Géminis | Crítica de cine La tecnología como atracción fatal

Will Smith, en una escena de la nueva película de Ang Lee. Will Smith, en una escena de la nueva película de Ang Lee.

Will Smith, en una escena de la nueva película de Ang Lee. / D. S.

Por qué el director de El banquete de bodas, Sentido y sensibilidad –la más fiel adaptación al cine del universo de Austen junto a la que Robert Z. Leonard hizo de Orgullo y prejuicio (Más fuerte que el orgullo en España) en 1940–, Tigre y dragón, Hulk, Brokeback Mountain, Billy Lynn o La vida de Pi haya aceptado rodar esta cosita es un enigma. Porque desde el principio lo tenía todo en contra. Will Smith es, a menos que algún día se demuestre lo contrario, un actor imposible. Por mucho que lo ha intentado, nunca ha dejado de ser el príncipe de Bel Air.

John Wayne creó un tipo del todo definido y, lejos de sentirse limitado por él, lo fue esculpiendo a las órdenes de Hawks y de Ford hasta lograr un monumental héroe trágico; Connery logró dejar de ser Bond (aunque Bond nunca pudo dejar de ser Connery); pero Will Smith nunca ha podido librarse del personaje que le dio fama. Sale bien parado en las comedias y malogra las películas que pretenden ser serias, sean realistas (La verdad duele, Alí) o fantásticas (Yo, robot, Soy leyenda). El pulcro Shyamalan se estrelló al dirigirlo en After Earth y ahora Ang Lee corre la misma suerte.

La idea de un killer que trabaja para el Gobierno y a la hora de su retiro ha de enfrentarse con una versión clonada y rejuvenecida de sí mismo es una interesante variación sobre dos temas clásicos del western y del cine de espías: por una parte el del pistolero cansado que se las ve con un jovenzuelo que quiere hacerse un nombre matándolo (aunque aquí no es la ambición de fama el motor, sino órdenes que la criatura clonada sigue ciegamente); por otra, el del sicario o agente que debe ser eliminado por los suyos. Pero la idea no se desarrolla más que como pretexto para dos efectos técnicos: Smith enfrentándose a sí mismo rejuvenecido gracias a la manipulación digital del actor y el 3D con ultradefinición 4K de la imagen.

Tanto desdoblar a un actor dentro de un mismo plano como acentuar las sensaciones de tridimensionalidad son viejas aspiraciones del cine muchas veces ensayadas que ahora la técnica va perfeccionando. Pero hay una ley inmutable: si la técnica se pone al servicio de la película –entendida como creación– los resultados pueden ser buenos, pero si la película se pone al servicio de la técnica el resultado es un chimpún efectista que obliga a lucir en cada plano los efectos. Pasó con el cine en relieve, con el Cinerama y con algunas extravagancias como el Sensorraund. Y vuelve a pasar aquí.

Ang Lee está fascinado por las posibilidades digitales. En Billy Lynn y La vida de Pi las logró poner al servicio de las historias que contaba. Aquí, por el contrario, es él quien se somete a la técnica. Y además está Will Smith, un arrecife que garantiza el naufragio. ¿Espectacular? Mucho. Pero como ver las motos girando en el globo de la muerte en un circo.

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