'EL PACTO' | CRÍTICA

El peligro del éxito

Belén Rueda vuelve al género de terror con 'El pacto'. Belén Rueda vuelve al género de terror con 'El pacto'.

Belén Rueda vuelve al género de terror con 'El pacto'.

Hace muchos, muchos años, el cine de terror hispano, siempre de serie Z, logró una modesta popularidad gracias a Jesús Franco, Paul Naschy o Amando de Ossorio. Películas serias de terror como La residencia o sobre todo ¿Quién puede matar a un niño?, ambas del gran Ibáñez Serrador, eran una rareza. Todo empezó a cambiar a finales del siglo pasado con Tesis (1996) o Los sin nombre (1999) y sobre todo a partir de los éxitos de Los otros y El espinazo del Diablo (ambas de 2001) o de Rec y El orfanato (ambas de 2007).

El pacto se inscribe en esta corriente con todas las señales que indican el progreso de un género rentable: en lo positivo una pulcra realización, una buena artesanía técnica, un digno entretenimiento y unas correctas interpretaciones encabezadas por una intensa Belén Rueda; y en lo negativo una rutina poco imaginativa, un aferrarse a una seguridad poco creativa y una sensación cansina de déjà vu que tiene como referentes no solo el actual cine de terror sino sobre todo las series de televisión. Se deja ver sin problemas, pero parece ya vista en salas o en plataformas.

Tras muchos cortometrajes David Victori debuta en el largometraje como si naciera viejo. Tantos años después de La semilla del diablo el demoníaco personaje sigue siendo rentable. Esta vez no busca descendencia fecundando a una madre, más bien lo contrario: es una madre quien lo conjura para recuperar a su hija de los umbrales de la muerte. El precio, como siempre sucede cuando se trata con este poco recomendable personaje, es altísimo. Resuelta con cierta elegancia visual, tan imaginativa en algunos recursos de ambientación como rutinaria en todo lo demás y dada a los chimpunes efectistas, esta película demuestra que en el cine también son peligrosos los pactos. En este caso el de la estandarización rutinaria para ganar la taquilla, ignorando –como hace poco demostró Un lugar tranquilo– que el talento y la originalidad siempre son más poderosos... Y rentables.

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