Crítica 'Exodus: dioses y reyes'

El fantasma de DeMille derrota al fantasmón Scott

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Exodus: dioses y reyes. Drama bíblico, EEUU, 2014, 155 min. Dirección: Ridley Scott. Guión: Steven Zaillian, Adam Cooper y Bill Collage. Intérpretes: Christian Bale, Joel Edgerton, Aaron Paul, Sigourney Weaver, Ben Kingsley, John Turturro, María Valverde. Fotografía: Dariusz Wolski. Música: Alberto Iglesias.

Con los antecedentes de 1492: la conquista del paraíso, Gladiator, El reino de los cielos y Robin Hood había razones para esperar poco de Exodus: dioses y reyes. Ridley Scott pasará a la historia del cine por haber rodado una buena película (Los duelistas) y dos grandes obras (Alien y Blade Runner). Y ello sucedió hace ya una vida, entre 1977 y 1982. Todo lo demás son cositas en su día sobrevaloradas (Thelma y Louise) o basurilla hortera (por citar sólo sus puntos más bajos: Tormenta blanca, La teniente O'Neil, Black Hawk derribado o Hannibal).

En su vertiente histórica Scott parece empeñado en emborronar películas que fueron grandes porque las dirigieron en su día grandes directores como Anthony Mann (La caída del imperio romano, 1964), Michael Curtiz (Robin Hood, 1938) o Cecil B. DeMille (Las cruzadas, 1935). Ahora repite con DeMille, que rodó dos veces -en versión muda y sonora- la historia bíblica del Éxodo en 1923 y en 1956. La versión de Scott, como en los casos citados, es muy inferior a las dos anteriores. Pese a la perfección técnica y el consiguiente impacto espectacular que los efectos digitales permiten, es menos espectacular y sobre todo menos sugestiva que la película de 1956. Podrá Scott rodar todo lo crudamente que quiera las plagas, pero no alcanza ni de lejos el escalofrío del reptante humo verde que mataba a los primogénitos de Egipto (secuencia que entusiasma a Scorsese, gran defensor del talento visionario de DeMille). Podrá intentar reforzar los aspectos trágicos ligados a las personalidades fuertes de esta historia, pero no alcanza ni de lejos el dramatismo de Brynner depositando a su hijo muerto en los brazos de la divinidad egipcia. Podrá incluso sugerir una lectura política que intente transparentar conflictos actuales, pero hasta en esto se le adelantó DeMille en su versión de 1923 que dividió en dos partes, ambientando la segunda en la época actual.

En cuanto a los aspectos religiosos -porque al fin y al cabo la película se basa en la Biblia- más vale dejarlo. Desde la grotesca visualización de Dios hasta el tratamiento de la figura de Moisés todo es superficial, falto de altura y de fondo. ¿Culpa del guión de Steven Zaillian? Tal vez. Porque este muy buen director (Buscando a Bobby Fisher, Acción civil) y desigual guionista (que puede ir de la excelencia de La lista de Schindler al churro de Hannibal) no está aquí fino; o no ha sido capaz de mejorar el argumento escrito por los mediocres Adam Cooper y Bill Collage, cuyos patéticos créditos son Admitido, Un golpe de altura y ¡Muévete, esto es Nueva York!: curioso currículum para escribir un colosal bíblico. Tal vez el error mayor en el planteamiento sea optar por un superficial realismo que se queda en efectismo. Ni chicha ni limoná, la película queda así privada tanto de auténtico nervio dramático como de profundidad religiosa -lo que la singularizaría frente al colosal de 1956- sin alcanzar el maravilloso kitsch de los tableaux vivants de DeMille en el último colosal que culminó su carrera iniciada en 1914.

Como las comparaciones son tan odiosas como inevitables, hay que decir que como creador de gran espectáculo el fantasma de DeMille derrota al fantasmón Scott. En el aspecto cinematográfico todo queda por debajo de las dos versiones de DeMille. El diseño de producción de Arthur Max -no siendo malo- no iguala la espectacularidad de los decorados del Hal Pereira. La buena banda sonora de Alberto Iglesias (tal vez a causa del editor musical y las morcillas de otros compositores) no alcanza la monumentalidad de la partitura de Elmer Bernstein. Y nada tienen que hacer Chistian Bale (pésimo Moisés), Joel Edgerton (faraón de guardarropía), John Turturro o Sigourney Weaver (no meto en el lote a María Valverde y Ben Kingsley, mejor encajados en sus personajes) frente a Charlton Heston, Yul Brynner, Edward G. Robinson, Anne Baxter, Yvonne De Carlo, Debra Paget o Sir Cedric Hardwicke (y a sus excepcionales dobladores Rafael Navarro, Manuel Cano, Joaquín Díaz, Elvira Jofre, María Dolores Gispert y José María Ovies).

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