La primera vuelta al mundo | Crítica La redondez del orbe

  • Se recogen aquí los principales textos disponibles sobre la aventura de Magallanes, iniciada en agosto de 1519 y culminada por Elcano en Sevilla, en septiembre de 1522, y que supuso la primera al mundo, auspiciada por la Corona española

Vista de la ciudad de Sevilla. Atribuido a Sánchez Coello. Finales del XVI Vista de la ciudad de Sevilla. Atribuido a Sánchez Coello. Finales del XVI

Vista de la ciudad de Sevilla. Atribuido a Sánchez Coello. Finales del XVI

Cumplidos los cinco siglos de la primera vuelta al mundo, auspiciada por Carlos V, era lógico que se dieran ediciones, como así ha sido, de la crónica que Antonio Pigafetta, vicentino, caballero de Rodas, sobresaliente de la nao capitana Trinidad, y uno de los dieciocho hombres que llegan a Sevilla en septiembre de 1522, tras haber perdido cuatro naves y más de doscientos marineros por el camino...

Como digo, era lógico que se editara la crónica que Pigafetta destinó al Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, Philippe de Villers de l'Isle-Adam, antepasado, suponemos, del célebre autor de los Cuentos crueles y La Eva futura. Y así ha sido. Alianza bolsillo ha publicado, con oportunidad y decoro, una hermosa edición de este opúsculo fascinante por tantos motivos.

En este volumen de Miraguano, sin embargo, se incluyen más documentos y testimonios que, si por un lado atañen directamente a la aventura de Magallanes, culminada por Elcano; por el otro completan la visión de una empresa formidable y agónica, con la que se abrían, definitivamente, los caminos de la mar y la redonda variedad del mundo.

No deja de ser ridículo que hoy se discuta si la hazaña correspondía a Portugal o a España, y si se debe celebrar o no un episodio que muchos reputarán de colonialista. Lo cierto, en cualquier caso, es que Magallanes buscó el patrocinio del césar Carlos para favorecer, junto a los propios, los intereses de la Corona española, así como el cumplimiento exacto del Tratado de Tordesillas, que a juicio de Magallanes Portugal estaba vulnerando en Las Molucas.

No en vano, la Corona lusa destinará una flota a impedir que Magallanes culmine su perimetración del orbe; esto es, para cegar un nueva nueva ruta de la especiería, perjudicial a su comercio (a última hora, la nao Victoria estuvo a punto de ser apresada en Cabo Verde). Pero, a cinco siglos de distancia, y sobre el reconocimiento del extraordinario valor de aquellos hombres, prima la curiosidad por el nacimiento de un mundo, que es el nuestro. Un mundo que, gracias a los diversos documentos que se recogen en este volumen, podemos ver en su variedad de intereses diplomáticos, comerciales y científicos, y que reflejan, en buena medida, el distinto modo de considerar la realidad que entonces comienza.

Aún sin bajarse del barco ("a bordo de la nave Victoria, en Sanlúcar, a seis días de septiembre de 1522"), el capitán Elcano da noticia al emperador no sólo del cumplimiento de la misión encomendada, sino también de las adversidades, beneficios y percances que ha supuesto tal aventura. Más triunfal y político es el tono con que el secretario de Carlos I, Maximiliano Transilvano, resume una fatigosa aventura, en la que perdió la vida el propio Magallanes, tras una escaramuza con nativos filipinos, que lo asaetearon hasta la consunción, junto a la playa de Mactán.

Como cabe suponer, tanto el Derrotero de Francisco Albo, eminentemente técnico, como las Relaciones de Ginés de Mafra y la Relación de un portugués, compañero de Duarte Barbosa, no guardan esa cautela, exultante y pulida, de Transilvano. Y tampoco la Navegación... escrita por un piloto genovés, y cuya concisión, como la de Mafra, hoy nos resultan tan admirables como misteriosas.

Llegados, sin embargo, a Pigafetta, a su Primer Viaje en torno del globo, nos hallamos ya en el territorio del hombre del letras; nos hallamos ya ante la prosodia y los intereses del científico. Recordemos que Pigafetta marcha voluntariamente en dicha expedición para "asegurme con mis propios ojos, con licencia de Su Majestad cesárea, de la veracidad de todo lo que se contaba, tanto para mi satisfacción como para ser útil y lograr al mismo tiempo hacerme un nombre que llegase a la posteridad".

Es decir, que a Pigafetta lo acucian tanto la sed de conocimiento como la sed de gloria que distinguen, según Burckhardt, a los hombres del Renacimiento. Y es esa doble aspiración, cumplida satisfactoriamente, la que se encarnará tanto en el humanismo de Pigafetta, cuya prosa es la prosa del naturalista y del lingüista, como en la ambiciosa temeridad de Magallanes y Elcano, cuya gloria es la gloria de quien rotura la oscuridad y, de algún modo (Cortés en la Noche Triste de Tenochtitlán), es partícipe de ella.

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