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El silencio del pantano | Crítica El hormigón y el fango

Pedro Alonso y Luis Zahera en una imagen de 'El silencio del pantano'. Pedro Alonso y Luis Zahera en una imagen de 'El silencio del pantano'.

Pedro Alonso y Luis Zahera en una imagen de 'El silencio del pantano'.

Son muchas las pretensiones de este debut en el largometraje del hasta ahora televisivo Marc Vigil (El Ministerio del Tiempo, Vivir sin permiso, Malaka) a partir del guion Sara Antuña y Carlos de Pando extraído de la novela homónima de Juanjo Braulio. Nada menos que jugar a la metaficción dentro de una trama de género que aspira a retratar las alianzas entre el submundo criminal y los juegos de la alta política en una Valencia de arrabales y lumpen en la que el pantano del título es tomado como (obvia) metáfora de una superficie y unas apariencias aseadas que crecen sobre un fondo de corrupción y lodo.

Muchas pretensiones que apenas despegan en un primer tercio más o menos bien conducido pero que se hunden pronto en la dispersión y la falta de rumbo, especialmente cuando la trama del escritor (Alonso) y sus fantasías de (auto)ficción dan paso al personaje del gitano matón y la matriarca dominante que, en manos de Nacho Fresneda y Carmina Barrios, se hunden estrepitosamente en la caricatura.

El silencio del pantano se suma así a otros tantos thrillers nacionales de imitación (coreana, por lo visto), con más hechuras vistosas y buen ojo para las localizaciones que verdadero oficio, consistencia en su desarrollo o personalidad en la puesta en escena, igualmente abocada a los gestos previsibles (apuntalados por una música muy presente de Zeltia Montes) y a una violencia extrema y efectista.