Un pueblo y su rey | Crítica Libertad, igualdad, transversalidad

Comentarios 0

Un pueblo y su rey se suma a la una larga e ilustre nómina de títulos sobre la Revolución Francesa donde podemos encontrar clásicos como Napoléon (1927, Gance) o La Marsellesa (1938, Renoir), y cintas más recientes como Danton (1982, Wajda), La noche de Varennes (1982, Scola), La inglesa y el duque (2001, Rohmer) o la iconoclasta María Antonieta (2006) de Sofia Coppola.

Con un nutrido y desaprovechado elenco intergeneracional de grandes nombres del último cine francés (Garrel, Ulliel, Lavant, Lafitte, Haenel, Gourmet, Lvovsky), la cinta que escribe y dirige Pierre Schoeller (El ejercicio del poder) busca huir sin demasiado éxito del academicismo ante la inevitable tesitura de la recreación de época a través de conocidos personajes históricos (Luis XVI, Marat, Robespierre, Saint-Just) que comparten protagonismo con el pueblo llano que, desde el lado anónimo y desclasado de los acontecimientos (a la manera de la novela 14 de julio de Éric Vuillard), funciona como contraplano de la Historia con mayúsculas para articular una mirada desde abajo.

Schoeller intenta salirse del guion de la previsibilidad de vestuario y ambientación con algunos apartes ralentizados, meditativos o incluso líricos a los que se le nota demasiado la voluntad de modernizar a toda costa la puesta en escena aunque con escasa consistencia.

Descompensada por tanto en su intento de democratizar el relato y repartir transversalmente el punto de vista sobre los acontecimientos en el periodo que va de la toma de la Bastilla (1789) a la decapitación del rey en la guillotina (1793), el filme deambula de un lugar a otro, de las casas, talleres y calles humildes de París al Palacio de Versalles o los plenos de la Asamblea Nacional, sin apenas intensidad y sentido del ritmo y haciendo demasiado explícitos su dialéctica de clases y sus mensajes teleológicos para el presente sobre el origen de las naciones modernas y las conquistas de la democracia.