El sistema del tacto/Crítica

La batalla del ser

  • Esta novela de Costamagna implica una doble introspección y un doble fracaso: la instrospección -y el fracaso- de la memoria y el fracaso introspectivo de la identidad nacional

La escritora chilena Alejandra Costamagna La escritora chilena Alejandra Costamagna

La escritora chilena Alejandra Costamagna

El sistema del tacto, libro finalista en el Herralde de Novela, está compuesto con una sencillez, digamos, engañosa: se trata de una serie de fragmentos que hilan y amalgaman el pasado y el presente de sus protagonistas. Unos protagonistas, por otra parte, vinculados familiarmente, y sobre cuyas biografías -unas biografías silueteadas, dispersas, en vislumbre- se va trenzando una historia de emigración, de soledad, de hostilidades locales; una historia de desdicha. A este carácter fantasmagórico de sus protagonistas, que emergen por fragmentos ante la imaginación del lector, se añaden unas fotografías que acrecientan o subrayan tal espejismo. Sin embargo, no es esta cualidad desdichada de la novela de Costamagna -y tampoco su diestra, su eficaz escritura-, la que desplazan estas páginas hacia la extrañeza.

'El sistema del tacto' es un resumen del modo en que la modernidad quiso construir al individuo, del siglo XV en adelante.

En cierta forma, El sistema del tacto, aquel procedimiento mediante el cual aprendimos a escribir a máquina en otra hora del mundo, es un resumen del modo en que la modernidad quiso construir al individuo, del siglo XV en adelante. Y es esta fragilidad de lo humano, su condición menesterosa e inasible (la naturaleza del hombre, decía Ortega, consiste en que no tiene naturaleza), y es esta radical desvinculación del hombre consigo mismo, repito, lo que hallamos aplicada aquí a las dos vías principales con que se ha querido encauzar dicha incertidumbre: la nacionalidad y la memoria. La memoria como un archipiélago de recuerdos que, a la vuelta, nos ofrecen la vaga coherencia de un mapa. Y la nacionalidad como una urgente colección de pintoresquismos que acuñan, durante un tiempo, nuestro perfil político, vale decir, nuestra identidad externa. A esto se refería Renán, el gran historiador romántico, cuando decía que la nación era, en gran medida, una invención, en la que él tuvo parte principal, como sabemos. En El sistema del tacto, sin embargo, asistimos al fracaso de ambas estrategias. Si la protagonista viaja desde Chile a la Argentina para visitar los parajes de su infancia, también viaja para recordar su condición de extranjera, incluso de “traidora”, cuando ambas naciones se enfrentaron por una cuestión de lindes.

Por otra parte, la memoria viene definida por cierta imposibilidad constitutiva. Y es su constante reelaboración la que nos impide saber, en puridad, quiénes hemos sido. La obra de Proust se basa en esta doble evidencia: la aparición involuntaria del recuerdo y el falseamiento del ayer que ello implica. De modo que la protagonista El sistema del tacto no puede engañarse a este respecto. Y tampoco en lo que concierne a su nacionalidad. La señorita Coletti, que ha ido a la Argentina para enterrar a su tío, ha sido desde su infancia una argentina en Chile y una chilena en Argentina. Pero también, y sobrepuesta a ambas identidades, la señorita Coletti es una hija de la Italia de los cuarenta. De allí procede su familia, y es allí donde señala, oscuramente, la memoria sentimental de los suyos. Con lo cual, he aquí la razón de que antes hayamos hablado de fracaso. Si la memoria es siempre un utillaje menesteroso, poco propicio a las seguridades, la identidad vicaria de la nacionalidad tampoco resulta, en este caso, de mucha ayuda.

Digamos que esta batalla del ser, aquí escenificada, remite a otro problema, viejo como el odio, pero que el siglo romántico, y su exfoliación nacionalista, explotaron con notable éxito. En última instancia, esta doble búsqueda infructuosa de la protagonista no es sino hija de un adanismo. Un adanismo que pretende hallar, mediante la introspección, un yo originario; o bien ese yo colectivo, de apariencia rocosa, bajo el que se han acogido las naciones desde el siglo XVIII. En ausencia de ambos se construye el yo convaleciente del hombre contemporáneo. Y es en esa incertidumbre donde se ilumina, con una luz penúltima, la protagonista de El sistema del tacto. La inteligencia, el grosor, la textura de esta obra Costamagna reside ahí, en la delicada naturaleza de tal fracaso.

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