Villanos victorianos | Crítica

Belleza en el mal

  • El escritor Michael Sims presenta una estupenda selección de villanos de la era victoriana, "de la época del alumbrado de gas", dignos rivales, sofisticados y astutos, de los grandes héroes policiales de aquella hora

Jared Jarris como el gran archivillano James Moriarty Jared Jarris como el gran archivillano James Moriarty

Jared Jarris como el gran archivillano James Moriarty

El ensayista norteamericano Michael Sims, autor de esta estupenda antología, resume su colectánea como una recopilación de “relatos sobre ladrones de la época del alumbrado de gas”. Periodo que abarcaría, en sentido estricto, la casi totalidad del siglo XIX, pero que aquí se refiere al último tercio del Ochocientos y primeros años del XX, cuando adquieren relieve el chevalier Dupin y Sherlock Holmes, hasta la aparición, digamos, del hard boiled. Sea como fuere, el acierto de estos espléndidos Villanos victorianos es, precisamente, la villanía y su protagonismo, el Mal y su fascinación, que en el caso que nos ocupa incluye una magnitud social, “robinhoodesca”, deudora de una época de colosales fortunas y enormes desigualdades, que fijarían admirablemente Dickens y Doré.

El XIX romántico y simbolista amó y temió el Mal como último refugio de lo sagrado

Pero no es ésta la principal ni la única fuente de admiración que suscitan los villanos. El XIX romántico y simbolista, que coincide en parte con esta “época del alumbrado de gas”, amó y temió el Mal como último refugio de lo sagrado. Y son las propias consideraciones estéticas de Lessing y de Rosenkranz las que, siguiendo a Locke, encontrarán la apreciación artística de un hecho reprobable. Quiere decirse, pues, que si la malicia del Lazarillo se publicó bajo la especie de lo admonitorio y lo ejemplar, los crímenes de John Williams, de extraordinaria ferocidad, se recogerán ya bajo el rubro de una estremecida admiración en Del asesinato considerado como una de las bellas artes (1827) de Thomas de Quincey.

Es esta capacidad para juzgar “técnicamente” hechos execrables, la que habilita al XIX para admirar a Moriarty (echamos en falta al gran amor de Sherlock Holmes, la escurridiza Irene Adler), o para interesarse/horrorizarse con la bárbara eficacia de Jack The Ripper. En tal sentido, los villanos aquí recogidos, fruto de Grant Allen, Guy Boothby, Robert Barr, Arnold Bennett, William le Queux, O. Henry, George R. Chester, Frederick I. Anderson, William H. Hodgson, Sinclair Lewis y Edgar Wallace, no son sino el amable y sofisticado destello de una nueva fascinación por el abismo.

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