Small Axe: Lovers rock | Movistar+ Filmar la línea de bajo

  • La segunda entrega de 'Small Axe' es una de las grandes películas del pasado 2020. 

Una imagen de 'Lovers rock', de Steve McQueen.

Una imagen de 'Lovers rock', de Steve McQueen.

Pongo la playlist de Spotify antes de empezar escribir, suena Robin Hood, de Cry Tuff & The Originals. La segunda de las cinco entregas de Small Axe, recién estrenada en España a través de Movistar+, está literalmente sostenida sobre los ritmos de un bajo continuo, un bajo sincopado hecho de reggae jamaicano, de lovers rock para ser más precisos, esa variante británica, romántica y urbana para jóvenes negros, hijos de inmigrantes caribeños, lanzados a los rituales del flirteo, el humo, el alcohol, el roce y el apareamiento en las fiestas privadas en casas de barrio.

Steve McQueen recrea una de esas fiestas en el East Ham londinense de los primeros ochenta en una sencilla estructura cíclica (noche/día), poniendo el foco en una pareja que se busca y se encuentra (Amarah-Jae St.Aubyn y Micheal Ward), salpicando en personajes y detalles el carácter cultural y semiclandestino de una noche que sólo pertenece a los amantes y a la propia comunidad que no tiene sitio o no es bienvenida en los clubs y discotecas de la ciudad.

La autobiografía generacional se deja sentir aquí en la multiplicidad de pequeños gestos, en la captura de la energía, el calor y el sudor de los cuerpos al ritmo de la música y las canciones, en la filmación de las texturas y los colores del vestuario, en la vibración de una cámara que se ralentiza, acelera o convulsiona acompasando las baladas o el lisérgico desenfreno masculino cuando las chicas han abandonado la pista de baile, en ese momento especialmente gozoso y catártico en el que el sound system apaga su volumen y el MC calla para que todos coreen el Silly games de Janet Kay, como si en una película de Terence Davies se tratara.  

A diferencia de las otras cuatro entregas de la serie, Lovers rock se detiene en un tiempo propio y aparca la dialéctica y la confrontación (el racismo, el sexismo, la cuestión de clase, la violencia familiar…) en los márgenes de su esqueleto. Lo importante aquí es el tiempo suspendido y físico del baile al ritmo de la música y los acentos, el contacto desinhibido y lúbrico de los cuerpos, seguir esa cadencia del bajo que entrelaza los espacios de una casa en la que cabe, aunque sea por unas horas, toda una comunidad, una raza y una generación que siguen viviendo de prestado en su país de acogida.

En sus apenas 67 minutos, Lovers rock levanta un monumento al goce, la libertad y la promesa del amor, un monumento sensual a una cultura y sus raíces, combatiendo desde dentro con un hacha pequeña pero afilada. Sin duda, estamos ante una de las grandes películas que ha dejado 2020.