Érase una vez... | Crítica

Demasiadas cuerdas para un violín

Angelina Jolie y David Oyelowo, en una imagen de la película. Angelina Jolie y David Oyelowo, en una imagen de la película.

Angelina Jolie y David Oyelowo, en una imagen de la película. / D. S.

En su primera experiencia con actores reales tras haber codirigido El príncipe de Egipto y Brave la directora Brenda Chapman, sin renunciar del todo a la irreal realidad de los efectos digitales, se enfrenta a un guión cargado de ambiciones. El problema es que la guionista Marissa Kate Goodhill no tiene las fuerzas necesarias para llevar sin dar traspiés tan pesada y ambiciosa carga -nada menos que mezclar en una única fabulación a Lewis Carroll y James Matthew Barrie y sus criaturas Alicia y Peter Pan- y que la directora no tiene las facultades necesarias para enmendar dichos traspiés.

Una tragedia que amenaza destruir una idílica familia multirracial -no muy creíble en la época y la sociedad en las que la película se ambienta, pero los contenidos positivos de la corrección política no pueden faltar en estos tiempos de revisión de los relatos clásicos- obliga a unos niños a crearse mundos paralelos -los países de las maravillas y de Nunca Jamás- para sobrevivir a la tragedia e intentar ayudar a sus devastados padres. Esas fantasías serán el germen de los posteriores y famosos relatos protagonizados por la Alicia de Carroll y el Peter Pan de Barrie.

La idea de que esos mundos de fantasía inteligente -y la fantasía es inteligente cuando en vez de enfrentarse cara a cara con la realidad da un rodeo para coger fuerzas y reencontrarse con ella- puedan coexistir excede las fuerzas de la guionista y la directora. Se meten con calzador los elementos de la realidad que los niños reelaboran como piratas, niños perdidos, conejos blancos, sombreros loco o reinas corta cabezas para lograr ese siempre placentero efecto que produce presenciar la génesis de lo tan conocido: "ah, entonces de aquello viene esto…". Pero no se logra, corriéndose el peligro de que el público infantil que no los ha leído se quede impávido al faltarle las referencias y que al público adulto que sí los conoce no le interese un pimiento este juego con las imposibles génesis de los dos clásicos.

Sus intérpretes, la buena recreación de la época, el (algo exagerado) virtuosismo digital y estos tiempos agrestes necesitados de evasión amable alivian un poco sus errores y hace que se agradezcan sus parciales aciertos. No está la cosa para exigir mucho.

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