La novela de la Costa Azul | Crítica Una estratigrafía de Europa

  • Giuseppe Scaraffia recoge en este ensayo, con erudición y ligereza, una especie de biografía artística de la Costa Azul, es decir, de alguna manera también una breve historia del turismo y el arte desde siglo XVIII hasta nuestros días

Hamacas en una de las exclusivas playas de la Costa Azul francesa. Hamacas en una de las exclusivas playas de la Costa Azul francesa.

Hamacas en una de las exclusivas playas de la Costa Azul francesa. / D. S.

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La novela de la Costa Azul no es, como cabe suponer, una novela. En puridad, se trata de una historia local de la vieja costa ligur, prestigiada por nombres que ocuparon sus villas y hoteles desde el crepúsculo del XVIII. Quiere decirse que La novela de la Costa Azul es, de algún modo, la novela impersonal, la nota sociológica, de un fenómeno contemporáneo: el turismo.

Y es este punto de vista el que acaso nos ofrezca una mayor sorpresa, en el sentido de contemplar, casi al completo, el arco de un movimiento que es, a un tiempo, un movimiento de masas y un gesto individual de huida, de refugio, de tedio ante las muchedumbres modernas. Esto es, de aquel sueño de movilidad, el spleen, que Baudelaire fabuló desde un sofá parisino.

Estratificada por localidades (desde Menton a Marsella), Scaraffia recuerda acaso al estupendo Brilli de Viaje a Italia. Y lo recuerda en esa amenidad, en una pulida erudición, cuya ligereza viene abrigada por un formidable anecdotario.

El escritor italiano Giuseppe Scaraffia (Turín, 1950). El escritor italiano Giuseppe Scaraffia (Turín, 1950).

El escritor italiano Giuseppe Scaraffia (Turín, 1950). / D. S.

Un anecdotario, por otra parte, que no se dirige a fomentar nuestros apetitos más escabrosos y vergonzantes, sino que va destinado a evidenciar, de algún modo, no sólo una hora de Europa (de una determinada Europa, no siempre deslumbrante, no siempre acogedora, no siempre veraniega); pero también el carácter, la volubilidad, la silueta precisa, de nombres que suelen ir emparejados con un quehacer más alto: Cocteau, Lawrence, Flaubert, Gide, Fitzgerald, Malraux, Valéry, Duchamp, Michelet, Benjamin, Casanova, Joyce, Breton, Zweig, Colette, Boris Vian, Simenon, Conrad, Huxley, Vita Sackville, Blasco Ibáñez, Anaïs Nin y muchos otros.

De todos ellos, como cabe suponer, Scaraffia tiene una anécdota, un frenesí, un equívoco, una desgracia, una luz, un amor torvo e imperecedero, una oportunidad última para la dicha. Y son todas estas vicisitudes, no siempre felices, las que Scaraffia refiere con una inteligente, con una piadosa y cauta indiferencia.

¿Es posible diferenciar aquí el interés espurio de la frución artística, cuando abordamos la vida de una celebridad, cuando nos aproximamos -sin su permiso- a la intimidad de alguien admirable por otros motivos? Probablemente, no sea necesario. Las pequeñas mezquindades que Diógenes Laercio relata en su Vidas y opiniones de los filósofos ilustres no ayudan a clarificar, en modo alguno, la obra de Platón. Pero a la vuelta, nos traen el retrato verídico -sin duda parcial, sin duda inexacto- de un hombre.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Decía Gómez de la Serna que si no reconstruimos la risa de Quevedo, no habremos conseguido explicarlo. Y lo cierto es que, si no imaginamos a Quevedo, si no entrevemos al niño pelirrojo, zambo, solitario, paseante obligado por los vastos pasillos del alcázar de los Austrias, quizá no alcancemos a comprender el dolorido orgullo, la música punzante y soberana que vive en sus versos. Algo muy similar, repito, es lo que cabe decir de estas páginas, amenas y bien escritas, de Scaraffia. Es el resumen de un mundo y de unas vidas que, a poco que miremos, se parecen demasiado a las nuestras. Pero no sólo en lo que tienen de vulgares -que también-, sino por aquella razón que señaló Cunqueiro y que acota, irremisiblemente, el ámbito de lo humano: “el hombre ha puesto más imaginación en la cocina que en el amor o que en la guerra”.

De fondo, como ya se ha dicho al comienzo de estas notas, late el problema y la fascinación del turismo, tan presente desde el XVIII a nuestros días. Pero late, también, o acaso principalmente, aquello que podríamos llamar el reclamo de la muerte. Un reclamo que viene aquí recrudecido por el dolor ante un exceso de hermosura, ante una belleza intolerable y, en suma, ante la suave y acogedora indiferencia del mundo. Esto nos llevaría, del XVIII acá, al problema del paisaje y al modo en que el paisajismo resulta ser el motor inmóvil, el acicate oculto y necesario del turismo (en Rousseau no hay la menor descripción de Venecia, ciudad en la que vivió, asunto impensable unas décadas más tarde). Pero esto, como digo, sería irnos demasiado lejos. En La novela de la Costa Azul está resumida la forma en que modernamente el hombre ha buscado y soñado y deplorado una idea ajardinada de la soledad, una versión actual, más elegante y refrigerada, del Edén levítico.

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