elecciones, el Madrid de la libertad, que es lo que pregona Isabel Díaz Ayuso como way of life (igual que existen los callos a la madrileña, ahora sabemos que existe también una identidad a la madrileña). Hay, en definitiva, muchas postales y mucho rubro dedicado a la capital de España.

No obstante, desconocíamos el Madrid de los infectos arrabales del que nos habla el plumilla Julio Vargas (Orotova, Tenerife, 1839-Madrid, 1899). Vargas es el autor de Cólera. Viaje de exploración por los arrabales de Madrid (1885), que ahora se agavilla en un libro pero que, en origen, apareció publicado por crónicas en El Liberal durante el verano de 1885. Por entonces, el Madrid de la Restauración con Alfonso XII sufría un nuevo brote de cólera, algo habitual desde 1834.

Este otro Madrid, que aparece retratado en sus andurriales, pozas negras y tejares o chabolas, poco tendrá que ver con el Madrid industrioso que irá recreciendo vastamente a inicios del XX. Pero resulta impactante conocer cómo a fines del XIX la Villa y Corte estaba cercada por la inmundicia y, sobre todo, por la pobreza en la que vivían los desposeídos y menestrales en aquellos guetos pestilentes. El lector pronto hará comparaciones entre las faenas de desinfección llevadas a cabo antaño para combatir el cólera con las que hemos visto respecto al coronavirus.

El Barrio de Prosperidad hacia 1900. El Barrio de Prosperidad hacia 1900.

El Barrio de Prosperidad hacia 1900.

Julio Vargas refleja el inquieto espíritu del repórter ("andar y contar es mi oficio", dirá años después Manuel Chaves Nogales). Recorrerá a pie todos los barrios invadidos por el cólera, de ahí que sus crónicas en El Liberal sean auténticos "viajes de exploración" a los andurriales más degradados de Madrid. En Las Peñuelas da cuenta del cuartel capitalino que más casos de invasiones de cólera presenta. Aquí se hallan el Parador de Santa Casilda y La Casa del Tío Tilo (Baroja los recreará en La busca y en Mala hierba y Galdós en Misericordia). El llamado Barrio de las Injurias, tal y como aparece descrito, abreva sobre un espacio lagunero, cuyos olores hediondos no son aptos para narices aburguesadas.

Cerca de Cuatro Caminos, Vargas llega a pie hasta la Calle de San Germán, otro nido de madrigueras humanas. Era frecuente ver pasar por aquella trocha a los carruajes negros y a los cocheros con uniforme municipal de La Funeraria. Por su parte, el Barrio del Sur fue tomando forma a partir de los obreros que llegaban a esta zona para trabajar en la Estación de Mediodía (con el tiempo se alzará aquí el nudo ferroviario de Atocha). Vargas recorre las infames viviendas y anota que el barrio se alza sobre un despeñadero de aguas residuales. La deficiencia del alcantarillado en Madrid es una constante, lo que permitía la expansión del "gran miasma", la "enfermedad azul", el "mal del Ganges", todos ellos sobrenombres dados al cólera.

Caricatura de Julio Vargas. Caricatura de Julio Vargas.

Caricatura de Julio Vargas.

Pasado el Puente de Toledo, por La Ronda de Segovia, se descubrían nuevos paisajes calamitosos. La fetidez era debida a los basurales allí plantados y a las casonas de ganado vacuno que después era llevado a las naves del Matadero. Se pregunta Vargas si la zona de La Guindalera, casi lindera con el pudiente barrio de Salamanca, pertenecía mentalmente a Madrid. En la calle Díaz se topó con un mechinal en donde se hacinaban "nueve seres humanos en menos espacio, quizás, que el que concede la tierra a nueve ataúdes". Respecto al hoy populoso barrio de Prosperidad, la falta de higiene seguía siendo la nota natural allí también. Su nivel de urbanización le hace decir al periodista que está a la altura de Tombuctú o de "cualquier aduar levantado en los límites del Sáhara".

De orígenes regios con Fernando VII, Vista-Alegre, allá por Carabanchel, pasará después al Marqués de Salamanca como custodio y, más tarde, se reconvertirá en asilo para desvalidos. La invasión colérica también alcanzó a Vista-Alegre. Por último, junto a aquel "aprendiz de río" que era el Manzanares (así lo llamó Quevedo), no podía faltar el viaje a pie a los célebres y pintorescos Lavaderos apostados en la ribera. Las fotos antiguas muestran a las afanosas lavanderas del Manzanares, en cuyos ribazos se levantaban innúmeros tendederos para la colada. Pero la estampa costumbrista no se libraba tampoco de la hediondez. Vargas describe cómo "el Manzanares tiene una compañera que le sigue en todo su curso hasta que se aleja de la capital: la alcantarilla de aguas fecales".

Este libro, en fin, nos descubre el Madrid infecto y colérico que hasta no hace mucho ponía cerco a la almendra de la Villa y Corte. El paso del tiempo discurre en el otrora poblachón manchego entre efluvios de cólera y coronavirus.

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