VOCES HUMANAS | CRÍTICA Ondas contra el historicismo

  • Impedimenta prolonga su idilio con Penelope Fitzgerald de la mano de una de las más reveladoras novelas de la escritora británica, 'Voces humanas'

La escritora Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916 – Londres, 2000), en una imagen de 1986. La escritora Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916 – Londres, 2000), en una imagen de 1986.

La escritora Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916 – Londres, 2000), en una imagen de 1986.

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El éxito reciente de La librería, reforzado con la hermosa adaptación cinematográfica de Isabel Coixet, ha convertido a Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916 – Londres, 2000) en un emblema tal vez equívoco, representativo a ojos de una cierta masa lectora de una estética complaciente, distinguida, eficaz en la estrategia dramática y acertada en la construcción de personajes, resueltos a base de contradicciones entre voluntades expresadas y flaquezas más o menos asumidas. Pero si ya aquella novela de 1978 apuntaba hasta qué punto es Fitzgerald un verdadero clásico del siglo XX, capaz de asumir cualquier tradición literaria que se precie y ofrecerla servida en los cauces más insospechados, tal impresión se consolida y se amplía al acudir a otras lecturas en las que seguramente esta condición se manifiesta con más vehemencia. Cuidado: esta afirmación no deja de entrañar una paradoja por cuanto Fitzgerald dijo todo lo que tenía que decir, y demostró todo lo que tuvo que demostrar, sin hacer ruido, sin tirar de músculo, sin alzar el tono más de los estrictamente necesario y sin una sola pizca de esa arrogancia de la que otros clásicos sí han tirado para ser reconocidos como tales. Semejante discreción se debe, en gran medida, al compromiso estético propio de una mujer que se convierte en una novelista en una madurez que, como diría González Egido, la convierte directamente en sospechosa;pero más aún en la determinación de la autora en afectar al lector bajo la premisa de que nada, tampoco la literatura, tiene demasiada importancia (y sí, esta premisa afecta, y de qué manera). Afortunadamente, la editorial Impedimenta continúa su empresa destinada a divulgar su obra entre los lectores en lengua española mucho más allá de La librería, lo que permite hacerse una idea más real, justa y completa de la talla de Penelope Fitzgerald como autora indispensable. La última entrega, Voces humanas, publicada originalmente en 1980 y recién incorporada al catálogo del citado sello, debería ser de hecho una de las novelas más recurrentes a la hora de reconocer a la escritora británica como todo un clásico, más allá de su hermosura, la quirúrgica precisión con la que está escrita cada palabra y el humor redentor que destilan sus páginas, al mismo tiempo amargas y desoladoras. Y aquí sí que no hay paradoja.

Voces humanas transcurre en pleno Blitz, durante los bombardeos nazis en un Londres que parece encaminarse a la rendición en la Segunda Guerra Mundial. En este contexto de un mundo condenado a la extinción, Fitzgerald centra toda su atención en un microcosmos particular: el que ofrece la BBC, que continúa transmitiendo de manera puntual gracias a los periodistas que deciden sobreponerse al miedo y acudir cada día a su puesto de trabajo. El lector que quiera encontrar aquí un sentido y conmovedor homenaje a la radio lo encontrará, a raudales, bien servido y en caliente; pero quienes no se conformen con esto, que no es poco, podrán deleitarse a gusto. Una vez delimitado el contexto, con un ramillete de personajes que van y vienen con sus particulares servidumbres, Voces humanas aborda dos cuestiones fundamentales. La primera es la verdad: la novela comienza con la orden de la BBC de prescindir del Departamento de Programas Grabados (conocido entre las trabajadoras del medio como el Serrallo, en otro alarde de ironía a cargo de Fitzgerald) mientras dure la contienda a favor de la emisión continua en directo con tal de que el oyente quede convencido de que se le está contando la verdad. Y la orden viene acompañada de otra no menos peliaguada: la de contar, efectivamente, la verdad, sea cual sea el curso de los acontecimientos. A partir de aquí, Fitzgerald narra el impacto técnico, organizativo y emocional que esta resolución causa en los personajes, lo que le sirve para bordar (como suele, de manera soterrada) una brutal aproximación a la verdad como argumento esencial de la experiencia humana y, a la vez, quimera imposible. Voces humanas se pregunta no tanto qué es la verdad, sino si realmente podemos formularla. Y sin levantar un instante la mirada de los personajes y sus vicisitudes, el alcance de la cuestión abarca desde Sócrates a Nietzsche pasando por Descartes. Al preguntarse por la verdad, Fitzgerald levanta un monumento como testimonio de la grandeza de la ficción literaria. Y es un monumento ligero, divertido, entrañable. Sin importancia.

La otra gran materia de la que están hechas estas Voces humanas es la denuncia expresa que hace Penelope Fitzgerald al historicismo como vía de interpretación de la propia experiencia humana (una vía, por otra parte, excluyente en toda su amplitud). Y seguramente por esta razón resulta tan oportuna y necesaria su lectura en el siglo XXI (al cabo, ya en 1980 intuía nuestra escritora por dónde irían los tiros). Frente a la identificación absoluta de comunidades e individuos con los periodos históricos correspondientes, delimitados e incluso adjudicados en virtud de la más corrupta flatulencia del poder político, como si la Historia ejerciera de condición absoluta en todos los órdenes de la existencia (aquí tenemos a toda una generación preguntándose cómo pudieron vivir los españoles bajo el yugo de Franco sin pegarse un tiro, salvo, claro está, los feligreses), Fitzgerald reivindica que las personas se dedican, en primera instancia, a vivir. A estar, compartir, trabajar, desear, lamentar, amar y desamar. Y que en esta costumbre se encierra una grandeza más relevante que la propia Historia.Que la misma literatura contemporánea haya dado por bueno con tanta alegría el discurso historicista puede considerarse un fracaso, pero Fitzgerald revela hasta qué punto lo que sí importa, mucho más que la literatura, prende de manera natural bajo las bombas. Frente a la voz de la Historia, Fitzgerald presenta las voces humanas. A pesar de todo.

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