Mía y Moi | Crítica Lealtades de sangre

Bruna Cusí y Ricardo Gómez son Mía y Moi.

Bruna Cusí y Ricardo Gómez son Mía y Moi.

Tres personajes, un cuarto que llega inesperadamente, una masía en el campo cerca del mar, unas vacaciones terapéuticas para curar el duelo. Esos son los elementos mínimos de esta Mía y Moi que despliega los vínculos de sangre entre dos hermanos (Cusí y Gómez), unos vínculos marcados por la enfermedad, la depresión, los secretos y ecos del pasado y una dependencia mutua rayana en lo incestuoso.

Borja de la Vega se deja empapar por el entorno natural y diseña su puesta en escena de vocación sensorial diseminando sus figuras en el paisaje, trazando entre ellas un silencio incómodo y una ambigüedad que contamina las miradas, los gestos y las frases entredichas. La llegada de un elemento externo entorpece el intento de recomposición para desencadenar una escalada de tensión resuelta de manera expeditiva, demasiado expeditiva.

Mía y Moi le pide tal vez demasiado a unos intérpretes que no están a la altura del dolor íntimo de sus personajes, también a un espectador al que se quiere demasiado paciente para las revelaciones y la catarsis emocional y al que se empuja abruptamente a la salida.