Mónica Ojeda. Escritora

"Incluso en las relaciones afectivas se cuelan la violencia y el miedo"

  • La autora de la aplaudida 'Nefando' regresa con 'Mandíbula', una novela perturbadora que versa sobre el terror y se ambienta en un colegio del Opus

Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) visitó la semana pasada Andalucía para promocionar 'Mandíbula'. Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) visitó la semana pasada Andalucía para promocionar 'Mandíbula'.

Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) visitó la semana pasada Andalucía para promocionar 'Mandíbula'. / víctor rodríguez

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Una adolescente, Fernanda, se despierta maniatada y descubre que quien promueve el secuestro es nada menos que su profesora, Miss Clara. Mandíbula, la nueva novela de Mónica Ojeda tras el fenómeno de Nefando -ambas publicadas por Candaya- es un puzle brutal, la confirmación del talento de su autora, donde nada es lo que parece; una turbia pesadilla que hurga en los miedos más profundos del ser humano y describe cómo el temor nos condiciona y enajena.

-En el libro se dice que "lo que en verdad nos petrifica los órganos es lo que conocemos a medias; lo que tenemos cerca, y a pesar de ello, somos incapaces de entender".

-Sí. Pienso en la idea de lo siniestro como algo que aparece o emerge dentro de lo cotidiano. La sensación de lo siniestro no se puede experimentar en una zona desconocida, sino más bien en el ambiente de lo familiar. En ese entorno donde tú supuestamente lo conoces todo, y de repente ves algo dislocado, es donde crece esa figura. A mí me parece muy interesante ver eso en la tradición literaria, pero también en el cine. ¿Cuántas películas de terror suceden dentro de una casa? Esa casa de repente poblada por fantasmas, poseída... Es muy simbólica esa circunstancia. Tu hogar, ese sitio donde te sientes seguro, es el lugar perfecto para que entre lo siniestro.

-Ofrece una visión demoledora del ámbito educativo. "Está hecho para domadores de leones, no para maestros", le dicen a Clara, la profesora protagonista.

-Clara ve la educación como un instrumento castrador, como una herramienta para enfrentarse a esas chicas que por naturaleza son salvajes o intensas, quizás tiene esos planteamientos porque su propia educación fue represiva. Entiende que la fuerza es necesaria para controlar los cuerpos de estas chicas, y quiere tenerlo todo en orden porque tiene ansiedad y pánico, y en el momento en el que algo se le escapa del corral es cuando se pone más nerviosa.

-Resulta interesante que las alumnas sean hijas de ministros o de gente importante: eso las convierte en intocables...

-Es paradójico porque por un lado son intocables, pero por otro lado están siendo constantemente vigiladas y reprimidas. Esas jóvenes tienen un poder del que saben abusar, pero a la vez son objeto de violencia. Son dos caras que actúan simultáneamente, y vuelven la realidad del colegio muy compleja.

-Uno de los aspectos que analiza en la novela es la difícil relación entre madres e hijas.

-Las relaciones entre madres e hijas, profesoras y alumnas, amigas o hermanas son relaciones que supuestamente se basan en la horizontalidad, ése sería el ideal. Pero en la práctica acaban siendo relaciones jerárquicas, en las que hay alguien con poder y alguien sometido, y por lo tanto se cuela la violencia, incluso cuando son relaciones afectivas. A mí me interesaba mucho abordar eso en un libro que va sobre el miedo, porque el miedo está también en lo más cercano.

-Las chicas, se cuenta en Mandíbula, ejercen "una agresividad distinta, aunque igual de cruel que la de los varones". ¿Está de acuerdo?

-La situación ha cambiado, y hoy hay mujeres que pueden ser abiertamente violentas, pero tradicional, históricamente la fuerza como tal fue algo privativo de la masculinidad. No tanto por incapacidad física de las mujeres, sino porque a los hombres se les permitía ser agresivos y a las mujeres no. Ellas tuvieron que desarrollar otro tipo de estrategias para poder dar salida a esa violencia. Todos somos violentos, al fin y al cabo.

-Los personajes están obsesionados con el cine y la literatura de terror, pero usted también recoge todas las manifestaciones del género que están aflorando en internet.

-Cuando empecé la novela me di cuenta de que estaba escribiendo sobre adolescentes de 15 años y por lo tanto tenía que ver cómo unas chicas de esa edad se relacionan hoy con el horror. Unos personajes fascinados con el miedo debían conocer cierta literatura, ciertos cómics, pero también cómo funciona el género en internet. Allí di con las creepypastas, que son como esas leyendas urbanas que a nosotros nos contaban pero en internet. Esas historias cortas buscan que quienes las lean crean que son verdaderas. Suelen ser en formato testimonial, y por las redes alcanzan a un montón de gente. Hay creepypastas que son de culto, que generan vídeos en Youtube, que inspiran canciones... Cuando descubrí ese mundo, me pareció imposible no incluirlo.

-En la ficción aporta una escalofriante lista de adolescentes que cometieron algún asesinato, como las que inspiraron Criaturas celestiales, de Peter Jackson.

-Con eso intentaba abordar cómo puede explotar la violencia en sujetos que creemos que están al margen de ella, como es el caso de las chicas. Durante mucho tiempo se ha vinculado la feminidad a la fragilidad, la juventud a la inocencia, y sucesos como éstos dinamitan esas convicciones. Es perturbador para el mundo adulto, le ocurre a Clara, entender que la maldad no pertenece a una edad determinada, sino que puede darse en cualquier etapa.

-Da la impresión de que Mandíbula es más compleja que Nefando. ¿Fue su escritura más difícil?

-Nefando era una novela coral en la que no importaba tanto la profundidad psicológica de los personajes, éstos aparecían más bien por retazos y yo no estaba especialmente interesada en esa parte de ellos, me atraía más captarlos en pequeñas escenas de sus vidas. En cambio en Mandíbula me he esforzado más en desarrollar la psicología de los personajes, mostrar sus inclinaciones.

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