Yuli | crítica Danzad, danzad cubanos

Instalada cómodamente en el terreno algo impersonal de la co-producción internacional y el compromiso político, Icíar Bollaín (También la lluvia, Katmandú, El olivo) y su cómplice Paul Laverty viajan ahora a la deprimida Cuba con el pretexto de contar la historia de su más famoso bailarín contemporáneo, Carlos Acosta (La Habana, 1973), primera figura del Royal Ballet de Londres y también el primer negro en interpretar Romeo y Julieta en la historia de la danza.

Un biopic basado en su autobiografía (No mires atrás) que se articula en una rutinaria estructura desdoblada entre el montaje por parte del propio Acosta de un ballet sobre su vida y los pasajes de su infancia y juventud presididas por el clásico conflicto edípico con un padre autoritario (aunque no del todo condenado) empeñado en hacer de su hijo el mejor bailarín de todos los tiempos. En el retrato, no se le escapa a Laverty ningún apunte social y político más o menos previsible: la deriva decadente del régimen castrista, el bloqueo norteamericano, la cuestión racial, la crisis de los balseros, el horizonte de Miami o, cómo no, el valor de la sólida estructura educativa que aún puede ofrecer a sus hijos más talentosos una salida airosa de la luminosa precariedad, aunque sea en el exilio.

Asistimos así al crecimiento de Yuli entre tensiones familiares, brotes de tozudez juvenil y un éxito anunciado que, por fortuna, queda eludido en un discreto segundo plano. Bollaín no puede ya disimular tanto las estrecheces y lugares comunes de un guion que, como de costumbre en Laverty, no confía demasiado en el espectador y necesita de subrayados, conflictos constantes y recapitulaciones para que no perdamos el obvio y doble hilo de los acontecimientos y los temas encima de la mesa.

A la postre, puede decirse que lo mejor de esta película cartografiada y anti-épica está precisamente en sus números de danza al son de la música de Alberto Iglesias.